Imaz: ¿a veces para ganar hay que irse?

Jelloun

Con el anuncio de su retirada de la competición por la presidencia del PNV –cargo a cuya reelección, en principio, aspiraba-, y el abandono de la política profesional, Josu Jon Imaz ha venido a confirmar lo que comentábamos aquí mismo, días atrás, sobre la crisis de liderazgo que caracteriza en este momento a la práctica totalidad de las formaciones políticas españolas. Los merecidos elogios a su trayectoria en la dirección del PNV y al papel moderador jugado a lo largo de la legislatura  -  especialmente con su prudencia y apoyo al proceso de paz y a la gestión del gobierno de Zapatero-, han dado paso a interpretaciones sobre el significado de su abandono, tanto por lo que pueda tener de presagio negativo –o, al menos, inquietante-, sobre el rumbo futuro que vaya a adoptar el PNV como por lo que supone de pérdida de un aliado fiable para el presidente Zapatero. En el caso del PNV, la crisis que atraviesa en estos prolegómenos del proceso interno que ha de culminar en diciembre con la renovación de su cúpula directiva, el Euskadi Buru Batzar (EBB), no es sino la agudización de un conflicto que llevan arrastrando varios años entre las dos “almas” que siempre han convivido en ese partido, la “pactista” y la “soberanista”, por utilizar las expresiones ya consagradas.

Dos almas, dos formas de concebir el papel político del principal partido vasco que afectan tanto a su concepción de las relaciones políticas de los vascos entre sí como las de estos con España. Dos almas que han personificado Josu Jon Imaz, por un lado,  y la pareja Ibarretxe-Eguíbar por otro. Dos tendencias cuyas respectivas representaciones políticas quizás nunca habían tenido tal equilibrio de fuerzas pese a la ventaja, mínima pero suficiente, que permitió a Imaz hacerse con la presidencia del EBB tras la jubilación de Arzallus y en contra de su  delfín, Eguíbar.

Es esta precaria mayoría la que hacía aconsejable la cautela a la hora de aventurar pronósticos sobre el resultado final del proceso interno. Un proceso condicionado tanto por el fracaso de determinadas expectativas generadas con el gobierno de Zapatero -y muy en particular con el proceso de paz-,  como por la fatigosa trayectoria que lleva el Gobierno Vasco –con sus propias crisis entre los tres partidos coaligados-,  y un lehendakari (Ibarretxe) incapaz de hacerse notar si no es tratando de impulsar artificialmente el debate soberanista con la consabida amenaza de una “consulta para decidir” con la que amaga y aburre periódicamente.

Como es lógico, durante los próximos días dispondremos de toda clase de  interpretaciones y controversias sobre el significado de la prematura renuncia de Imaz, visibles ya en los medios de comunicación nada más conocerse la noticia –y reflejadas ayer mismo en este Debate Callejero nuestro-. A saber: en qué medida esa renuncia prefigura una radicalización soberanista del PNV, cómo repercutirá eso en la política nacional y en qué medida puede ser, a su vez,  reflejo de la conducción de esa política nacional por el Gobierno de Zapatero. Esto último ya era visible ayer mismo, en ciertos comentarios que apuntaban este episodio en el “debe” de Zapatero al que, sin mayor esfuerzo argumental  endosaban – ¡cómo no!-, la culpa de lo sucedido con Imaz y lo que pueda ocurrir en el PNV.  Será este, seguramente, uno de los ingredientes del discurso catastrofista –plagado de negros presagios-, con el que Rajoy pretenderá amenizar la precampaña electoral.  

¿Hay motivos para la preocupación? Tal vez, pero sin pasarse. Veamos. Como es sabido, Imaz apostó fuerte en el debate interno mostrando a las claras sus cartas -en artículos publicados en la prensa semanas atrás que alcanzaron justa resonancia-, especialmente el que con el título “no imponer, no impedir” sintetizaba su postura pactista a favor de un acuerdo “transversal” en la política vasca como paso previo para consolidar una relación estable y normalizada de los vascos con España, lejos de cualquier pulsión soberanista y que no dejara resquicio alguno al discurso mesiánico de los violentos. Frente a esta idea,  Eguíbar e Ibarretxe –pese a la evidencia de que su actitud se aprovecha de la desigualdad de oportunidades en el debate político vasco condicionada por la violencia de ETA-, sólo parecen concebir una acumulación nacionalista de fuerzas –para lo cual, ven como un estorbo el terrorismo, pero sólo eso-,  que permita desafiar al Estado. La idea de “transversalidad” y pacto previo con los sectores no nacionalistas –casi la mitad de la población- es para ellos algo intolerable que equivale a otorgar un derecho de veto a esos sectores respecto a sus pretensiones soberanistas.

