Indignidad

Aitor Riveiro

No soy un apasionado de la vela (ese deporte) y confieso que la única vez que le he prestado algo de atención fue durante la pasada edición de la Copa del América, celebrada en Valencia. Recuerdo especialmente una regata en la que uno de los barcos llevaba una considerable ventaja al segundo en discordia y éste se revolvía de un lado a otro con la vana intención de coger una milagrosa corriente de viento que le llevara hasta la victoria.

Estamos ya más que acostumbrados a que la nave de la derecha española sufra de vez en cuando un de esos bandazo que buscan un triunfo ‘in extremis’; pese a que su cabeza sabe que todo está perdido, que los errores cometidos desde el pistoletazo de salida son ya incorregibles y que los daños sufridos por una regata plagada de desaciertos son irreparables, el capitán del barco no ceja en su empeño y grita a diestra y siniestra órdenes contradictorias que descolocan a la tripulación.

El problema de la derecha es que no saben quién es el capitán, muchos creen serlo y otros tantos confían en que lo serán.

Ayer, uno de esos capitanes que creen serlo tocó a rebato y dio orden de arriar las velas y girar todo a babor con la esperanza de que Eolo empuje su cascarón, si no a la victoria, por lo menos a una derrota asumible. Pedro J. se quitó el traje de conspirador salva patrias y se puso el de centrista moderado de-los-de-toda-la-vida.

La Carta del Director que publicó ayer ‘El Mundo’ ya nos ponía en alerta desde el mismo título: ‘¿Puede aún ganar el PP las elecciones?‘. Ese ‘aún’ ha podido resultar más dañino para la derecha española que todos los absurdos ‘vídeoz’ que se le ocurran a Pepe Blanco en Ferraz, los editoriales de El País o los ataques del todavía adolescente Público. Cuando los tuyos, los más acérrimos, los que te han jaleado durante cuatro años (menos tres meses) no confían en ti, ¿quién lo va a hacer?

Con todo, Pedro J. no dice nada en su homilía que no supiéramos o que no fuera capaz de interiorizar cualquier persona medianamente sensata. A saber: que las decisiones tomadas en Moncloa tras el 11M fueron más determinantes en la derrota electoral del PP que la (supuesta) utilización mediática del atentado por parte del PSOE; que Aznar perdió el sentido de la realidad cuando dio a conocer que no optaría a un tercer mandato y se alineó con Bush para entrar (él y su país) en la Historia (y en el G8) merced a una guerra que no apoyaba nadie en España; que los matrimonios homosexuales no son “un pecado”; que la negociación con ETA estuvo mal, sí, pero que en realidad nunca estuvo España en venta y el Gobierno ha reconducido la situación y está asestando duros golpes a la organización terrorista; que no todos los terrorismos son iguales; que la AVT es radical; que ir de la mano de la Iglesia Católica es contraproducente; que (ojo que vienen curvas) Educación para la Ciudadanía es una asignatura aceptable y homologable con Europa.

Ya digo: nada nuevo bajo el sol… si no fuera por que es Pedro J. quien firma dicha carta. Resulta del todo inconcebible que el director de El Mundo escriba tales cosas. El director del periódico que publicó a cinco columnas en portada una entrevista con Trashorras en la que se hablaba de un golpe de estado en el 11M, pidió la exhumación de los 191 asesinados aquél fatídico día de marzo de 2004, juró y perjuró que en Perpignan se sentaron las bases de la negociación con ETA, tildó de “adoctrinamiento” la asignatura de Educación para la Ciudadanía, insinuó que desde Moncloa (o Ferraz, o Gobelas o váyase usted a saber) se dio un chivatazo a la organización terrorista que ha asesinado a 834 personas en España para alertarles de una importante operación policial o insinuó que la legalización de los matrimonios entre personas del mismo sexo equivalía a destruir la familia.

Pedro J. da por perdidas desde ya las elecciones generales del próximo mes de marzo y, como hiciera en su día con el tratamiento informativo del ‘caso GAL’, cambia de traje y nos quiere hacer creer que él ya lo sabía, lo había anunciado y que, en realidad, nunca dijo lo que todos hemos oído y leído. Esta vez, sin embargo, su nuevo traje es el del clásico cuento de Hans Christian Andersen. Y no nos va a dar miedo gritar a los cuatro vientos que, en realidad, va desnudo.