Harto

LBNL

Hasta la coronilla estoy, como imagino muchos de ustedes, de todo lo relacionado con el “Procés”, que no podía tener mejor nombre porque no parece tener ni sustancia ni estación de destino. Estoy harto de tener que dedicarle tanto tiempo a tantos irresponsables que infravaloran la paz social y la estabilidad y actúan con la mira puesta exclusivamente en sus intereses. O mejor dicho, en sus intereses a corto plazo, como si el grave perjuicio colectivo no les fuera a afectar también. A mi juicio, es evidente que la responsabilidad fundamental del desastre colectivo en el que nos encontramos corresponde a quienes se echaron al monte despreciando la legalidad democrática. Sin embargo, considero también cómplices de esta tragedia colectiva a todos los que coadyuvaron a “podar” el Estatut catalán, a todos aquellos que se han negado a abordar una reforma constitucional como si fuera un anatema y a quienes pretenden aprovechar la insurreción inconstitucional de la Generalitat para vengarse de las deslealtades nacionalistas de los últimos lustros. Y me frustra enormemente también encontrar tan poca gente que coincida en la doble necesidad de afrontar la insurrección con tanta firmeza como flexibilidad y mano izquierda son necesarias para resolver el problema político subyacente que supone que una parte importante de la ciudadanía de Cataluña no se sienta cómoda con su encaje actual en el entramado estatal.

No se ustedes, pero en las últimas semanas yo he sido bombardeado con tanta información e intensidad que me siento un experto a la fuerza en el artículo 155 de la Constitución, en los elementos necesarios para tipificar una acción como delito de rebelión frente a los de sedición y desobediencia, y hasta en la procedencia o no de la imposición de medidas cautelares como la prisión provisional, por no hablar de cuestiones más espesas que ya son para matrícula, como la pervivencia del fuero judicial para los representantes democráticos cesados por decreto. Yo no quería dedicar tanto tiempo o energía a estas cuestiones y ser capaz de formarme opinión propia no me sirve ni para ejercer influencia alguna en el devenir de los acontecimientos judiciales ni para convencer a ninguno de mis interlocutores, generalmente instalados en sus convicciones con tanta o más rigidez que yo.

Tengo además amigos y conocidos que se han molestado por mis opiniones, generalmente por no ser suficientemente contundentes tanto en un sentido como en el otro. Cuando el Parlament aprobó las leyes del referéndum y de desconexión, critiqué con ahinco la cacicada procedimental y la grave irresponsabilidad politica que suponía partir a la sociedad catalana, pero también me opuse a que el Gobierno aplicara el artículo 155 como tanta gente exigía. El 21 de septiembre critiqué las detenciones de altos cargos de la Generalitat en Barcelona por innecesarias – como demostró su puesta en libertad poco después – pero también defendí la necesidad de castigar a quienes cercaron a la Guardia Civil y asaltaron sus coches. El aciago 1-O lamenté el uso de la fuerza policial contra resistentes no violentos, pero también defendí la necesidad de impedir la celebración de un referéndum ilegal en centros oficiales de votación. El viernes negro de la Declaración de independencia me pasé la jornada arguyendo que si Puigdemont convocaba elecciones, el Gobierno debía paralizar la aplicación del artículo 155, lo que me hizo destinatario de improperios por parte de algunos forofos de la Constitución. Lo cual no fue óbice para que al dia siguiente otros tantos me echaran en cara mi falta de sentido democrático por apoyar la inevitable intervención gubernativa de la desleal autonomía catalana. Finalmente, muchos me han criticado por considerar que la prisión provisional para representantes democráticamente elegidos por su ejercicio del cargo es innecesaria y contraproducente políticamente en Cataluña y tremendamente dañina para España en Europa. Lo que no obsta para que los superdemócratas me consideren un tibio por pensar que los detenidos están en prisión por su actuación manifiesta y continuadamente ilegal y no sentir ninguna pena por ellos.

Me parece fantástico que todo el mundo tenga opinión y no gozar de la adhesión automática de todos mis interlocutores. Pero me deprime que con demasiada frecuencia mi criterio sea denostado como “buenista” o insuficientemente patriota por unos o como insuficientemente democrático o flexible por otros. O ser criticado tanto por no sentir la bandera española con la suficiente intensidad como por no tener problema alguno con portarla o exhibirla en momentos concretos.

Lo peor es que la cosa va para largo y ahora nos harán expertos en la tramitación de una orden de arresto europea (NB: Escribo estas líneas mientras un juez belga sopesa qué hacer con Puigdemont y sus cuatro acólitos). Y luego en la posible inhabilitación cautelar del derecho de sufragio pasivo (derecho a ser candidato) de los representantes democráticos catalanes cesados por su gestión ilegal. Así como de los pros y contras políticos de semejante inhabilitación cautelar, que sería gravísima pero quizás menos que la posterior destitución de los condenados judicialmente a inhabilitación tras haber vuelto a ser elegidos.

Lo bueno es que seguiremos recibiendo innumerables whatsapps derrochando ingenio, humor y buen estilo. Lo malo es que muy posiblemente el 22-D nos levantemos con un resultado electoral en Cataluña demasiado parecido al de 2015 y tengamos que volver a empezar porque los electos no extraigan las debidas conclusiones: ni Cataluña puede independizarse del resto de España ni es factible calmar la pulsión nacionalista catalana solo con el imperio de la ley.

No se lo deseo ni a mi peor enemigo. Esperemos que no sea así y que la crisis pueda reconducirse de forma análoga a cómo la resolvió el PNV en Euskadi: arrumbando a los más inconscientes y retomando sus demandas según lo acordado democráticamente. No deja de ser paradójico que el Gobierno empiece a dejar entrever que podría acceder a una reforma constitucional que permitiera recuperar el Estatut de Zapatero en su integridad.