Zapaterismos

Ignacio Sánchez-Cuenca

Zapatero ha demostrado que posee algunas virtudes políticas fundamentales en un lider. Es osado. Lo demostró con la guerra de Irak. Tiene una sangre fría envidiable, no dejándose alterar por las presiones de la coyuntura. Cuando sus seguidores piensan que todo se viene abajo, él mantiene la calma, consciente de que el temporal amainará. Debido en parte a esa tranquilidad de ánimo, que los demás no tienen, parece creer que por muy mal que se pongan las cosas, terminará dando con la solución. De ahí que muchos le acusen de cierta tendencia a la improvisación. Aunque le reconocen talento en el regate corto, creen que en realidad no tiene un proyecto claro en la cabeza.

Su momento más bajo como líder ocurrió con el atentado de la T-4, tan sólo 24 horas después de unas declaraciones suyas que siguen resultando tan inexplicables como el día en que se produjeron. No sabemos si estaba mal informado o si se dejó arrastrar por el voluntarismo.

El episodio del Estatut resulta bastante revelador sobre el modo de proceder de ZP. Fuera mayor o menor su responsabilidad en el lío que montó el Parlamento catalán al aprobar un Estatut que el resto de España no podía aceptar, el caso es que a partir del momento en que el Estatut sale de Cataluña y entra en el Parlamento nacional, el proceso se descontroló del todo y si pudo reconducirse fue gracias a la jugada de pactar en secreto con Mas dejando en la estacada a ERC. Con un golpe de efecto, resolvió el problema, aunque durante los meses siguientes se pagó un coste político considerable: ruptura del tripartito, elecciones anticipadas en Cataluña con aumento preocupante de la abstención, etc.

Si algo le gusta a Zapatero, son esos golpes de efecto. Como las dos crisis de gobierno que ha manejado con maestría hasta el momento. O como el anuncio del cheque de 2.500 euros por cada nacimiento de un hijo.

A veces, sus ocurrencias resultas desconcertantes. Hoy me quiero referir a dos de ellas.

La primera, la promesa de que no gobernará si saca un voto menos que Rajoy. Un líder con fuerte carisma, en circunstancias extraordinarias, puede lanzar un órdago así con la esperanza de que los electores se movilicen y voten para que él permanezca en el poder. A Felipe González le funcionó en el referéndum de la OTAN. Sin embargo, en la situación presente, es difícil que una promesa de esa naturaleza vaya a movilizar a muchos votantes. Y al proferirla, se corre un riesgo muy alto. No hay que olvidar que las municipales las perdió el PSOE por un estrecho margen. Si eso volviera a suceder, ZP tendría que elegir entre su reputación y el gobierno. Ha sido tan contundente al afirmar que no gobernará con un voto menos que Rajoy, que resulta difícil pensar que pueda desdecirse si las cosas no le salen como espera.

Por lo demás, la promesa no se basa en principio democrático alguno. En las democracias  parlamentarias, cuando no hay mayoría absoluta, gobierna quien más apoyos parlamentarios recibe.

En términos de eficacia, puede que algún votante reticente se anime a apoyar a ZP. Pero también puede suceder que gente harta del Gobierno se anime a votar con el propósito de que Rajoy saque al menos un voto más que su rival.

La segunda ocurrencia, no menos singular que la primera, es la firme determinación de no adelantar las elecciones. Por mera cabezonería, porque no hay argumento alguno que demuestre que es ilegítimo adelantar elecciones. Es una de las prerrogativas del Presidente del Gobierno.

Es muy frecuente en los países parlamentarios el adelanto de las elecciones, sobre todo cuando la economía va bien y no hay seguridad sobre la marcha de las cosas a un año vista. En Grecia, Karamanlis, con la economía creciendo al cuatro por ciento, ha adelantado seis meses las elecciones y ha conseguido una mayoría absoluta a pesar de los incendios.

En España se daban todas las condiciones para adelantar las elecciones al otoño: hay incertidumbre sobre la marcha de la economía mundial en los próximos meses, no se sabe qué va a pasar con las hipotecas y los tipos de interés y ETA ha roto el alto el fuego. Quién sabe cómo estaremos en marzo.

La verdad es que no veo qué ventajas puede reportarle a ZP comprometerse a no gobernar con un voto menos que Rajoy y a no adelantar las elecciones. Es una forma de dificultarse la reelección. Y tal como están las cosas, casi mejor dejar esas ocurrencias para otro momento.