Heddy Honigmann y sus mundos

Frans van den Broek

 

La directora peruano-holandesa Heddy Honigmann acaba de estrenar en Holanda su última película, ‘El Olvido’, la cual tuve oportunidad de ver hace unos días. No son muchas las ocasiones en que salgo del cine verdaderamente conmovido o en que he debido enjugar alguna lágrima durante la contemplación de una película, pero las obras de esta directora han sido el origen de más de una de aquellas ocasiones. En este caso último, el tema se prestaba a despertar mi sentí mentalidad, ya que la película transcurre en Lima, donde viví desde mis dos o tres años hasta que me fui a Europa dos décadas después, y es ciudad con la que es fácil tener una de esas relaciones de amor y odio que pueblan la literatura y el alma de muchos sudamericanos. La película, además, es un documental, como la mayoría de las películas de esta directora, y las personas que aparecen en ella son casi todas gente marginal, olvidada –de dónde procede el título, en parte-, que logra sobrevivir gracias a aquellas facultades humanas que distinguen al ser noble del ser bárbaro: la esperanza y la imaginación.

 

Aunque es considerada en su rama una de las mejores artistas en activo, hecho que se ha patentizado en numerosos premios y retrospectivas –entre ellas, una en Madrid y otra en el MOMA de New York- los documentales de Honigmann, por su propia naturaleza, no están destinados a grandes masas de espectadores y pocas veces llegan a los circuitos comerciales de distribución, y, cuando lo hacen, no suelen permanecer demasiado tiempo en cartelera. Esto es una pena, no tanto por el hecho, importante sin duda, pero secundario a fin de cuentas, de no tener éxito de taquilla, sino porque significa que muchos espectadores se pierden sin saberlo la oportunidad de ver documentales cuya estética y temática los sitúan fuera de lo común. Por ello mismo, ignoro en este momento si su última película será proyectada en España o se ha proyectado ya –sé que se pasó en el Festival de San Sebastián-, pero para remediar en mínima parte esta carencia de alcance, connatural a su obra, le dedico estas líneas de blog a mi compatriota –de dos nacionalidades, nada menos-, con el agradecimiento que le debo, además, por la magia de sus obras.

 

Heddy Honigmann nació en Perú en 1951, de padres exiliados, a saber, judíos de Austria a quienes la extrema locura que se apoderó de la civilizada Europa había obligado a emigrar. A su vez, Honigmann volvió a la vieja Europa en 1973, una vez asentado el polvo de la carnicería que la había abatido, y terminó estableciéndose en Amsterdam desde 1978. Esto la convierte, si se quiere, en una doble exiliada generacional, así como en una habitante inquieta de dos mundos, circunstancias que no son ajenas a su obra, como se verá. Si bien ha hecho varias películas de ficción, la crítica coincide en que es en el documental donde reside su genio. Es difícil, sino imposible, describir con palabras lo que sólo puede expresarse con imágenes, con música, con los delicados arte del montaje y la entrevista, pero un breve repaso de algunos de sus documentales dará una idea de la peculiaridad de su obra. Sus documentales son, sobre todo, conversaciones, antes que entrevistas, como ella misma dice, con gente de distintas procedencias, pero sobre todo con seres a los que la vida ha hecho marginales de algún modo, bien sea social o espiritualmente. Suelen concentrarse en algún tipo de tema o de personas, lo que contribuye a su intensidad poética y a su refinado estilo de montaje. No son, pues, documentales sobre temas más o menos abstractos, como la pobreza en Perú, digamos, o la política de los gobiernos, o el desastre ecológico de las mineras, por nombrar algunos. Son retratos íntimos y algunas veces ténuos de personas a las que Honigmann se ha aproximado con curiosidad y no poca ternura, para que respondan en su propio ritmo hablando sobre sus amores, sus fracasos, sus sueños, ritmo que la cámara y las suaves preguntas de su directora antes que interrumpir, promueven, y que el montaje y la música enhebran con la fidelidad del artilugio poético.

