¿Héroes o traidores?

Barañaín

¿Héroes o traidores? La peripecia del tal Snowden,  exagente de la NSA, como ayer la del soldado Manning (la “garganta profunda” de Wikileaks) pone en primer plano este dilema. De un modo u otro, racional o instintivamente, con mayor o menor conocimiento de causa, todos tenemos una consideración moral al respecto.  Un veredicto, aunque no nos lo hayan pedido. O bien respaldamos su actitud heroica y esperamos que puedan escapar del brazo justiciero que los persigue o, por el contrario, consideramos que su frivolidad no puede quedar impune, incluso si sólo vemos altruismo en sus motivaciones. O bien creemos que han prestado un gran servicio al sistema democrático al denunciar  actuaciones desde el Poder poco congruentes con sus principios o vemos en su conducta un atentado contra este mismo sistema, cuya seguridad ponen irresponsablemente en riesgo.

¿Héroes o traidores? El dilema no es nuevo. Estos días se ha recordado mucho la vida y milagros de aquellos espías, de uno y otro bando, al servicio de las potencias enfrentadas durante la guerra fría. Personajes con doble vida, una aparente como ciudadanos discretos y otra subterránea como agentes al servicio del “otro”, bien por convicciones ideológicas o por conveniencia. Personajes que no titubeaban al poner en peligro la seguridad (la vida, incluso) de compañeros suyos y que sabían bien cual era su destino en caso de ser descubierta su traición. Pero estaban convencidos de que al traicionar al régimen al que aparentemente servían prestaban un servicio superior a la humanidad que la historia, al fin, reconocería.

¿Héroes o traidores? Los mismos conceptos nos suenan ahora a algo antiguo. ¿Qué es el heroísmo en estos tiempos de hedonismo individualista? Ni la lealtad es un valor en boga, ni la traición  admite una lectura unívoca. Ah, pero está la propia conciencia; esa nos parece aún intocable. Nos gustaría afrontar el dilema planteado imaginando situaciones en las que esa conciencia está al servicio de convicciones que respaldamos.  Entonces, en la medida en que esa actuación –sea de objeción, de desobediencia civil o de sabotaje (es sólo cuestión de gradación)-,  coincide con nuestros intereses o puntos de vista sólo vemos heroísmo en esa actitud rebelde.  La trampa está servida. ¿Seríamos igual de tolerantes con el funcionario que antepusiera sus convicciones personales al cumplimiento de su deber si tales convicciones nos repugnaran y el incumplimiento fuera lesivo para nuestros intereses? ¿No exigimos castigo para el juez que dicta sentencias según su ideología, para el militar que se siente impelido a salvarnos, para el funcionario que filtra información confidencial? Pero en esos casos, casi siempre podrán invocar su convicción de que lo que hacen es lo mejor para todos, aunque sea al precio de salirse de su guión como servidores públicos.

¿Héroes o traidores? ¿Altruismo o beneficio? Si admitimos el papel de la propia conciencia en esas situaciones ¿por qué no habríamos de tolerarlas igualmente cuando su motivación no es altruista? ¿En base a qué es de superior nivel moral la actuación guiada por el prejuicio personal que la que busca una compensación económica o un reconocimiento social?

¿Héroes o traidores? La lectura política de estos episodios no siempre es sencilla. Se vende la actuación del exagente de la NSA como un servicio de regeneración democrática pero chirría su deambular huidizo por países que representan precisamente la negación de los principios democráticos en base a los cuales aplaudimos su traición. Escuchar al prófugo desconfiar de la justicia que le espera en los EEUU y de la independencia de poderes en su país desde Moscú nos desconcierta.

¿Héroes o traidores? El dilema admite muchas respuestas. Incluida la de quienes no aceptan los términos en los que está planteado. ¿Por qué han de ser héroes o traidores? ¿Por qué no pensar que no son  ni lo uno ni lo otro? Que se trata de simples y frágiles mortales, obligados a tomar decisiones extraordinarias en circunstancias extremas. Incluso hay quienes creen que la dicotomía no es real, que son lo uno y lo otro al mismo tiempo, porque la traición puede ser una forma de heroísmo. O quizá son lo uno y lo otro en tiempos distintos. He leído las declaraciones de un profesor de Chicago, que en algún momento ha figurado como asesor de Obama, que consideraba  reprobable la conducta de Snowden aunque admitía que quizá en un futuro se demostraría su utilidad social: un traidor hoy que quizá mañana deba ser condecorado.

¿Héroes o traidores? Es fácil sucumbir a la tentación de mostrarse solidario con el débil, con el que lleva las de perder, con el David que desafía a Goliat, al estado más poderoso del mundo. Ese relato forma parte también del teatro montado. Despreciamos lo que tenga que ver con el Estado aunque esperamos contar con sus recursos a las primeras de cambio y aplaudimos el exhibicionismo  ácrata aunque, en nuestro fuero interno, confiamos en que no sea capaz de poner en riesgo la solidez de ese aparato estatal. Criticamos la prepotencia de su sistema de seguridad y defensa pero esperamos que esté a punto y bien engrasado cuando sea realmente necesario. Elogiamos la valentía de quienes están dispuestos a arriesgar su libertad para exponer al aire las vergüenzas del sistema pero haríamos caer el peso de la ley sobre ellos si fuéramos nosotros -nuestros intereses-,  los afectados por su determinación libertaria.

