Hastío y desorientación

Lobisón

En la opinión pública española —y entre los participantes en DC— se advierte un clima de hastío y desorientación. Esto se traduce en discusiones un tanto reiterativas sobre los acontecimientos políticos inmediatos y en búsquedas de soluciones milagrosas para los fallos de la política. Periódicamente reaparece el eterno Guadiana: más elecciones primarias, listas abiertas, mayor proporcionalidad, libertad de voto. De nada sirve recordar que en casi todos los países existe una insatisfacción similar sobre la representación política, y que las soluciones propuestas aumentan la impredecibilidad de los mecanismos parlamentarios pero no mejoran sus resultados. O queremos más espectáculo o queremos mejor política, y no hay ninguna razón para creer que podamos tener las dos cosas a la vez.

Por definición, mejor política sería aquella en la que los ciudadanos sintieran que podían elegir las opciones que más les convienen o que consideran mejores para el país. ¿Cuál es la razón de que en muchos países los ciudadanos sientan que no pueden realizar esa elección? Supongamos que la clave no son las reglas bajo las que funciona la representación política sino las limitaciones de la ‘oferta política’: muchas personas —no necesariamente la mayoría, pero sí muchas— no encuentran en el ‘mercado político’ propuestas que respondan a sus ideas o a sus intereses.

La respuesta a esa insuficiencia sería la búsqueda de nichos políticos. Incrementar la oferta con partidos localistas, nacionalistas, ambientalistas. Pero esos partidos, aunque reciban el apoyo del electorado, no resuelven la insuficiencia de la oferta. Un ciudadano puede preferir votar a un partido ambientalista que a un partido clásico de izquierda o de derecha, pero en situaciones de crisis, cuando la agenda política viene impuesta por las circunstancias, ese partido, aunque satisfactorio en términos expresivos, puede no tener una propuesta política propia sobre esa agenda, o puede ser incapaz de ponerla en el centro del debate político, lo que de nuevo provocará la insatisfacción de sus votantes.

Dicho de otra manera: si tenemos una crisis de representación es lógico y quizá deseable que aumente la oferta partidaria, la variedad de partidos, pero si muchos ciudadanos no encuentran en esa variedad una respuesta a lo que ven como problemas fundamentales, la crisis permanecerá abierta e irresuelta.

La pregunta sería, entonces, por qué no se plantean las grandes opciones en una situación como la actual. La primera respuesta podría ser que durante años se ha asentado un falso sentido común que deslegitima algunas de esas opciones. Ese es uno de los argumentos del testamento de Tony Judt: actualmente sólo cabe hablar de política en términos de economía y de costes y beneficios contables. Se discute, por ejemplo de lo que nos cuesta la sanidad pública y de los beneficios individuales que podemos esperar de ella, y no de los beneficios sociales de su existencia. O se discute de lo que nos puede costar en el futuro el déficit y no de la necesidad de niveles altos de gasto público para estimular la economía y salir de la crisis.

Y aquí entra la segunda respuesta posible. El problema es que, sin mecanismos globales —o europeos—  de coordinación económica, puede suceder que los gobiernos que apuesten por el déficit para salir de la crisis se vean penalizados por los mercados y deban volver a la ortodoxia fiscal. Con ello no sólo las grandes opciones quedan fuera de la voluntad de los electores, sino que los líderes que se hubieran comprometido con la recuperación se verán castigados por sus propios electores por haber abandonado sus prioridades anteriores. Y este giro se puede intentar explicar —o no—, pero no es fácil lograrlo sin agravar la melancolía de los ciudadanos.

En suma, el problema podría ser que existe un clima ‘ideológico’ que hace difícil discutir sobre las cuestiones que muchas personas consideran fundamentales, y que además las opciones heterodoxas se ven castigadas y deslegitimadas por los mercados en ausencia de un marco institucional (global) adecuado. Creo que en esa situación estamos desde que comenzó la crisis y eso explica el malestar actual. Pero es muy posible que paralelamente se estén dando pasos —exasperantemente lentos— para crear ese marco institucional, y que eso sea más visible según vayamos saliendo de la crisis actual.