Indignados muy convencionales

Jon Salaberría

Decir esto es una obviedad: el mundo de la política vive sus peores momentos de credibilidad desde los albores del actual proceso democrático. No descubro nada afirmando algo que los sociólogos de cabecera acreditan científicamente y que la simple conversación callejera confirma. Los males que aquejan a nuestra sociedad, derivados de la terrible e inacabable crisis económica, sus consecuencias en todos los niveles posibles, no parecen tener en el ejercicio de la política su solución en el plazo más próximo posible. Al menos, esa es la percepción generalizada. La política incluso ha pasado de ser un medio instrumental a ser considerada, en sí misma, un problema más a sumar a la lista extensa de preocupaciones que desvelan el sueño de la ciudadanía. Partiendo de esta premisa, muy popular, las opciones de posicionamiento para el/la ciudadano/a comprometidos y preocupados por el devenir de la situación, en esa lógica, se reducirían a dos: una, la abstención participativa (no sólo en el ejercicio del sufragio) tanto en el proceso democrático general como en la desacreditada vida institucional en particular. La otra, la búsqueda de alternativas políticas desde las que orientar la participación pública; participación orientada, por supuesto, a un profundo cambio sistémico.

Hemos hablado largo y tendido en Debate Callejero de lo que supuso, en este sentido, el célebre espíritu de los indignados, o espíritu del 15-M. Algunos de los participantes en este lugar de diálogo hemos publicado artículos sobre el particular. De aquella experiencia que asaltó súbitamente el interés informativo en vísperas de la primera catarata electoral de 2011, servidor extrae tres conclusiones grosso modo sintetizadas: a) se trataba de una reacción social justificada, imaginativa en los eslóganes, en la movilización y compartida en el hartazgo, y que servidor, como militante de un partido socialdemócrata bien asentado en el sistema político, recomendaba observar con respeto y mucho interés; b) no obstante, adolecía de una estructuración o entidad orgánica que diese cuerpo a las propuestas que de aquel magma heterogéneo surgían a impulsos, a borbotones, sin formalidad; c) fruto de esa heterogeneidad y ausencia de estructuración, el resultado fue el alejamiento de un número variable de ciudadanos/as, mayoritariamente integrados/as en el ámbito de la izquierda sociológica, de la participación política. No puedo afirmar que fuese determinante en la ola azul de 2011, pero sin duda cooperaba bastante al triunfo de una derecha política monolítica y estructurada perfectamente en un mismo frente electoral.

Desde aquel 2011, una parte de ese espíritu inorgánico y poliédrico ha intentado buscar organicidad política para, desde los instrumentos y los procedimientos del sistema, intentar mutarlo. Son decenas las siglas de formaciones políticas que han pasado por la ventanilla del Registro de Partidos Políticos del Ministerio del Interior, así como múltiples las asociaciones, plataformas e iniciativas que, más o menos cercanas al mundo de la política, han surgido para dar entidad a las reivindicaciones, sin contar con su participación en las diferentes mareas reivindicativas. Todas, o la gran mayoría, se reclaman herederas de ese espíritu de los indignados, aunque no todas tengan relación concreta ni origen siquiera remoto en aquellas movilizaciones de 2011. Todas pretenden (o la mayoría) mostrarse como fórmulas alejadas del viejo modelo de partido-aparato, y cercanos a la más flexible y nada unánime fórmula de movimiento de ciudadanos en red. Ni UPyD, con su discurso contra la casta política, ni Izquierda Unida, pretendida depositaria de los postulados doctrinales de los que se presume alimentado el espíritu indignado, han podido tampoco declararse triunfales representantes del mismo. Y en este escenario, tres años después, podemos percibir los mismos rasgos que caracterizaron aquel fenómeno: heterogeneidad, inorganicidad y falta de concreción de propuestas.

Paradoja: en este magma de iniciativas políticas que se declaran herederas del espíritu indignado, acaba siendo rasgo distintivo uno de los males característicos del mundo de la política tradicional. Y no es otro que la proliferación de hiperliderazgos individuales. Es, en este sentido, en el que irrumpen dos de las formaciones regeneradoras de nuevo cuño que, además, tendrán presencia en las inminentes Elecciones al Parlamento Europeo de fines de mayo: Podemos, la plataforma liderada por Pablo Iglesias Turrión, inscrita como partido político muy a pesar de su promotor, pues no son de este mundo, y el Movimiento Red, impulsado por el juez Elpidio Silva. Ambas formaciones son ejemplo muy ilustrativo de cómo la tentación antipolítica delata a veces formas que, en resumidas cuentas, acaban siendo no ya las mismas, sino de las menos edificantes del mundo de la política que pretenden regenerar. Y ambas han sido, en los últimos días, protagonistas informativas precisamente por ello.