 

‘Metal y melancolía’, por ejemplo, es un viaje por el mundo del taxista en Lima. La cámara no sale casi nunca del automóvil y se circunscribe a escuchar al piloto contando sus historias personales, o callando mientras conduce. Todo viajero por Sudamérica sabe que los taxistas por nuestras tierras son el grupo más heterogéneo que uno pueda imaginarse, contando entre los suyos, por pura necesidad de poner pan sobre la mesa, desde ingenieros hasta profesores de colegio o ineducados inmigrantes de la sierra, sin dejar de pasar por casi ninguna capa de la sociedad, salvo las más solventes o las más miserables. A Honigmann, sin embargo, no es la heterogeneidad la que le interesa, ni siquiera el hecho socio-económico que pudo haber llevado a estas personas a escoger esta hasta cierto punto peligrosa forma de ganarse la vida –las calles de Lima, le aseguro al lector, no son precisamente de las más seguras del planeta-, sino las historias personales de las mismas, tangenciales a lo que en manos de otros documentalistas más ortodoxos hubiera formado quizá el meollo de la película. Este es un signo distintivo de los documentales de Honigmann, el explorar los mundos interiores de sus entrevistados y sólo a través de ellos o de la situación personal que representan referirse a las complejas dinámicas sociales e históricas de las que forman inevitablemente parte. Si bien es imposible substraerse a todo compromiso político o ideológico al hacer una obra de arte, sí que es posible y no pocas veces deseable abstenerse de las estridencias intrusivas del panfleto. En la obra de Honigmann no se encontrará ninguna estridencia, ninguna intrusión autorial de sesgo ideológico, como no fuera una evidente simpatía por las personas con las que conversa y, a través de ellas y de los vaivenes de sus voces y sus rostros, con una cierta visión del mundo que con ser menos tajante y explícita, se hace más universal, más simplemente humana. Allí está el taxista que habla con cariño fraternal de su harapiento coche, con el que conversa y en el que confía, a pesar de sus achaques, tras décadas de haberle sido fiel compañero de trabajo. Allí está la mujer de mediana edad que cuenta de sus amores perdidos, que llora recordando y que ríe al escuchar la música de sus recuerdos, desafiante en un mundo hecho, obviamente, para mejor gozo de los varones. Allí está también el taxista de humilde origen andino que cuenta de su aventura amorosa en Perú con una italiana, de quien se enamora y la cual responde a sus pasiones, pero a la que tiene que abandonar tras comprender, en un momento de lucidez o de cobardía, nunca lo sabremos, que las diferencias sociales y culturales son demasiado grandes, y que una relación como la suya estaría condenada al fracaso. Tiene que verla partir a su tierra para siempre, por tanto, y escucha aún entonces, muchos años después, la música que le evoca ese pasaje fulgiente de su pasado, mientras se fuma un cigarrillo en su taxi y escucha en silencio. Muchos personajes más pasan por este hermoso film, en el que el taxi adquiere el carácter de frágil microcosmos que separa a sus conductores de un destino incierto en la vastedad de una megalópolis sudamericana.

 

