Ideología y abstención en las elecciones europeas

Lobisón 

En las pasadas elecciones europeas estaba en juego un Parlamento cuyas funciones no son suficientemente valoradas —ni quizá tampoco comprendidas— por la mayor parte de los ciudadanos, ya que no establece impuestos o decide una política económica común, y además no determina ni la formación de la Comisión ni el nombramiento de su presidente.

 

Para esos mismos ciudadanos tampoco la Comisión juega un papel muy relevante: sus decisiones parecen tan lejanas como las resoluciones del G-8 o del G-20, e incluso las recomendaciones de la OCDE. Pero si, además, no se percibe que la Comisión dependa de alguna forma del Parlamento Europeo, es bastante improbable que las elecciones puedan verse como un momento crucial de la política europea, mucho menos como un parteaguas ideológico.

 

Se arrastra desde hace años la polémica sobre el supuesto ‘déficit democrático’ de la construcción europea. Muy probablemente es una falsa polémica, porque la única conclusión posible es que las instituciones europeas tienen menos legitimidad de la que tendrían si Europa fuera una entidad federal. Pero no es así, y los modestos pasos previstos en el Tratado de Lisboa no cambiarán sustancialmente la situación.

 

Es cierto, sin embargo, que si ya hubiera estado en vigor el Tratado habría habido mayores posibilidades de evitar la imagen de descoordinación e improvisación que han ofrecido las distintas respuestas nacionales a la crisis. Frente a una Comisión desdibujada —y sobre el fondo de la incomprensible actuación del Banco Central Europeo—, el protagonismo lo han tenido el espídico presidente Sarkozy y la renuente señora Merkel. Es lógico que lo hayan rentabilizado electoralmente, pero sus diferencias dentro del Consejo no han permitido que se diera la imagen de una respuesta europea a la crisis.

 

Tanto en la situación actual como en la que creará el Tratado cuando —con suerte— entre en vigor, existe un problema de fondo: el del liderazgo. Como se ha señalado en muchas ocasiones, los avances de los años ochenta en la construcción europea se lograron en buena medida gracias a una coalición de líderes —coalición en la que por cierto España tuvo un lugar importante— que creía en el proyecto europeo más allá de lo que sus respectivos países podían lograr u obtener a corto plazo.

 

En este momento esa coalición no existe. Se ha dado incluso la infortunada circunstancia de que Gordon Brown, que en un momento dado —antes de sus problemas actuales— tuvo un fuerte protagonismo en el impulso a una respuesta frente a la crisis, y que podía haber sido el portavoz de la izquierda europea, no podía asumir ese papel a causa de la excepcionalidad británica, ya que el Reino Unido ni siquiera pertenece a la eurozona.

 

Peor aún: en ausencia de una coalición dirigente de la UE, y en el intento de lograr consensos y coordinar políticas, se han dado pasos que no han permitido a la opinión pública percibir la contraposición de dos proyectos (ideológicamente) distintos. Ahora es el apoyo por diversos gobiernos socialistas a la continuidad de Durão Barroso, pero probablemente fue mucho más llamativo en su momento el consenso sobre la Directiva de Retorno. No se trata aquí de valorar los argumentos a favor de esas decisiones, sino de subrayar el precio que han tenido, impidiendo que tuviera verosimilitud una campaña electoral en términos de izquierda frente a derecha.

 

En ausencia de un diseño institucional que haga pensar a los ciudadanos que de las elecciones al Parlamento Europeo depende su futuro, con decisiones que han borrado las líneas de separación entre izquierda y derecha en el Parlamento y en las instituciones, y en ausencia de líderes que asuman claramente un proyecto europeo progresista frente a la crisis, no es tan raro que el malestar y la incertidumbre creados por la crisis hayan hecho caer la participación, y que la izquierda haya sido la más perjudicada.

 

La comparación con Estados Unidos es reveladora: la izquierda europea tiene un problema serio de liderazgo, como lo tiene la Unión Europea en cuanto proyecto. La esperanza es que se desatasque en Irlanda el Tratado de Lisboa y el tren siga su camino, traqueteante y lento, es cierto, pero alejándonos de esta pesadilla de una UE presidida por tipos como Vaclav Klaus y el supuestamente más moderado —y sin duda desinhibido— invitado de Berlusconi en Villa Certosa, Mirek Topolanek, mientras el mundo atravesaba la peor crisis económica desde 1929.