Inconvenientes de la bronca tabernaria (2)

Permafrost

La semana pasada presenté ciertas objeciones al discurso incendiario de algunos agitadores mediáticos, tratando de invalidar el argumento de que hay que distinguir el fondo de la forma. Expuse que tal alegación es absurda en su caso, pues lo que dicen es indistinguible de cómo lo dicen. Hoy continúo con una serie de razonamientos subsidiarios. El primero de ellos sigue estando muy relacionado con el planteamiento fondo-forma. Aun aceptando en abstracto tal distinción, sostengo que el gruñido constante interfiere con la solidez del supuesto “fondo��?. Es decir, la actitud en extremo belicosa está negativamente relacionada con la probabilidad de ejercer un discernimiento correcto respecto a la realidad de las cosas. Porque no sólo las creencias materiales (más o menos discutibles) sirven de base a las expresiones formales, sino que éstas pueden incidir en la creación y mantenimiento de aquéllas más allá de lo que sería normativamente razonable. El estilo o la “forma��? incendiarios son claramente emocionales y las influencias afectivas en las creencias sobre el “fondo��? no son en absoluto desdeñables, como indican la psicología social y el mero sentido común.

Las emociones pueden generar determinadas creencias que antes no existían o cambiar creencias existentes; y pueden aumentar o disminuir la intensidad con que se alberga una creencia. El color y el calor intensos con que se expresa una idea pueden contribuir a cristalizar ésta por errónea que resulte. Uno puede rectificar sabiamente y cambiar de opinión cuando su discrepancia anterior se ha expresado dentro de cauces moderados. Por el contrario, “sostenella y no enmendalla��?, la huída hacia delante, es el mecanismo más probable de quien ha quemado sus naves en un discurso flamígero de descrédito y denuesto continuos del adversario. Los excesos “formales��? suponen una especie de compromiso reforzado de quien los realiza con las creencias subyacentes, que impide modificar y matizar estas últimas aun cuando nuevos datos podrían hacerlo aconsejable. De ahí que resulte casi imposible encontrar un reconocimiento de errores por parte de los comentaristas más fervorosos que siempre creen decir “la verdad��?.

Pero supongamos, a efectos argumentativos, que todo lo anterior no son más que tonterías. Que, verdaderamente, las formas son lo de menos. Que expresiones como: “[ZP] es como un monstruo […] como Chucky, el muñeco diabólico��? (EM, 6.11.05); “[el Santo Padre tendría que] hacerle un exorcismo. Es el diablo, con permiso de Polancobrián y Rubalcaba��? (LD, 3.5.06), o “[los socialistas] son una plaga, una maldición��? (LD, 18.1.06), forman parte simplemente del arrebatador e inimitable estilo que convierte a Jiménez Losantos en “un crack��? y “una máquina de hacer dinero��? (Isabel Durán, 28.2.07). En fin, pecadillos veniales de la mercadotecnia. Pues bien, aun así, el estilo perruno tiene inconvenientes dignos de reseñar. Por beneficioso que pueda resultar para sus practicantes, existen, por así decir, daños colaterales que en un saldo global deben tenerse en cuenta. Para empezar, está lo que los economistas denominan “coste de oportunidad��? (el valor que se pudiera haber obtenido con una dedicación diferente de los recursos). El intelecto, el tiempo y la energía anímica también son recursos escasos. Y una sociedad o un gobierno o una colectividad que dedica esos recursos intangibles escasos a discutir sobre nimiedades, a gritar barbaridades, a buscar o esquivar el insulto más grueso, no está invirtiendo esos recursos precisamente en investigación y desarrollo, en hallar soluciones reales a problemas reales. Un parlamento que, en vez de parlamentar, participa en un concurso de venablos, no es tan productivo como debiera. Y esta consideración se aplica en general a la calidad del discurso político que se mantiene en una sociedad cualquiera. Por supuesto, una oposición desaforada puede encontrar solaz inmediato en la perspectiva de un beneficio derivado de poner palos en las ruedas de su “enemigo��?. Esto halla un reflejo muy concreto en ejemplos como los que ya cité en su día de la comisión de control de RTVE, en la que la entonces directora, Carmen Caffarel, se quejaba de la ingente marea de preguntas escritas que se le dirigían con la obvia intención de bloquear sus recursos humanos. Y otro tanto puede decirse del medio millar de preguntas dirigidas al gobierno por el PP sobre las ocurrencias más disparatadas acerca del 11-M.

