Incógnitas

Lobisón

Ya hay una incógnita menos: las elecciones primarias para secretario general las ha ganado Pedro Sánchez. Pero se abren otras nuevas: la primera es si han pesado más en su triunfo su imagen y habilidad comunicativa o el apoyo del aparato. Casi todo el mundo cree, desde luego, que a Eduardo Madina le ha pasado factura el haber frustrado el consenso de los secretarios generales regionales en torno a Susana Díaz cuando puso como condición para presentar su candidatura que antes del Congreso votaran los militantes. Así es la vida.

La segunda incógnita es si Sánchez va a intentar dotarse de cierta autonomía respecto al aparato, y en particular respecto al aparato de Andalucía. Indudablemente ahora tiene una legitimidad propia, pero sería arriesgado confiar en que le baste para poderse situar por encima de los poderes locales. Sin embargo, si no consigue afirmar algún margen de autonomía va a tener problemas para conseguir una Ejecutiva de integración, y se le criticará insistentemente como representante de una coalición de barones, en el mejor de los casos, o como el hombre de Susana en Madrid, en el peor. Mal rollo.

La tercera incógnita se refiere a la elección del candidato a la presidencia del gobierno. En primer lugar la fecha en que se realizarán, por descontado, pero también quiénes competirán. Hasta ahora todo apunta a que el propio Sánchez sería uno de los candidatos, y luego se puede pensar que Carme Chacón también lo haría. ¿Habría más candidatos? ¿En qué situación llegarán Sánchez y Chacón a las nuevas primarias, teniendo en cuenta que la consulta catalana puede obligarles a los dos a definiciones delicadas y hacerles vulnerables frente a la derecha y a los nacionalistas del PSC?

Quizá la mayor incógnita la constituyan precisamente las definiciones públicas de Sánchez desde ahora en adelante. Puede optar por mantener posiciones ambiguas o por las generalidades, que así no le ha ido mal hasta ahora, pero no es nada probable que eso le sirva para consolidar su propia autoridad como secretario general. Esperemos por lo menos que no se le ocurra convocar a la formulación de un programa abierto, como en su momento hizo —con resultados infelices— Ségolène Royal.

Pero tomar posiciones claras también puede tener un alto coste. Ya ha dicho, parece, que los socialistas no deberían apoyar en el Parlamento Europeo la candidatura de Juncker a la presidencia de la Comisión. Eso significaría romper el acuerdo del PSE, debilitar a Juncker frente a Merkel y a los euroescépticos, y no es nada evidente que contribuyera a impulsar los planes europeos de inversión ni a flexibilizar los plazos de reducción de déficit. ¿Lo ha dicho sólo por hacer un gesto de izquierda? ¿No hay nadie en su entorno que se haya estudiado el temario antes de que él se presentara a las oposiciones?