Otros documentales de Honigmann tienen un carácter más lúdico, más distendido, y ‘O amor natural’ es paradigmático en este sentido. La directora, como suele hacer siempre, pone en práctica un plan simple de filmación, que luego monta con agilidad para lograr un caleidoscopio armónico sobre su tema. En este caso, no hace otra cosa que recorrer Río de Janeiro premunida de un libro de poemas eróticos de Carlos Edmundo de Andrade, otrora famoso habitante de aquella ciudad, y hacer leer a distintos tipos de personas uno de los poemas contenidos en el libro y preguntar su reacción. Como adivinará el lector, no son intelectuales o académicos los principales entrevistados, sino gente del común, que está tomando el sol en una banca, o bebiendo una cerveza en un bar, o cortándose el pelo o sentada en su patio de las afueras con su familia. En correspondencia con el tema, las reacciones suelen ser más divertidas, pero no falta quien se pone serio y elucida sobre la belleza del poema, o la importancia del erotismo en la vida, o quien rememora al poeta paseando por las calles de aquella bella ciudad. Los poemas son verdaderas odas a la sensualidad, a las partes más erotogénicas del cuerpo femenino, como el culo, las caderas o los pechos, y los preguntados suelen haber oído hablar del autor, aunque no todos. Se me ha quedado en la memoria la escena de una mujer, ya algo mayor, de clase media baja, me parece, quien lee el poema en su casa, mientras que su hija, también ya madura, se entretiene con la preparación de la comida. Esta señora, en lugar de escandalizarse, como sería el caso en muchos otros lugares, se entrega a una excitada apología del amor sexual, recordando sus tiempos de muchacha ardiente, y recomendando a los jóvenes que hicieran el amor mientras pudieran y cuando pudieran, que luego sería demasiado tarde, como lo era ya para ella. En la cama, en el sillón, en el suelo, sobre la mesa, en el patio, en el servicio, ella lo había hecho en todas partes y con total entrega y pasión con su amado esposo ya fallecido, y entre lágrimas y risas exhorta a los demás a hacer lo mismo y a gozar del bien de la sensualidad mientras el cuerpo aguante y el amor inspire. A su hija, mientras tanto, no le queda sino sonreir ante los calcinantes recuerdos de su madre.

 

La música siempre ha sido uno de los principales elementos de sus películas, y esto se muestra tanto en la banda sonora cuanto en el mismo tema de las mismas. ‘La orquesta subterránea’, otro de sus documentales, está filmado esta vez en París, en el que busca a las orquestas de inmigrantes que se ganan la vida tocando en la calle o en el metro, personas muchas veces de educación musical exquisita, obtenida a menudo en Europa del este, a los que el pasaje desde los remanentes del imperio soviético y sus satélites al mundo de la prosperidad occidental no se ha realizado sin sacrificios personales. Otra película suya, ‘Dame la mano’ la lleva a Nueva York, donde visita la comunidad cubana en el exilio, que mantiene viva su identidad y sus esperanzas, con la ayuda de la música, a la que concede valor casi religioso. En otra película, sin embargo, la música tiene un valor más sutil y soterrado, y sirve como anclaje emocional a mundos internos distorsionados por la experiencia de la miseria humana en varios puntos del planeta. ‘Crazy’ tiene como entrevistados a militares holandeses enviados a misiones de paz bajo la égida de las Naciones Unidas. Honigmann conversa con el soldado y con el coronel por igual, y en determinado momento de la conversación les hace escuchar una pieza musical de su elección, alguna que tenga un especial significado para ellos o que evoque de alguna manera su experiencia militar en dichas misiones. En estos momentos la conversación se detiene y la cámara muestra tan sólo el efecto de la música en el rostro de las personas que la oyen. La música escogida es diversa, como variados son los destinos que han debido tener estos soldados. Alguno ha estado en Africa, otro en Camboya o en Srebrenica, y Honigmann les deja hablar, sin juicios sobre sus relatos, aun cuando estos rocen el cinismo, la locura o la autocompasión. Sus experiencias les han puesto en contacto con la muerte, la crueldad o el absurdo, pero estos son mostrados a través de sus efectos y sólo en parte a través de los relatos directos de los hechos. Entendemos el absurdo de la guerra, por ejemplo, no porque se nos cuente de violaciones o masacres, sino porque un soldado ha intentado quemar su casa y por la música que escoge.

 

En su película ‘Forever’ esta capacidad de evocación y rememoración indirecta se canaliza a través de personajes que a menudo no tienen nada que ver personalmente con los entrevistados, pero a los que se atribuye un valor simbólico. Con ella vuelve a París, pero no a sus metros y ebullientes calles, sino al cementerio de Père Lachaise, donde yacen enterrados varios artistas famosos, como Balzac, Chopin o Jim Morrison. La directora se dedica entonces a entrevistar a visitantes habituales de este cementerio, quienes vienen a ver las tumbas de los famosos, y también a quienes vienen a visitar familiares o simplemente a caminar por la tranquilidad y belleza de sus avenidas. Una señora de origen español ha venido a visitar a su padre republicano muerto, por ejemplo, y otro, de origen iraní, se pone a cantar una bella melodía de su país. Una señora atiende amorosamente la tumba de un famoso, y un hombre rememora su pasado ayudado por la paz del lugar. La música, de nuevo, está soberbiamente escogida y el conjunto deja al espectador reflexionando sobre el eterno tema de la transitoriedad de todo esfuerzo humano, pero también sobre la permanencia del arte en el espíritu de los hombres y la persistencia de la memoria y de la historia.

