Identidad

Jon Salaberría 

Lunes de resaca. Por fin comienza el Tour que define a este 2015 como año eminentemente electoral, y su primera etapa se concluyó en Andalucía. Una jornada mágica para quienes seguimos sintiendo el encanto de la fiesta de la democracia, sus infinitos detalles humanos, sus inevitables momentos de tensión, los recuentos cardíacos y la certeza de que, pese a las voces críticas que ponen en cuestión el proceso democrático con enmienda a la totalidad y el reconocimiento de que necesita de mejoras a nivel de participación y decisión, el ejercicio del derecho al sufragio tiene una traslación práctica más inmediata de lo que puede parecer.

 Finalmente, hay tres conclusiones que podemos extraer prima facie a la vista de los resultados. Una, que Susana Díaz Pacheco ha conseguido, sin muchos alardes, el objetivo que se propuso: la posibilidad de gobernar con un equipo político a su medida y sin las hipotecas que al final lastraron la coalición de gobierno que, en base al Acuerdo por Andalucía (2012) ha regido los destinos de la Comunidad en estos últimos tres años. Dos: que a diferencia de otros procesos electorales, en los que proliferan las lecturas e interpretaciones de parte más interesadas, en esta ocasión sí han existido vencedores y perdedores, y ni unos ni otros han disimulado sus sensaciones. Tres: estas elecciones, como ocurre con todas las convocatorias territoriales, tiene características propias y elementos diferenciales claros, pero en mi opinión señalan ya unas primeras tendencias. Tendencias que, por supuesto, se verán matizadas en la supernoche electoral de mayo, cuando la coincidencia de las elecciones autonómicas y locales dibujará a buen seguro un mapa político radicalmente al legado por la marea azul de la primavera de 2011.

 Susana Díaz consigue en términos de porcentaje de voto el peor de los resultados de la serie histórica del Partido Socialista desde 1982. Pero sin embargo, su 35,43% permite en términos cualitativos facilitar los objetivos que con la convocatoria electoral anticipada se marcaba: recupera con menor porcentaje de voto el primer lugar entre las formaciones políticas andaluzas tras la insuficiente victoria popular en 2012, y además, gracias a la más plural composición de la Cámara, permite la posibilidad de ejercer la gobernación en solitario con un ejercicio (hábil) de la geometría variable. Susana Díaz consigue en el mismo golpe una posición autónoma respecto de la permanente espada de Damocles de la coalición IULV-CA, asesta un golpe político a un Partido Popular que desanda el camino que a punto estuvo de culminar Javier Arenas Bocanegra y marca los límites al crecimiento de Podemos, relativizando el gran cambio de era política que las huestes de Iglesias Turrión cuyo inicio desde el sur anunciaban con abundante trompetería mediática. Susana Díaz, por último, reafirma su posición política dentro del Partido Socialista a nivel federal y confirma su condición de referencia nacional. Definitivamente, ninguno de los movimientos internos que se van a producir en este 2015, principalmente entre mayo y noviembre, previos a las Elecciones Generales, será ajeno a su participación y a sus posicionamientos. Y ni siquiera a sus silencios… Los diarios del Grupo Joly en Andalucía, en sus editoriales de la jornada postelectoral, confirman la percepción de que Susana Díaz refuerza su hiperliderazgo y señalan hacia Ciudadanos, el otro gran vencedor de la noche, como la baza parlamentaria en la que fundamentar su gestión con apoyos puntuales hasta que el maratón de mayo decante posibilidades de acuerdos de gobierno.

 Noche de vencedores, y noche de perdedores. Junto a Susana Díaz, la formación de Albert Rivera consigue un resultado impresionante y que en el mismo momento de la convocatoria electoral, apenas hace un par de meses, era realmente utópico. Con una infraestructura mínima, sin prácticamente militantes, con la sola base de pequeñas formaciones locales que se han incorporado al proyecto (como la lista sanluqueña de Juan Marín, el candidato naranja), Ciudadanos se convierte en la cuarta fuerza política aprovechando con habilidad y perfil atractivo a las tres cuartas partes de electorado de UPyD e introduciendo una dolorosa cuña en la madera urbana del Partido Popular, que además les ha fabricado la campaña de forma torpe gracias a la imprudencia y a la catalanofobia. Rafael Hernando y Antonio Sanz son responsables de buena parte de la visibilidad del proyecto de C’s en Andalucía. El análisis posterior de los resultados por distritos en las grandes ciudades de Andalucía, especialmente en capitales como Málaga o Granada, indican la confirmación de una sospecha: que el electorado de centro-derecha que estaba huérfano de alternativas al monolítico Partido Popular tiene por fin una referencia demoscópica, algo inédito (salvas las particularidades del centro-derecha nacionalista en ciertas Comunidades) desde que José María Aznar culminase la refundación de su partido en los albores de su mandato como máximo dirigente popular. Andalucía es la primera piedra de toque de esta vía, que ya es una realidad que amenaza en el resto de España a la placida soledad del PP en esa zona del tablero.

