Imaginad que los independentistas fracasan

José Rodríguez

Si eres como la mayoría de lectores de “Debate Callejero”, no serás favorable a las tesis independentistas; por tanto este ejercicio mental que te pido te será bastante fácil. Imagina por un momento que los independentistas no consiguen su objetivo. O bien no pueden realizar el referéndum el 1 de octubre o bien lo realizan, pero después no consiguen hacer efectiva la independencia.

Eso es lo que realmente crees que pasará, así que no te será nada difícil ubicarte en ese escenario. Lo que ocurrirá una vez se certifique el fracaso es que se repetirán las elecciones autonómicas después de una suspensión temporal de la autonomía y, si hacemos caso a las encuestas, los independentistas volverían a tener una mayoría parlamentaria. Y seguimos en la rueda.

¿Que crees que pasaría? Los independentistas no se irán a casa a llorar. Seguirán con sus historias. 2 millones de personas empecinadas en un objetivo político que sobrepasa a sus dirigentes y sus partidos, no pasan a dormirse en los laureles. Volverán a votar y esta vez con más rencor si cabe, en contra de la unidad de España.

¿Qué ha hecho la política española durante todo este tiempo? ¿ha preparado un plan B? ¿ha planteado el problema catalán como un problema político de reconocimiento de una nación? No. Excepto una parte del entorno de los comunes/podemos, las reacciones son todo lo contrario a ninguna solución.

El entorno ideológico del PP y C’s ha tenido dos tipos de respuestas. La respuesta más amistosa es la de ceñirse al legalismo literal basado en una interpretación restrictiva de la Constitución Española, interpretación que es la que rompe el pacto constitucional del 78, que lleva a no hacer nada. A no afrontar un problema político entre, en el fondo, dos demos que se autorreconocen. Un inmovilismo que es criticado incluso por el think tank de la CDU, Konrad Adenauer o el editorial del New York Times.

Luego tenemos una parte del entorno ideológico del PP y C’s que piden mano dura, la aplicación de la suspensión de la autonomía, encerrar a los disidentes y poco menos que volver a un estado central y a la ilegalización de los partidos independentistas.

En el entorno del PSOE se han dado las mismas voces pero con matices: el inmovilismo legalista de Pedro Sánchez acepta reconocer las naciones culturales (algo de lo que ya la Constitución de 1978 iba mucho más allá y a lo que el Estatut del 2006 recortado por el TC daba pasos por delante). Abalorios, espejos pero ninguna capacidad de ser nación política. La nación cultural no depende de ningún reconocimiento externo y es un insulto a los que sentimos una parte de nuestra identidad nacional catalana. Es una concesión colonial y lo triste es que quien la defiende ni es capaz de entender el carácter paternalista y ofensivo de esa “concesión”. Pero si miramos a otras voces del PSOE es aún peor, poco diferenciadas del ala dura del PP y C’s.

En el mundo de los comunes encontramos algo más de comprensión y la voluntad de ofrecer una solución. Pero se queda en eso, en un reconocimiento de la nación catalana y de su derecho a la autodeterminación, pero sin dar una vía para poder conseguirlo. Los comunes al menos hablan de plurinacionalidad desde el punto de vista político y no “étnico-cultural” absurdo del que a veces ha hablado el PSOE. Saben entender que una nación en el siglo XXI no es un conjunto de rasgos culturales o étnicos sino la voluntad de una parte importante de ese cuerpo social de tener unos derechos políticos colectivos. Lo triste es que Podemos/Comunes no pueden ofrecer ninguna solución efectiva para conseguirlos.

Y como España no puede reformarse (el pacto constitucional del 78 la hizo hiperblindada, pero las lecturas posteriores la han hecho inflexible) ni puede ofrecer ninguna solución política al conflicto, aunque los independentistas fracasen en esta ronda a la larga, queramos o no, los catalanes van a marchar.