Identidad bloguera e identidad personal

Ricardo Parellada 

La identidad, como el ser, se dice de muchas maneras. Y la identidad personal también. Aunque lo más íntimo que puede tener una persona parece ser su identidad, el hecho es que los rasgos identitarios más robustos son casi siempre rasgos compartidos por todo tipo de grupos pequeños y grandes. Aunque lo singular y lo íntimo parece ser lo más exclusivo y evidente para la conciencia que uno tiene (o cree tener) de sí mismo, es difícil decir en qué puede consistir un rasgo personal que no sea propio de varios individuos o incluso de grupos bien definidos, como familias, amigos o fieles de una misma confesión. En estas líneas quiero señalar las dificultades de distinguir lo personal y lo colectivo y apuntar la relevancia de los nuevos fenómenos virtuales (en especial los blogs) para la comprensión de la identidad personal.

Aunque estoy dispuesto a revisar la siguiente relación, un elenco más o menos completo de monumentos históricos identitarios tendrá que incluir a los siguientes: el encuentro entre neandertales y sapiens, el surgimiento de la moral, el totem freudiano de las hordas consanguíneas, el árbol de Guernika, las religiones del libro, la reforma protestante, la ilustración, el romanticismo y el blog de debate callejero. Habrá que dejar el tratamiento de los anteriores para otro día y empezar por el final. En todo caso, los precedentes señalados pueden servir para contextualizar el asunto y dar una idea de la línea en la que se inscribe esta reflexión sobre los fenómenos virtuales.

A mi juicio, uno de los acontecimientos más emocionantes en la vida del bloguero es poner un post para compartir el placer impaciente que le produce imaginar el comentario de tal o cual bloguero sobre uno de los asuntos que está sobre la pantalla. Especialista o no, el bloguero se ha metido en el tema, saborea su complejidad, repasa los aspectos ya señalados en el intercambio virtual y entonces se produce la magia. Se trata de un fenómeno corriente y moliente, pero si reparamos en él puede parecer casi milagroso. El bloguero conoce, a su manera, la forma de pensar, sentir, imaginar, escribir y reaccionar de muchos otros blogueros. El bloguero reconstruye con retazos de lenguaje virtual amplios trozos del espíritu y la identidad de sus contertulios, quiero decir, compantállicos o convirtuálicos. A partir de estas identidades fragmentarias, imaginadas por unos y otros, los blogueros se forjan expectativas sobre las intervenciones de los otros. Uno sospecha que sobre el asunto actual tal bloguero tendrá algo relevante que decir e intuye por dónde irá. Entonces se produce la intervención y uno piensa “claro, bien visto, entiendo lo que quiere decir y comprendo mejor el asunto, aunque yo no podía expresarlo así”.

El conocimiento que tenemos unos blogueros de otros es un conocimiento nuevo. Antes el conocimiento de las personas estaba mediado por el contacto con su cuerpo, que vemos, oímos y olemos cuando nos las van a presentar. Las máquinas de la policía podrán reconocernos por el color del iris, la forma de la mano y hasta la forma de andar, como contaba muy bien ayer Barañain. Mas ¿qué tiene eso que ver con nuestra intimidad? ¿Acaso pueden las máquinas asomarse a nuestra identidad bloguera? Antes se podían rastrear las marcas que dejaban sobre el papel las máquinas de escribir y ahora se pueden rastrear las IPs. Pero los blogueros rastrean y recrean la identidad de otros blogueros de forma más sutil. Y los de imaginación calenturienta vemos una novela detrás de cada post.

