Héroes del poder

Aitor Riveiro

La utilización del héroe por parte del Poder no es algo que hayamos inventado en nuestra contemporánea sociedad. Quizá el caso más claro de cómo el Poder se vale de los iconos para perpetuarse está en las iglesias de medio mundo, colgado en el altar, con los brazos en cruz y una corona de espinas.

En los últimos días, tres obras me han llevado a pensar sobre la figura del héroe utilizado: ‘La derrota de ETA. De la primera a la última víctima’, imprescindible libro de José María Calleja e Ignacio Sánchez-Cuenca, ‘Trece entre mil’, brillante documental de Iñaki Arteta, y ‘Banderas de nuestros padres’, la penúltima maravilla (aunque menos) de ese pornógrafo de los sentimientos que es Clint Eastwood.

El libro de nuestros ‘coblogeros’ y el documental de Arteta beben de la misma fuente: el desprecio de parte de la sociedad española, en general, y vasca, en particular, hacia las víctimas de ETA. Ambas obras cuentan a su manera las historias de aquellos que fueron ninguneados, perseguidos, vilipendiados y, finalmente, asesinados por la banda terrorista. Ellos nunca quisieron ser héroes y, seguramente, no lo fueron. Simplemente cumplían con lo que creían que era su obligación. Hasta la última década del siglo XX al Poder no le interesaban las víctimas, pues ningún rédito podía sacar de ellas: ni al poder político, ni al económico, ni al periodístico. Así que permanecieron en el olvido, a algunas se les negó su condición de víctimas y sólo el trabajo de un periodista, un sociólogo y un cineasta ha sacado a la luz sus historias.

En Iwo Jima se produjo uno de esos momentos que sólo la casualidad puede imprimirles el carácter de ‘Histórico’. Tras cinco días de encarnizada batalla, los marines consiguen controlar la colina dominante de la minúscula isla japonesa. Como es menester, se iza la bandera de las barras y las estrellas, sin más testigos que los miles de soldados que acampan en la playa o permanece en los barcos. La fuerza del sino hace el resto: el politicastro de turno quiera poseer el trofeo; los militares se cabrean; descuelgan la bandera para sustituirla por otra y así evitar que sea profanado tan preciado objeto; un fotógrafo toma una instantánea de esa segunda izada sin haber estado presente en la original. Y ya tenemos la imagen. La imagen que sirvió a Roosevelt primero y a Truman después para embaucar a 150 millones de americanos en la necesidad de colaborar (¿más?) en la guerra contra el Imperio del Sol Naciente.

Los tres supervivientes del, ya histórico, acontecimiento inician una gira por Estados Unidos para convencer a sus conciudadanos de la necesidad de comprar bonos que sufraguen la guerra. Uno está entusiasmado con su rol, pese a que su papel en la decisiva batalla fuera totalmente contingente. Otro odia lo que hace y reniega de su condición de héroe: sabe que no es más que una farsa. El último, suficiente tiene con no sucumbir a los fantasmas que lo acechan.

España tiene su propio Iwo Jima. Su nombre, Miguel �ngel Blanco; la imagen, miles de manos blancas alzadas al aire. Como en la década de los 40 en Estados Unidos, nosotros también utilizamos y paseamos la imagen del héroe por todo el país. Para el recuerdo, aquella pantomima de la plaza de toros de Las Ventas, donde el público pedía sangre, como si del Circo Máximo se tratara, mientras abucheaban a quién osó utilizar el catalán para cantar a la libertad y a la paz. Da igual que antes que el concejal popular hubieran muerto en España cientos de personas víctimas de ETA y nadie acudiera a sus funerales.

Así, por aquí también tenemos víctimas que cumplen su papel de ‘héroes del Poder’ con gran eficiencia y en régimen stajanovista. No deja de sorprenderme Irene Villa, que recientemente declaraba su intención de autoexiliarse de España por aquello de la persecución política de las víctimas. A Miguel �ngel Blanco le siguen sacando a batallar como si del mismísimo Cid se tratara.

Calleja, Sánchez-Cuenca y Arteta han buscado a las víctimas olvidadas. Nos han contado su historia y han dignificado su persona. Nos han enseñado que hay víctimas que nunca lo quisieron ser, que odian su condición de ‘héroes a su pesar’ y que, cuando no interesaba, se ocultaba su existencia a la sociedad y a la posteridad. Como trasluce el personaje de Adam Beach (el indio que reniega del papel que le toca jugar) en la película del Eastwood, los verdaderos héroes no admiten serlo porque saben que son muchos más los que podrían haberlo sido, pero han caído en el olvido.