Hillary ¡qué mujer!

Humberto Chao, desde Washington DC. 

A unos les cae simpática, otros la detestan; muchas mujeres ven en ella el símbolo del triunfo feminista, pero otras muchas la rechazan con una violencia sin rival en el mundo “machista”. Impresiona su detallado conocimiento de los principales problemas del país, pero su alocución es a veces tediosa por su prolijidad y su reiteración da la impresión de “paquetes” de opinión cuidadosamente diseñados para atraer al electorado. Entusiasma la seriedad con la que expone ese supuesto programa político, pero ¿representa un programa político auténtico? Muchos observadores señalan que se presenta más como un super-empresario de la Administración que como un auténtico líder. Ya es un tópico en la prensa que Hillary es todo intelecto mientras que Obama es todo inspiración. La verdad es que inspira confianza entre los expertos mientras que Obama entusiasma a los esperanzados. También es verdad que Obama no ha explicado cómo va a llevar a la práctica ese “cambio” que tantas esperanzas despierta. Y sin embargo se gana más las simpatías del electorado en general. 

Pero ¡qué mujer! ¿Cómo logra continuar impertérrita una campaña matadora, día tras días, mes tras mes, sin desfallecer, manteniendo un talante constante, un optimismo no fingido pero templado, una voz que nunca enronquece? Desde un punto de vista teatral es una actuación maestra. Pocos hombres podrían hacer lo mismo. Muy pocas mujeres podrían seguirla.

Y sin embargo hay extrañas fallas en esta imagen triunfalista. Tras esa compostura se esconde un factor que puede ser interpretado como una voluntad de hierro pero que en realidad es un empeño narcisista. Naturalmente que comentarios como éste son inmediatamente recusados como reacciones anti-feministas. Sin embargo, los que la conocen realmente, amistades antiguas, colaboradores políticos íntimos, revelan con desgana particularidades singulares de su psicología. Sin adentrar en el fondo psico-analítico de su infancia y adolescencia, con un padre severísimo y una educación éticamente estricta, Hillary manifestó desde la Universidad un sentido de violenta afirmación propia. Tenía que ser la primera, y cuando no lo conseguía se entregaba a rabiosos ataques. 

Durante su “experiencia de 35 años”, como ella reitera, fue legendaria su intolerancia de cualquier oposición. No buscaba “fieles colaboradores” sino obedientes servidores. Fue la primera esposa que  instaló su oficina en el ala occidental de la Casa Blanca, donde el presidente tiene su famoso “despacho oval” y las oficinas de sus íntimos colaboradores. Desde esa oficina, si no pudo contener las picardías sexuales de su marido, al menos controlaba su agenda y durante el primer mandato del presidente Clinton ejerció una influencia decisiva. El fracaso de su proyecto de reforma del seguro médico y la seguridad social la relegó a segundo plano. Pero ¡qué impresionante rabieta cogió cuando los políticos en el congreso dieron al traste con el elaborado plan que durante más de un año había estado preparando para regalar a la nación! Es casi la única vez en que su personalidad salió a relucir públicamente, como los fotógrafos de la prensa se apresuraron a retratar. La pareja presidencial tuvo que refugiarse en Camp David. 

Varios otros incidentes revelaron durante esos primeros años la violencia con que reacciona contra todo el que se atreve a contrariarla, o para imponer a quienes la apoyan. Cuando se excita pierde el control de su voz y deja escapar un tono metálico y un acento rayano en la vulgaridad. Sería una exageración atribuir a estos detalles fonéticos cualquier conclusión caracterológica, pero el instinto del que la oye no puede por menos que sospecharlo.