 Caso aparte lo es el de Podemos. Un partido creado ex novo hace apenas un año y que consigue en su primera  comparecencia autonómica un 14,84% del voto y un sólido grupo parlamentario de 15 diputados es una organización triunfadora… saldo cuando ocurre lo que se materializó en la noche del domingo electoral: el pinchazo de sus propias expectativas. Los de Iglesias han planteado una campaña acorde con su estilo peculiar y con los mismos rasgos que caracterizan su discurso en el resto del Estado. No en vano, ha sido el sanedrín que rige los destinos del partido el encargado de diseñar esta campaña, para disgusto de sectores críticos afines a la candidata, Teresa Rodríguez, molestos por la ausencia de un discurso netamente andaluz. Podemos ha planteado un discurso de victoria, de todo o nada, caracterizado por los anuncios de cambio de era, de relevo sistémico, e introduciendo elementos dialécticos teñidos de providencialismo. Bastaba con comparar la explosión de alegría en la sede electoral de C’s, con 6 diputados menos, con las caras largas que en el Teatro Salvador Távora exhibían la decepción. El Partido Socialista consigue detener a Podemos, relativizar el discurso del fin del bipartidismo, y poner una sombra de duda sobre la virtualidad real del tsunami morado. Como afirma Ramón Cotarelo, los estrategas de Podemos han errado en la extrapolación de los datos de las Europeas de 2014 a un escenario bien distinto y han pasado las circunstancias individuales de la Comunidad, especialmente la fortaleza del Partido Socialista y su arraigo en esta tierra. Por lo tanto, la OPA hostil dirigida contra el viejo partido del auténtico Pablo Iglesias ha pinchado en hueso.

No ha sido así en el caso de Izquierda Unida. El partido-movimiento de Pablo Iglesias ha fagocitado el espacio político de la coalición de izquierdas, que ha quedado reducida a una presencia testimonial tras venir de una (inconclusa) legislatura en la que han ejercido, por vez primera, la gobernación de Andalucía. Yerran gravemente los dirigentes de IU cuando tratan de achacar el varapalo, precisamente, a esa presencia en la coalición de gobierno con los socialistas. Muy al contrario, el sentido de Comunidad (o de Estado) de Diego Valderas o la buena gestión en Turismo y en Fomento de Rafa Rodríguez y de Elena Cortés, respectivamente, son activos importantes que presentar a su electorado tradicional como avales de buena gestión. La razón está en el órdago irresponsable de Alberto Garzón (amenaza de referéndum de revocación del pacto) y el retorno de las tesis antisocialistas de un Julio Anguita redivivo que en su sueño del sorpasso ha actuado como troyano destructor a favor de Iglesias, quien ni siquiera ha contestado con cortesía a las ofertas de convergencia del veterano dirigente. IU queda en una situación difícil que le acerca más a las de UPyD y del Partido Andalucista, a los que me referiré al final.

 La derrota de mayor dimensión política en esta antesala de año electoral es, sin duda, la del Partido Popular. Los de Mariano Rajoy (el verdadero derrotado de la noche del domingo, aunque la bofetada la recibiese en el rostro de Juanma Moreno Bonilla) alcanzan un 26,76% de los votos y pierden hasta 503.039 votos con respecto a 2012, cuando el PP casi alcanzó la gloria de una alternancia histórica. El Partido Popular se vé superado en el global de las ciudades de más de 50.000 habitantes por los socialistas (más allá de la implantación del PSOE en las zonas rurales) y queda en una situación muy precaria de cara a las Municipales, en las que peligran todas las mayorías absolutas en las capitales, la joya de la corona de los populares andaluces. Como bien afirma Marcial Vázquez, Rajoy ha querido improvisar un candidato en una Comunidad que se resiste, e ironías de la política, nadie exigirá responsabilidades políticas al Presidente ni a su candidato. A uno, por motivos obvios, a otro porque la derecha quedaría huérfana de un figurante que hace de líder. Esta es la triste realidad del Partido Popular en Andalucía: pagan peaje no sólo por esta Operación Bonilla nefasta para sus intereses, sino por su gestión a nivel externo e interno. La ciudadanía castiga el tratamiento que el Gobierno central otorga a esta Comunidad (tema del que ya hemos hablado en otras ocasiones) y por supuesto por las políticas de recorte social que vienen castigando a amplios sectores de la sociedad desde 2011. La derecha española vuelve a suspender la asignatura andaluza, vuelve a los viejos tópicos que tanto rechazo generan aquí y, por supuesto, subestima la fortaleza del Partido Socialista y su candidata tras tres décadas ininterrumpidas de gobierno. Tengo la ligera impresión de que la falta de tensión de los agentes electorales del PP durante la jornada tenía el trasfondo de la certeza de todos. Un mal resultado que asumían de antemano con la esperanza de que se suavizara en el escrutinio. La tensión estará en mayo, donde el Partido Popular se juega el ser o no ser de su hasta ahora formidable poder local.

