Incumplimientos y errores

Lobisón

Los anuncios hechos por Rajoy en el Congreso el día 11 han supuesto un paso más en el abandono de sus promesas electorales y una confesión clara de que son las exigencias europeas las que marcan su agenda. Parece haber pasado mucho tiempo desde que hizo su patético intento de modificar unilateralmente los objetivos de déficit para este año, y una eternidad desde que criticaba las medidas de ajuste de Zapatero y prometía que él no haría nunca nada semejante. Sólo le falta reducir directamente el poder adquisitivo de las pensiones —aunque ya lo haya hecho indirectamente con las medidas de copago— para completar el incumplimiento sistemático de su programa electoral.

No hay más remedio, dice. Ha llegado a esta conclusión tras una larga serie de errores. El primero, por supuesto, fue creer que para amansar a la prima de riesgo y restablecer la confianza en nuestra economía bastaría con sustituir a Zapatero y su gobierno de gente insolvente por un gobierno como dios manda. El segundo fue pensar que su menosprecio por sus antecesores sería compartido por las instituciones europeas, que reconocerían su seriedad y superioridad como interlocutor y le darían por tanto un margen razonable de maniobra.

No tuvo ese margen para modificar —de entrada y sin condiciones— los objetivos de déficit, y para empeorar las cosas pospuso la presentación de los presupuestos por cálculos ligados al calendario electoral en Andalucía. Por otro lado su ministro de Economía logró irritar a sus interlocutores europeos, presentando a Juncker como corto de entendederas, presentando al candidato equivocado para suceder a González Páramo en el BCE, y nombrando como gobernador del Banco de España —y por las razones equivocadas— a un candidato distinto del preferido por Mario Draghi, el propio González Páramo.

A la vez, puso en la picota al Banco de España, marginándole en la resolución de la crisis de Bankia y desatando un problema mucho más grave que el ya existente. Ahora ya es evidente el precio: un rescate gigantesco para el sector financiero español, en un contexto de descrédito de la gestión del gobierno que se traduce en la exigencia europea de reforzar la autonomía del Banco de España —quitando poderes al ministro—, y en los sarcasmos de Mario Draghi comparando los lamentos del gobierno español con los sollozos de Balotelli tras la eliminación de Italia. Es lo que tiene la prepotencia: no se hacen amigos.

En este cuadro desolador llama la atención la mínima lucidez de Rajoy al ampararse en el órdago de Mario Monti y en el respaldo de François Hollande para lograr avances en la cumbre europea del 28 de junio. Pero llama más aún la atención la torpeza con la que consiguió crearse de nuevo un clima hostil en Bruselas por el triunfalismo con que el gobierno —su ministro de Economía, en especial— presentó los resultados sin pensar en la irritación de los responsables de la Comisión y en la situación en la que dejaba a los débiles gobiernos de Finlandia y Holanda frente a su oposición más nacionalista.

Con el incendio que van desatar en España los ajustes anunciados por Rajoy, la gran duda es si el gobierno aprenderá a hacer política europea  antes de que la crisis acabe con nosotros. Puede que el PP y Rajoy se merezcan esta sucesión de desgracias por la arrogancia y la falta de respeto —a la verdad y a sus adversarios— que mostraron en la oposición, pero los españoles no nos merecemos esto.