La comidilla de las últimas horas ha sido el conocimiento público de los datos registrales de Podemos. Algo que puede parecer a simple vista anecdótico y que ha dado en las redes sociales mucha vidilla, ha acabado aportando un dato relevante más de la personalísima constitución de dicha formación política. El descubrimiento de que el logo de la formación lo constituye una imagen del propio Pablo Iglesias Turrión ha sido fuente inagotable de chanzas, de comparativas de egos en el mar de la política, pero también ha puesto de manifiesto lo que no es sino la principal falla de la formación, que no pudo concretar alianzas con IU de cara a estos comicios por motivos, afirmaban, de divergencias en el procedimiento. Pero la realidad es que tras el proyecto se atisba un personalismo que roza dimensiones catedralicias, motivo fundamental que justificó las reticencias de una IU celosa ante la posibilidad de que su amplia labor política e institucional, así como su normalidad orgánica, fuesen parasitadas. Este episodio, que insisto puede ser considerado anecdótico, resalta la existencia, entre la pléyade de partidos y formaciones de izquierda, de un sector muy convencional dentro del universo de los indignados, con presencia mediática y caracterizados por una estrategia de marketing político bastante rentable, y que a la fundadora de UPyD, nuestra simpar Rosa Díez, no le ha ido mal: decir a cada quien lo que quiere escuchar en cada momento. Constatar que amplias capas de la sociedad están literal y justificadamente cabreadas con la situación que viven y especialmente con la política, estéril en soluciones. Ponerse entonces al frente de la foto del enfado y hacerse un selfie. La estrategia contraria significaría seguir la metodología de la clásica dupla análisis + propuestas concretas, menos espectacular en resultados inmediatos y más costosa en términos de esfuerzo. La verdad es que al personalismo, al egocentrismo máximo, a las tempranas dudas en cuanto a democracia interna (otro gran parecido con UPyD), se une en este sentido la elaboración de un programa carente de medidas concretas y caracterizado por planteamientos elaborados con mucha brocha gorda. Las reacciones favoritas del entorno de Iglesias a las críticas son el disparo al mensajero y buenas dosis de intransigencia: así, el propio Iglesias puso en cuestión a El Diario de Nacho Escolar y encajó mal un muy buen artículo de Antonio Maestre, “Despreciar al lumpen, a tu vecino”, por hacerse eco de unas desafortunadas declaraciones de Iglesias en torno a unos antiguos incidentes, en las que destiló un tono a priori clasista que no supo matizar en aclaraciones posteriores.

Similar planteamiento táctico es el del Movimiento Red y su líder, Elpidio Silva. El juez es el protagonista estos días de un juicio en el Tribunal Superior de Justicia de Madrid en el que se dilucida causa contra él por su instrucción en el Caso Blesa; este asunto propicia una amplia empatía social hacia su posición personal y su labor como juzgador en un asunto sangrante y que ha provocado amplia indignación social. Proceso que esta misma mañana se ha suspendido tras recusar Elpidio Silva al tribunal juzgador. Silva ha emprendido su candidatura política tras amplias conversaciones con otros sectores, incluyendo militantes críticos del PSOE con los que llegó a impulsar un manifiesto para una amplia refundación del Partido. El programa de Movimiento Red adolece de las mismas carencias que el de Podemos: una concatenación de declaraciones generalistas pendientes de desarrollo ulterior. Como en el caso de Pablo Iglesias, el personalismo de Silva ha suscitado amplias críticas, muy duras desde amplios sectores de lo que fue 15M, que le acusan de querer apropiarse del espíritu (originalmente apartidista, afirman) del movimiento. Dicho sea de paso, sin que exista constancia de quién/quiénes son los titulares legítimos de dicho espíritu. El episodio de la instantánea con Ada Colau, ampliamente difundida en los espacios digitales de su formación, y cuya retirada fue exigida por la portavoz de la PAH cuando se empezó a interpretar como prueba de su presunto apoyo, es el más sonado de los episodios del personalismo de este juez, que ha entrado en política como un elefante en una cacharrería.

Son solamente dos ejemplos, quizá los más ilustrativos, de las consecuencias de la aparición de nuevos sujetos políticos, principalmente en el ámbito de la izquierda, consustanciales a las circunstancias que el mundo de la política vive, cuando esta eclosión viene acompañada de viejos vicios. La inacción de los dos grandes partidos nacionales sin duda contribuye al nacimiento de esos nuevos actores, y aunque siempre es positivo que de la sociedad emerjan y tomen carta de naturaleza nuevas posibilidades de participación política que aporten aire fresco, hay que estar en guardia ante ciertos riesgos. El populismo y el mesianismo lo son, y la indignación o el enfado no pueden llevarnos a ignorarlos. El carácter invertebrado y la intención apartidista del 15-M original llevaba a su irrelevancia en términos prácticos: sin consecución de parcelas de participación, sin conquista de parcelas de decisión, sin espacios de poder, no hay cambio. Desgraciadamente, el tiempo da la razón a muchas de las personas que ya en el momento inicial advirtieron de esos riesgos.

Algunos/as, desde una posición crítica y compartiendo con toda la ciudadanía el mismo nivel de enfado, perseveramos en la idea de que los remedios a los grandes males de la política, y por ende, de la sociedad, se encuentran en la misma política. Huir de cualquier tentación antipolítica y del discurso reaccionario de identificar toda participación política posible con castas es fundamental. Los partidos, tanto los que existen como los que libremente y legítimamente puedan emerger, tienen la clave de arco: profundizar en horizontalidad, en participación, convirtiendo de nuevo al ciudadano en el sujeto decisor. De ello hemos tenido ocasión de hablar con motivo del proceso político que el Partido Socialista, en el que milito, ha experimentado (con el pretendido punto álgido de su Conferencia) desde su último Congreso Federal, proceso de controvertidos resultados, interpretaciones y alcance. 

Otra de las vías de trabajo a considerar frente a la tentación antipolítica sería la de recuperar, igualmente, el espíritu posibilista de la Transición, tan denostado en la actualidad como evocado en las últimas jornadas tras la desaparición del Presidente Adolfo Suárez, ocasión en la que se ha podido recuperar, desde cierta nostalgia, la evocación de sus virtudes y la posibilidad de aplicación, hoy, a la salida de la crisis en todas sus dimensiones. Pero la virtualidad de esta vía en el patio de 2014 ya es materia de otro buen debate (callejero).