Ich bin ein berliner

Barañain 

Volví a Berlín hace unos días. Me hubiera gustado haber compartido con los berlineses la conmemoración del derribo del muro -que se celebra esta semana-, pero tuve que adelantar el viaje. Disfruté una vez más con esa  fantástica ciudad. Amable para el paseante. Cosmopolita. La monumentalidad clásica característica de las grandes capitales europeas queda aquí limitada  a un par de magníficas plazas en el centro histórico, en el entorno de la universidad Von Humboldt, a la isla de los museos y a la Puerta de Brandenburgo. A sus pies se extiende la avenida Unter Den Linden (“Bajo los tilos”, los que cortaron los nazis porque oscurecían sus desfiles)  lo poco que queda de la época prusiana tras dos guerras mundiales, un régimen comunista y veinte años de unificación. A falta de monumentalidad (de la clásica, digo, porque el Berlín  es hoy  todo un escaparte de la “alta costura” de la arquitectura actual), lo mejor de la ciudad es su espíritu activo, su vivísimo ambiente y, como dicen las guías turísticas, su continua metamorfosis: esa ilimitada capacidad de autoinventarse que la hace exponente permanente de la modernidad. 

Seguramente eso tendrá algo que ver con su condición de ciudad superviviente. En el pasado siglo, sus calles conocieron el levantamiento de los espartaquistas, el ascenso del nazismo, la devastación de los bombardeos, el asalto del ejército rojo, su división en cuatro sectores por las potencias ocupantes, el bloqueo terrestre, y, en fin, el muro de la vergüenza, esa herida de 156 kilómetros y casi dos metros de altura, con 700.000 toneladas de acero, torres de vigilancia y trampas mortales, que dividió Berlín en dos mitades y a lo largo de casi tres décadas se cobró la vida de muchos berlineses y la libertad de otros muchísimos más que fueron encarceladas tras su frustrado  intento de fuga. Berlín parece una ciudad propensa a las emociones fuertes, al vértigo de las encrucijadas históricas. 

El viajero no encontrará demasiados restos explícitos de la época hitleriana. Sí indirectos, como el enorme memorial a los judíos asesinados o  el sencillo cristal en el suelo de la Bebelplatz que cubre una biblioteca subterránea, con estantes vacíos, en recuerdo de la quema de libros que allí protagonizaron los nazis. Con el muro reducido a unos pocos vestigios conmemorativos y el “Check-point Charlie” convertido en referencia turística se hace difícil imaginar ese pasado tremendo.

 En el aeropuerto de Tempelhof, ya cerrado y fuera de los circuitos turísticos,  una sencilla  placa exterior y una escultura con los nombres de todos los aviadores que perecieron durante la gesta del puente aéreo de 1948 – que salvó a la ciudad del bloqueo al que fue sometida -, son los únicos vestigios de aquel momento clave de su historia.

 Ahora será otra efemérides la que se va a celebrar. En la noche del 9 de noviembre se cumplirán veinte años desde que miles de ciudadanos berlineses, derribaran el histórico muro, esa pared de hormigón levantada de la noche a la mañana, veintiocho años atrás, entre el 12 y el 13  de agosto de 1961, con la que se pretendió -y consiguió-, frenar la fuga de ciudadanos alemanes desde el Este al Oeste.

 Evocando esa noche emocionante, en la que  “pudimos ver en directo cómo el caballo de la historia  galopaba desbocado, sin jinetes”, Felipe González rendía un merecido homenaje (El País Semanal  18/10/09) a sus amigos Helmut Khol y Willy Brandt.  Porque ellos -y especialmente Khol, entonces canciller federal-, decidieron cabalgar ese caballo desbocado, más allá de las desconfianzas y resistencias de muchos de los socios europeos y de  los políticos de la propia República Federal. Y porque lo hicieron “con arrojo, asumiendo riegos en los que había mucha más determinación que cálculo”.

 Señalaba irónico González que “como el pasado es con frecuencia tan imprevisible como el futuro, hoy, veinte años después, nadie se apunta a la lista de los que estuvieron en contra de la unificación”. Pero, en realidad, fueron muchos. Por eso a Khol, tal y como él mismo ha repetido, le sobraban dedos de una mano para contar cuántos dirigentes le llamaron esa noche para ponerse a su lado. También fue la excesiva prudencia (por no decir la parálisis total) lo que caracterizó las reacciones occidentales ante la construcción del muro, en plena guerra fría.

 Si a Khol correspondió liderar la unificación de las dos Alemanias, Willy Brandt representó como nadie el espíritu de esos berlineses que nunca se doblegaron. Que igual que se habían opuesto al nazismo, no cedieron ante el bloqueo de 1948, ni ante el ultimátum de Kruschev en 1958, ni ante la construcción del muro en 1961.

 En abril de 1945 el ejército americano se había detenido en el río Elba, concediendo a los rusos el triunfo de entrar en la capital del Reich.  Años más tarde, Eisenhower, reconocería no haberse percatado, en su momento, de la trascendencia de aquella decisión. Tal vez se le escapó el simbolismo del lugar o puede que compartiera el desdén por esa ciudad desde la que Hitler había impuesto su ley, aunque los berlineses no fueran precisamente más, sino menos nazis que el promedio de sus compatriotas.

 En un país ocupado y repartido entre las potencias vencedoras de la guerra, Berlín había quedado dentro de la zona ocupada por los soviéticos pero en su interior había tropas de EEUU, Francia y Gran Bretaña.  El equilibrio siempre fue inestable y las tensiones constantes. Supuestamente en respuesta a la implantación del “marco” como moneda en la zona occidental -en plena recuperación económica gracias al plan Marshall-, Stalin ordenó el bloqueo de todos los accesos terrestres al Berlín occidental el 24 de junio de 1948.  