Hay tres fenómenos especialmente significativos para la complejidad de la identidad bloguera: las fintas identitarias, los nicks y las reencarnaciones. Las fintas son los rasgos personales que todo bloguero o bloguera va dejando tras de sí al escribir. El idioma sólo nos obliga a reflejar el género en algunos giros, pero, de una manera u otra, sugiere muchos rasgos personales de modo explícito o implícito. Imagino a los blogueros escribiendo en femenino cuando siempre lo han hecho en masculino y viceversa, y sintiendo el desconocido placer de jugar con su yo. Si yo hablo en masculino o me declaro inmigrante, jurista o socio del atleti, no soy creíble, pero si lo escribo sí lo soy. Cuando el lenguaje del bloguero es el de una adolescente, yo imagino un camionero, y cuando es el de un marido, imagino una mujer. La bloguera que habla de sus abuelos es evidentemente una jubilada, y el que tiene que dejarnos para bañar a su nieto es un adolescente. ¿Qué queda del yo cuando nos virtualizamos así? ¿Qué queda del yo en medio de estas fintas identitarias (al margen, claro está, de la apercepción transcendental)? Queda la identidad que reconstruimos unos de otros y nos permite esperar, anticipar y recrear a nuestro modo la chispa del que falta unas horas. Tras las fintas identitarias queda la verdadera identidad, la identidad bloguera.

El fenómeno de los nicks es también complejo. Hay tres tipos de nombres con los que la gente se da de alta en el blog: los nicks puramente imaginarios con los que uno recrea su infancia o sus mejores fantasías, los nicks que parecen nombres reales, pero no lo son, y los que corresponden a la partida de nacimiento. Los primeros viven de lleno el mundo y las oportunidades de la identidad bloguera y los terceros son propios, sin duda, de blogueros perdedores. Los segundos deben de tener recovecos identitarios realmente complejos y está muy lejos de mi intención el desprecio o el desdén hacia ellos. No pretendo hurgar en sus motivos y espero que nada de lo que sigue pueda ofenderles. El primer tipo de nicks parece, a primera vista, la contrafigura del narcisismo y merece, sin duda, una consideración más detenida. Un narciso con nick debe de ser un narciso diferente. Me imagino con deleite cómo verá esto Permafrost, quien sin duda es una recia aldeana gallega que estudió para ingeniera y se ha reciclado de poeta virtual.

En cuanto a las reencarnaciones, sirven muchas veces para destilar o mostrar lo más puro de la identidad bloguera. Un bloguero desaparece unos meses y reaparece después bajo otro nick. Aunque se tiña el pelo y se cambie la dentadura y el sexo, hay un no se qué singular en unas pocas frases que nos permite reconocerlo o confundirlo. Lo incorporamos a una veta virtual ya conocida y, con razón o sin ella, sirve para recomponer nuestra construcción incesante de las identidades que nos acompañan en los comentarios de todos los días. El bloguero asoma su yo aquí y allá y cuando vuelve a casa es y no es el mismo que conocían o imaginaban los que se quedaron y siguieron remodelando su yo sin viajar tanto.

Vivimos estos fenómenos de maneras diversas cuando da la casualidad de que conocemos el cuerpo o la inserción familiar y social de alguno de los miembros de la comunidad bloguera. Cada yo del blog tiene su propia imagen de otros yoes del blog. Curiosamente, seguimos contruyendo imágenes aunque conozcamos extravirtualmente a algún bloguero o bloguera. Accedemos directamente a un yo que sólo conocíamos mediado por un cuerpo. El conocimiento personal y el conocimiento virtual se complementan y realizan progresos con cierta independencia uno del otro. ¿Por qué se dirá “conocer personalmente”? En el mundo  previrtual priman los olores, pero en el mundo virtual aflora el yo desnudo, esto es, el núcleo personal.El fenómeno de las identidades blogueras es un hito en la historia de la construcción de las identidades. ¿Qué soy yo sin género, cara, patria ni creencias? Un yo con el idioma que hablo o habla en mí. Dicen que lo que realmente me conecta con el mundo previrtual es la lengua que mamé de pequeña.  Ya sé que eso es mentira. Los filósofos mienten porque no soy lenguaje sino carne. Al menos en el blog me imagino sin carne y dejo hablar a mi ángel y me muestro como soy. Yo no soy yo, sino Cyrano de Bergerac. En la vida me han dado un yo postizo, pero en el blog puede aflorar lo que realmente soy. Amo el blog, porque quiero que me quieran por lo que realmente soy, no por lo que fui ni por lo que parece que soy. Soy Cyrano, sí señora, y en la vida la gente ve mi cuerpo y no mi yo. Y por eso me reencarno y cambio el nick, pero sigo siendo yo. Las viejas blogueras, ya se sabe, nunca mueren.