Otro problema (el principal, a mi juicio) consiste en la inutilización de la crítica, cuando ésta se hace extrema. Tal inutilización puede estar causada por diversos mecanismos complementarios:

a) Un ramillete de alabarderos mediáticos anunciando sin cesar la destrucción de la familia, la desmembración de España, el fin de las libertades, el triunfo de los terroristas, puede inducir un estado de “fatiga de alerta��?, que insensibilice a la sociedad ante genuinas alarmas que pudieran estar justificadas. Tanto repetir “que viene el lobo” acaba por desacreditar al que lo vocea, tenga o no razón la decimoctava vez.

b) Otro tipo de insensibilidad es el que la crítica inmisericorde y feroz puede inducir en un gobierno, incluso aunque éste obre de buena fe. Suele decirse que los gobernantes acaban sufriendo un proceso de aislamiento y desconexión respecto de la sociedad. En cierto modo es inevitable: estar sometido a la presión del enjuiciamiento público continuo requiere una cierta capacidad de distanciamiento, por una simple cuestión de supervivencia. Si ese enjuiciamiento se vuelve atroz y apocalíptico, es muy posible que el gobierno reaccione como cualquier ente sujeto a una sobrestimulación negativa: básicamente, o muere o se inmuniza.

c) El ataque vesánico tiene el inconveniente, además, de brindar a quien lo recibe una excusa que evite toda autocrítica, incluso la que pueda estar justificada. Cuando, tras uno de los múltiples episodios de bronca política vividos en la presente legislatura, S. Gallego Díaz escribe: “La oposición que ha ejercido esta semana el Partido Popular ha sido tan radical, se ha expresado con un lenguaje tan brutal, que ha obligado casi a convalidar los errores del Gobierno��? (EP, 9.6.06), es obvio que tal “convalidación��? no existiría, a su juicio, de no ser por la desmesura de la agresión. Otros medios menos afines con el Gobierno también inciden en este punto, obviamente con distintos matices: “Nada podía convenir más a los intereses del socialismo zapaterista, que, como bien es sabido, camufla sus errores y sectarismos en el ‘ruido’ que propician estos falsos divos de la vida pública española��? (editorial ABC, 15.9.06).

d) Asimismo, el discurso vitriólico se alimenta de y produce una polarización extrema que secuestra la discusión de legítimas discrepancias. Es obvio: el lenguaje en blanco y negro, del todo o nada, conmigo o contra mí, no deja lugar para las gradaciones y las sutilezas. Si todo se reduce a una cuestión de supervivencia, si “la derecha empieza a ser consciente de que el plan para su exterminio ya ha comenzado��? (Losantos, LD, 29.1.06) las fuerzas internas se unifican frente al enemigo común a expensas de cualquier disenso interno. Una sociedad dividida en sectas que se perciben a sí mismas permanentemente al borde de la aniquilación es una sociedad donde la inteligencia política está en crisis.

Todos los puntos que he reseñado coadyuvan a privar de utilidad a la oposición político-mediática que renuncia a su legítimo y necesario papel de vigilancia y denuncia, para entregarse a una orgía de improperios e invectivas sin cuento.

Deseo concluir estas reflexiones con una cita de Alexander Hamilton que tengo constantemente presente. En el primero de sus artículos federalistas (1787),  tras señalar que “tan numerosas y tan poderosas son las razones que pueden torcer falsamente el juicio, que en muchas ocasiones vemos hombres sensatos y buenos tanto en el lado erróneo como en el correcto de cuestiones sumamente relevantes para la sociedad��?, nos advierte: “Esta circunstancia, si fuera apreciada adecuadamente, ofrecería una lección de moderación a aquellos que tan convencidos están siempre de tener razón en cualquier controversia. Un motivo más para la prudencia, a este respecto, podría emanar de la idea de que nunca estaremos seguros de que aquellos que defienden la verdad actúan inspirados por principios más puros que sus antagonistas. La ambición, la avaricia, la animadversión personal, la oposición partidista y otros muchos motivos no más loables que éstos pueden incidir tanto en quienes apoyan la opción correcta como en quienes se oponen a la misma. Aun cuando no existieran estas razones para la moderación, nada hay más desacertado que ese espíritu intolerante que siempre ha caracterizado a los grupos políticos.��?

El tiempo no ha dejado obsoleta esta apreciación.