 Reflexionando sobre el peso que puede tener la personalidad de aquellos que ostentan la responsabilidad en los momentos cruciales de la historia, Willy Brandt, en sus memorias, evocaba la figura de quien ocupaba la alcaldía de la ciudad en aquel 1948: “El que Ernst Reuter dirigiera Berlín durante los años de la postguerra y arrastrara con él a los berlineses, fue un regalo del destino.”

 Había sido Reuter uno de los primeros en rebelarse contra aquella idea (que seguiría no obstante  instalada en buena parte de la política europea durante la segunda mitad del siglo XX) de que la Unión Soviética no hacía más que calmar su necesidad de seguridad y que bastaba con no provocarla. Pero él no se hacía ilusiones al respecto. Por eso presionó a las potencias occidentales para que, en contra de sus planes iniciales, incluyeran a Berlín en la reforma monetaria tras haber convencido de ello a sus propios correligionarios socialdemócratas.

 Por eso fue claro ante los berlineses el mismo día en que se conoció el bloqueo: “¡Pueblo de Berlín! En estas horas de difíciles decisiones, apelamos a vosotros: no os dejéis confundir por nada ni por nadie. Seguid vuestro camino tranquilo y recto. Sólo si estamos decididos a asumir cualquier riesgo podremos ganar una vida que merezca la pena, una vida digna y limpia, puede que pobre, pero una vida en libertad.”

 Pocos meses antes del bloqueo, en febrero de 1948, se había producido el “golpe de Praga”. Checoslovaquia -de las naciones centroeuropeas ocupadas por las tropas soviéticas, la que tenía mayor tradición democrática-, sucumbía a las presiones de la Unión Soviética y tras renunciar a su inclusión en el Plan Marshall  entregaba el poder a los comunistas. Los berlineses -o al menos sus líderes,  gente como el alcalde Reuter y Brandt-, eran conscientes de que tras Praga pudo venir Finlandia  y que si no cayó fue porque los finlandeses ya habían demostrado estar dispuestos  a luchar. “Tampoco Berlín caerá si en estos días de crisis cumple con su deber. En esta crisis no sólo os pedimos que tengáis confianza en nosotros. Os pedimos más bien que tengáis confianza en vosotros mismos. Sólo así podrá hallarse el camino de la libertad; y la libertad, lo sabemos, es el aliento de nuestra vida. Tenemos que conquistarla y la conquistaremos”.

 El panorama con el bloqueo no podía ser más preocupante: las vías de acceso desde las zonas occidentales, bloqueadas. Los cables eléctricos de la zona Este, cortados. Suspendidos también todos los suministros orientales a los sectores “rebeldes” occidentales. A la población indefensa (dos millones  y medio de personas) no debía llegarle ni pan, ni carbón, ni leche, ni energía eléctrica, hasta que forzara a capitular a sus representantes electos y provocara la retirada de las potencias occidentales.

 Para Reuter, mostrar la voluntad de no doblegarse era la única posibilidad de conseguir movilizar la ayuda del Oeste.  La clave era resistir aún si no había perspectiva alguna de éxito inmediato: “Aunque aguantemos sólo catorce días, sólo cuatro semanas, el hecho de que ofrezcamos resistencia influirá sobre la evolución histórica”. Él tenía muy presente el ejemplo de Churchill que  proclamó aquel “If necessary, alone” en 1940, cuando todo parecía perdido para Gran Bretaña. También entonces -como  comprobarían de nuevo, en épocas posteriores, Willy Brandt primero y Helmut Khol después-,  hubo muchos que creyeron imprudente ese énfasis en la resistencia. Que consideraban contraproducente desafiar así a los soviéticos.

 Cuando a Reuter los americanos le informaron de que podía intentarse un abastecimiento a la ciudad por el aire, el alcalde de Berlín, incrédulo, les contestó: “Seguiremos nuestro camino. Hagan lo que puedan. Nosotros haremos aquello a lo que nos sintamos obligados”.  Si los americanos habían albergado alguna duda sobre el esfuerzo a realizar esa quedó así disipada: “De pronto había alguien que no extendía la mano, sino que nos hacía saber que estaba decidido a actuar por sí mismo”.

 El bloqueo se mantuvo hasta el 12 de mayo de 1949; los soviéticos fracasaron en su intento de rendir  al Berlín occidental ante la tenacidad de los berlineses y el éxito del impresionante puente aéreo montado por la aviación americana y la británica que se prolongó durante aquellos 322 días, llegando  a los 1400 vuelos diarios; su punto culminante se alcanzó cuando se consiguió que un bombardero con suministros aterrizara en el aeropuerto de Tempelhof cada  cuarenta y ocho segundos.

 Tras el fin del bloqueo, en mayo se constituiría formalmente la República Federal y poco después, al otro lado, la República Democrática. La ciudad de Berlín, sin embargo, no fue parte ni de uno ni de otro estado y continuó estando bajo ocupación aliada hasta 1990.

 “Hay mucha gente en el mundo que realmente no comprende o dice que no lo comprende cuál es la gran diferencia entre el mundo libre y el mundo comunista. Dejad que vengan a Berlín.

 Hay algunos que dicen que el comunismo es el movimiento del futuro. Dejad que vengan a Berlín.

 Y hay algunos pocos que dicen que es verdad que el comunismo es un sistema diabólico pero que permite un progreso económico. Lasst sie nach Berlin kommen Dejad que vengan a Berlín. (…)

 “Todos los hombres libres, dondequiera que ellos vivan, son ciudadanos de Berlín. Y por lo tanto, como hombre libre, yo con orgullo digo estas palabras Ich bin ein Berliner (yo soy un ciudadano de Berlín)”.    

  J.F. Kennedy en Berlín, 11-06-1963