Tras el eco alcanzado por el debate promovido por Imaz –con el artículo ya reseñado y con el que atizó al nefasto Josefa Azkarraga, representante de Eusko Alkartasuna, partido nacionalista que parasita al PNV en el seno del Gobierno de Ibarretxe, junto con la muy insustancial y oportunista Izquierda Unida vasca (Ezker Batua)-,  en el seno del PNV se optaba por “enfriar��? el ambiente interno reconduciendo a una única ponencia política, a debatir a lo largo del proceso interno que justo ahora se abre, las dos posiciones políticas e ideológicas encontradas.

Este documento de estrategia sobre el que debatirán  – a su manera, o sea, poco-, los miembros del Partido Nacionalista Vasco, en su análisis de coyuntura, constata el agotamiento de lo que de un modo un tanto ampuloso denomina “los tres ciclos que han traspasado, mediatizado y condicionado la realidad sociopolítica vasca en los últimos años”. Se refiere al fin del ciclo de ETA, que arrastra en su deriva a la izquierda abertzale incapacitada para la acción política autónoma, así como al fin de la estrategia de bloques  en la política vasca y, en íntima  relación con esto,  al de un ciclo de la política española, el que ha venido definido por la gestión del proceso de paz y la crispación promovida por el PP al utilizarlo como palanca para conseguir la vuelta al poder. Al PSOE, dicen, “se le agota el tiempo de la ambigüedad y del seguidismo al PP que le han convertido en víctima de sí mismo”,  poniendo como ejemplo de ello el episodio de la crisis de Navarra. Por otro lado, en su análisis, consideran inviable la vuelta al pacto antiterrorista entendiendo este como un territorio que ocupa casi en exclusiva el PP. Situación que ha permitido al PNV, por cierto, hacerse de nuevo con el control de las tres  diputaciones forales vascas aún cosechando sus peores resultados electorales. Pero este dato de la pérdida de votos no es intrascendente –ni parece meramente coyuntural o pasajero -, por lo que tampoco dispone el PNV de mucho margen de maniobra para alegrías tales como un cambio de trayectoria de incierta rentabilidad política.

La más fácil interpretación que cabe hacer de la renuncia de Imaz es la de que se va anticipándose a una previsible o constatada derrota ante Eguibar. Hay quien sostiene –algún  historiador del nacionalismo vasco-, que este es el desenlace inevitable en esta formación. Es decir, que en momento de crisis álgida siempre tenderá a prevalecer el alma radical, esencialista, sobre el sector más pragmático. Al igual que ha venido ocurriendo a lo largo de la historia en el seno del nacionalismo radical de ETA. Es una interpretación de los vaivenes en el PNV que resurge periódicamente y encuentra eco fácil en determinados ambientes por más que los hechos no hayan confirmado, hasta ahora, ese pronóstico.

En contra de las primeras impresiones –de las que se hacen eco hoy los titulares de prensa-, no me parece evidente que la renuncia de Imaz preludie el éxito del soberanismo en el PNV. No me parece creíble que Imaz haya dado por perdido un combate que apenas se inicia ahora; ni siquiera es imaginable que en su proceso interno tengan ya contabilizados mínimamente los apoyos con que contará cada sector a la hora de renovar el EBB en diciembre. Dicho de otro modo, no es lógico que arroje la toalla tan precozmente quien ha apostado tan fuerte.

Por otra parte, el PNV, su base social, es muy sensible al riesgo de división.  El mismo Arzalluz, coprotagonista de la gran crisis que hace años desembocó en la escisión y surgimiento de la Eusko Alkartasuna del ex-lehendakari  Garaikoetxea- ha señalado muchas veces que jamás podrían permitirse que algo semejante se repitiera.  Ante esa evidencia, no es difícil imaginar el eco favorable que el gesto de Imaz encontrará entre la base militante nacionalista sacrificándose por el partido, como víctima propiciatoria,  porque, como ha señalado en su carta de despedida, la necesaria  “modernización” del PNV  no puede llevarse a cabo “en un contexto de competición por el discurso”. Y, por eso mismo, es un gesto que lleva implícita la invitación a la reciprocidad a la otra parte, difícilmente soslayable por Eguíbar.

Así las cosas, no es descabellado suponer que el aldabonazo de Imaz –con el que se carga de razones a favor de su punto de vista-, lejos de suponer la aceptación de una derrota anuncia un contraataque con otros rostros pero intactas o mayores posibilidades de éxito. Dar un paso atrás sólo para tomar impulso. Vistos los resultados electorales últimos y el poco holgado dominio institucional del PNV, este partido no puede no ser consciente de los riesgos que comportaría dejarse llevar por la deriva soberanista. Tal vez Imaz, simplemente,  haya llegado a la conclusión de que, como alguien ha dicho ayer tarde en el Congreso de los Diputados, “a veces para ganar hay que irse”. Pronto saldremos de dudas.