¿Héroes o traidores? En nuestra tradición cristiana, el heroísmo estaba ligado al martirio, como la traición -¡Judas!-, lo estaba al dinero sucio. Nos enseñaron a admirar la vida de quienes por cumplir con su conciencia arriesgaban su vida. A cambio, ganaban el cielo. Ahora quienes dicen guiarse por su conciencia al desairar al Estado al que sirven quieren ganar el cielo –léase, el reconocimiento social-, pero no perder la tierra en el empeño, no sufrir el martirio (léase, exigencia legal de sus responsabilidades). Pero el héroe real era el que al desobedecer leyes que le parecían injustas, aunque fueran impecablemente democráticas, afrontaba con dignidad a salvo el castigo previsible. El desertor  no esperaba que, encima, se le condecorase por ello.

En realidad, esperamos de quienes sirven al Estado, que dejen en la puerta sus convicciones íntimas, de manera que su conducta pública  sea previsible y responda  a la voluntad mayoritaria de la ciudadanía, reflejada  en las instituciones representativas. Y que se arriesguen a cuestionar el sistema, como el resto de sus conciudadanos y no con la ventaja de conocer sus entresijos gracias  a la posición privilegiada  que les hemos confiado. Sí, esto suena a música celestial, más en estos tiempos en que los muy poderosos tratan de convencernos de la inutilidad de la política. Es un esquema casi inverosímil, cierto, pero es el único que tenemos. Y cuando hayamos asumido que ya no lo tenemos, que es cosa del pasado, será porque hemos sido definitivamente derrotados. Y en ese caso, esta disquisición sobre el heroísmo y la traición será pura melancolía. 

¿Héroes o traidores?   Traidores.

5 pensamientos en “¿Héroes o traidores?

  1. Excelente, excelente artículo de Barañaín. No deja ningún cabo suelto sobre nuestra posibilidad de enjuiciar la conducta de Snowden. En cuanto piensas, sí, por este motivo me parece que es un héroe, en el párrafo siguiente Barañaín te muestra lo débil que es tu argumentación. Podría ser Socrates practicando su método de preguntas sucesivas para que aprendas a conocerte a ti mismo.
    Yo me alegro de que Snowden haya desmontado esta supervigilancia. No sé si es un héroe o un traidor, pero me parece muy bien que si EEUU ha criticado tanto a China por su penetración en la informática de las principales instituciones estadounidenses, se ponga al descubierto que es lo que también hace EEUU. Si encima indaga todo lo que se dice o escribe en las comunicaciones internas de paises amigos, me parece mucho más deplorable y me alegro de que salga a la luz. Pero, por supuesto, nuestra ideología o ideario influye en nuestros juicios sobre si alguien es un héroe o un traidor. En tiempos de guerra, además, debe ser asi. En tiempos de paz, uno debe intentar ser más objetivo y plantearse todas las preguntas de Barañaín antes de emitir juicio. Pero corre el riesgo de convertirse en Hamlet.

  2. Quien roba a un ladron tiene 100 años de perdon…

    Este refran es cristiano??

    Luego sigo!

  3. El de Egipto debe ser el primer golpe de estado cuyos pasos se van anunciando con la suficiente antelación. Está pasando, lo estás viendo.

  4. Es una cuestión de apreciacion, aunque no solo. Es una cuestión también a dirimir más en lo cuantico que en lo puramente dicotómico.
    Desde la opinión, no tengo problemas en ceder, en el debate, el asunto de la traición.
    Si, violentaron los códigos a los que deberian servir.
    No es menos cierto que los estados democráticos (el estado democratico) al que servían, estaba violentando otros cuantos códigos a los que dice deberse. Asi es el asunto, relativo.
    En el nombre de principios distintos a los establecidos, ambas partes han roto lo que se suponia que debían respetar.
    Visto que en ningun caso se expuso de manera dramática la vida de nadie, sino que mas bien se trata de consideraciones de segunda derivada, parece que el asunto es más de con que derecho o en nombre de que, puede ocultarse lo “feo” que , en teoria deben hacer los estados democráticos al protegerse o protegernos.

    ¿Es tan feo que no podriamos conocer al verdad sin que ello nos supusiera un trauma colectivo?
    ¿O se oculto porque lo feo hace quedar mal a alguno que otro?

    ¿Traidores? Puede. Benditos traidores, no obstante, que nos ponen enfrente de dilemas cuya solución nos define.

  5. Lo de Egipto – y aún está por ver cómo acaba -, representa también otro patinazo de Obama que apostó descaradamente por los Hermanos Musulmanes, dando por hecho que su hegemonía era sólida y que podían moderarse con el ejercicio del poder y su ayuda financiera. Pierre-no-doy-una.

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