 Finalmente, estimo que el resultado andaluz sí que crea tendencia. El maestro Iñaki Gabilondo afirmaba hoy que este tipo de escenarios, a veces funcionan como una enfermedad contagiosa. Es bien cierto que este tipo de resultados no son extrapolables al cien por cien a lo que ha de venir, pero hay algunas líneas que creo que están empezando a trazarse en Andalucía:

 a) El Partido Popular enfila el camino de la crisis electoral, y lo hace en pésimas condiciones. El precedente de sus políticas provocará la presentación de más facturas a cobrar. El precedente de su vanidad y de su ausencia de talante negociador, mayoría absoluta en mano, le deja pocos aliados potenciales en el tablero en una época en la que el consenso vuelve a ser el más posible de los escenarios.

 b) El Partido Socialista demuestra que, pese a su mal momento histórico, tiene un suelo mucho más sólido de lo que se pensaba. La centenaria organización despeja los fantasmas que la asimilaban con un PASOK en vías de extinción y respira de nuevo. El Partido oxigena sus músculos con un buen soplo de moral… aunque en su dirección empiecen a redoblar su vigilancia sobre el paso de Despeñaperros. Susana Díaz, pese a sus compromiso político con Andalucía, alarga su sombra.

 c) Podemos desinfla sus expectativas. Su dirección trata de desvincular lo ocurrido con el resto de sus aspiraciones estatales (muy clara Carolina Bescansa hoy al respecto), pero empieza a cundir la sospecha de que, si como hemos señalado el Partido Socialista tiene un suelo mucho más sólido de lo esperado, quizá el cielo que quiere asaltar Podemos queda demasiado alto. Tal vez la etapa de cabalgar a lomos de la indignación haya tocado fin, y en la de construir las propuestas la nueva formación haya alcanzado un techo razonable. La idea genial de no participar con sus siglas en las Municipales les va a restar una buena cuota de visibilidad como marca política que pueden lamentar en la definitiva etapa de fines de año.

 d) Se abre una etapa de mayor pluralidad política y que supone un fin relativo del bipartidismo. No obstante ello, ni de lejos es un giro sistémico: no es la primera vez que en la historia democrática de España encontramos más agentes en las diferentes coordenadas del arco político. Ironía: mientras algunos teorizan con el fin del régimen de 1978, sus señas de identidad (pluralismo y necesidad del consenso) vuelven a primera fila.

 Posdata 1: Que un proceso electoral en mi tierra natal sea el detonante del más que posible final del invento político de Rosa Díez es un detalle de justicia poética impagable. Las explicaciones y la asunción de responsabilidades de la lideresa hoy mismo definen a las claras la situación de su plataforma personal sin necesidad de abundar en detalles. Es el final de una aventura personalista que tuvo cierto éxito inicial. Pero ya se sabe que puedes engañar a unas pocas personas durante un tiempo, pero no a todas las personas durante todo el tiempo. Lo que queda por delante a esta formación, dentro y fuera de Andalucía, es un corto período de demolición plagado de episodios poco edificantes.

 Posdata 2: Las elecciones son también la despedida del Partido Andalucista. Quince años finales de recrudecimiento de su tradicional cainismo le llevan a una casi segura desaparición, estando ya borrados de facto del mapa político. A diferencia de los anteriores, en el PA están las raíces y el tronco, como afirma la que fue su secretaria general, Pilar González, de los sentimientos y las convicciones de muchos buenos hombres y buenas mujeres de esta tierra. Incluyendo a muchos/as progresistas que militamos en otras organizaciones. A diferencia de las astracanadas y los insultos contra los electores que culminaban la noche en el hotel electoral de UPyD, las lágrimas fueron las que despidieron la jornada en la sede andalucista. Eso creo que lo dice todo. Para ellos/as, los/as andalucistas, mi respeto. 

Posdata 3: Una vez más, se constata que el Partido Socialista se beneficia de un nivel de identificación tal con esta tierra, que convierte ese rasgo en una ventaja competitiva para ellos y un hándicap considerable para los adversarios. Los socialistas siguen siendo considerados la formación más comprometida con la defensa de los intereses de sus ciudadanos y ciudadanas. Es un elemento de identidad que todavía no ha sido asumido por los adversarios, que  lo interpretan con los tópicos habituales. Cuando lo reconsideren, tal vez la alternancia (que no es una obligación democrática) pueda producirse con normalidad.