Iglesias y Garzón

Senyor_J

El pasado lunes se difundió entre los medios la decisión de la dirección de Podemos de dar por terminadas las conversaciones con los representante de Alberto Garzón para incorporarlo a la candidatura con que Podemos acudirá a las elecciones generales. En el comunicado de prensa correspondiente, Podemos informaba de que dicha decisión residía en la posición inamovible de la otra parte, según la cual el acuerdo solo podía pasar por la formación de una coalición entre Izquierda Unida y Podemos. Dicha aspiración chocaría, según Podemos, con el espíritu político con que afronta dicho proceso, en el cual se pretende la formación de candidaturas de unidad popular y no un acuerdo entre partidos o una candidatura consistente en una suma de siglas. Asimismo, Podemos se comprometía a seguir trabajando en la construcción de la unidad popular, siguiendo los criterios y mecanismos utilizados en las pasadas elecciones municipales, más orientadas a generar ideas y proyectos que siglas.

La solución adoptada ha caído como un vaso de agua fría en los ambientes que aspiran a generar una candidatura de cambio potente en el conjunto del Estado. Han sido numerosas las gestiones que Podemos ha hecho para ensanchar su candidatura e incluir otros actores en su asalto al Congreso (con ICV-EUiA en Cataluña, con Compromís en Valencia, con las Mareas en Galicia…) y nunca han dejado de explorarse también fórmulas de entendimiento con las organizaciones vinculadas a las alcaldías del cambio. Generar un espacio amplio con el que acompañar la candidatura de Pablo Iglesias a la presidencia ha sido un objetivo perseguido con insistencia por su organización, especialmente tras los resultados de las elecciones de mayo, pero a falta de poco más de 70 días para las elecciones siguen estando abiertos muchos flecos y parece que cuesta concretar acuerdos.

La no incorporación de Garzón, además, abre las puertas a que los dirigentes y marcas que orbitan alrededor de Izquierda Unida, como Ahora en Común, actúen por su cuenta y alcen candidaturas que a quien más pueden perjudicar es a Podemos, puesto que competirían por un mismo electorado. Ello abre un riesgo evidente, no solo de división de las consideradas fuerzas del cambio, sino de empequeñecimiento del espacio electoral, tanto a causa de los castigos que legislación impone a los partidos pequeños vía circunscripciones como de los costes que les cargue su electorado potencial por no haber presentado una única candidatura. La disputa en este contexto con el PSOE y Ciudadanos para capturar el voto que aspira a cambios se volvería muy difícil.

Mal negocio, pue,s para estos espacios el que no sean capaces de alcanzar una fórmula que les satisfaga y que les sitúe en una posición realmente ganadora. Por el contrario, se exponen que todo ese esfuerzo volcado a lo largo de los últimos tiempos en generar una candidatura realmente competitiva acabe de saltar por los aires, en un año muy marcado por resultados electorales desfavorables o no lo bastante favorables, especialmente el cosechado en Cataluña el mes pasado por Catalunya Si Que Es Pot.

Es precisamente el resultado anterior el que mejor permite hacer un balance crítico de lo erróneo de no establecer procesos de confluencia en tiempo y forma adecuados, que permitan que las candidaturas de unidad popular adquieran vida propia y sean capaces de alejarse de la lógica de la coalición de partidos para convertirse en algo diferente. Cuando ello no se consigue, se hace muy evidente porque las costuras crujen por todos sitios. De hecho, si algo tiene de afortunado el comunicado de prensa es en finalizar las conversaciones con antelación suficiente para empezar a posicionar a Podemos en una precampaña electoral a la que va a acudir menos acompañado de lo que podría. A  pesar de las creencias muchas veces erróneas entre las fuerzas de las “izquierdas” sobre las ventajas de sumar, no sumar no tiene por qué suponer perder una ventaja estratégica, puesto que los partidos clásicos siguen siendo perfectamente viables en el terreno electoral, como demuestra la pervivencia de las fuerzas del bipartidismo y el auge de Ciudadanos.  El verdadero problema es que dos tipos de candidaturas dirigidas a un electorado muy parecido compitan mutuamente para repartirse un pastel que se puede hacer añicos entre sus manos. Esa lógica distributiva, ligada en un caso a la necesidad de desplegarse con éxito en el conjunto del territorio, y en el otro, a un intento desesperado de no diluirse del todo ante el empuje de Podemos, puede dejar cadáveres en todas partes.

Toca, pues, esperar, para descubrir si se ha dicho la última palabra o, en caso de que no haya vuelta atrás, si uno de los bandos es capaz de fagocitar al otro. De lo contrario, la guerra por el pastel bien puede hacerlo saltar en mil pedazos y que cuando se den cuenta tan solo queden migajas.