 

En su última obra, como ya señalé, retorna a la Lima donde creció, pero la ciudad misma es sólo el trasfondo en el que transcurren los difíciles destinos de sus entrevistados, la mayoría gente de las capas inferiores de la sociedad. La autora misma ha declarado que la ciudad filmada puede sin forzamientos representar cualquier ciudad sudamericana, y de hecho la cámara no muestra más que pocos signos distintivos de la capital de Perú. La plaza San Martín, por decir algo, le sirve sólo de escenario donde han de ir a trabajar los lustradores de zapatos con los que conversa. Uno de ellos llega a trabajar a las siete de la mañana, le oímos decir, y después de su jornada laboral tiene que atender colegio hasta las doce de la noche. De otro escuchamos que no tiene ningún recuerdo bonito, pero tampoco ningún recuerdo malo, mientras la cámara se mantiene en un rostro donde apreciamos una contienda de cuyas batallas, victorias y derrotas no tenemos ni idea. Honigmann entrevista también al barman de un hotel famoso, al que va la gente adinerada. Cuenta este señor de los presidentes que ha atendido, todos amables con él, pero irresponsables con su país, a los que reprocha los males que desde antaño han caracterizado al caudillo latinoamericano. Con uno de ellos tuvo la oportunidad de vengarse a su manera, de dar, como lo expresa el barman, un pequeño golpe de estado. Al pedírsele una bebida refrescante, el barman se la dio, pero alcoholizada en secreto, con lo que el presidente en cuestión, poco acostumbrado a bebidas fuertes y engañado por la dulzura del refresco, se emborrachó y se cayó más tarde durante algún acto oficial. También aparece un joven poblador de los barrios periféricos, estudiante de hostelería en el instituto donde el barman mencionado también da clases, pero malabarista callejero para sostenerse y pagarse sus estudios, quien es mostrado también junto a sus amigos que aprenden a lanzar bolas o  pararse de manos para contribuir al acto. Quizá lo más conmovedor sean una niñas que también tienen que hacer malabarismos en un semáforo para mendigar unas monedas de los automovilistas, niñas que, sin embargo, siempre están riéndose y abrazándose, como si estuvieran jugando todo el tiempo, despreocupadas y felices en medio de los cláxones, los pitos y los tubos de escape. Su madre se sienta, destituida de las riquezas del mundo, en una verma cercana, sin saber qué hacer, llorando la muerte de otra hija a la que, por estar en esos malabares, atropelló un coche al que probablemente se le había estropeado la dirección o algo así de puro viejo. Todas estas escenas, en verdad, pueden tener lugar en cualquier ciudad latinoamericana, y, cambiando el idioma, en cualquier ciudad del mundo donde aún vivir es un desafío diario, y donde, a pesar de todo, sobreviven los sueños y la dignidad.

 

Repito que es una lástima que las películas de esta directora no tengan más difusión, pero recomiendo al internauta o al experto coleccionista que se las busque en alguna parte y las disfrute. Se hará un favor a sí mismo y podrá disfrutar de otro artista peruano exiliado –pienso en los muchos que han seguido este camino, como Vargas Llosa, o Bryce Echenique, pero también en más desconocidos, como el poeta Carlos Oquendo de Amat, que murió en la guerra civil española- cuya misma condición de habitante de varios mundos le ha permitido construir una obra que por su variedad y singularidad merece considerarse entre las mejores del mundo cinematográfico actual.