Hablar lo justo

Barañain

Cuando Standard & Poor´s dio la última estocada, rebajando la calificación de la deuda de varios países, España entre ellos, la reacción fue en todos inmediata. Desde Merkel a Sarkozy, pasando por la propia Comisión Europea o el BCE, se criticó la actuación de la agencia y se tomó el dato como estímulo para escenificar nuevas decisiones o para solemnizar la importancia de las que ya se habían adoptado. ¿En todos? No, en esta pequeña aldea irreductible, ni el presidente del gobierno ni sus ministros de economía y de hacienda consideraron preciso cambiar el gesto. Ni una declaración formal, ni un aspaviento, ni, menos aún, algo que pudiera sonar a reunión de gabinete de crisis.

Después de haber criticado  durante meses que se actuara “al dictado de Europa” y al ritmo marcado por la exigencia de los mercados, toca ahora tirar de la chulería nacional, que ser español es, ya se sabe, una cosa muy seria: “No necesitamos que nadie nos diga lo que hay que hacer (…) el gobierno que presido lo sabe perfectamente”  ha proclamado Rajoy. (“Perfectamente”: ese énfasis al que nuestros políticos no saben resistirse y que les pierde).

Claro que esto de hacer como que uno no se inmuta, porque tiene las cosas muy claras y encarrilada ya la solución de los problemas, no deja de ser  una pose. Rajoy ha hecho esa enfática declaración de autosuficiencia en un acto preelectoral de su partido en Málaga, en el que su intervención estaba prevista para realzar la buena nueva del cambio político que ahora tocaría allí, pero cuyo contenido ha tenido que cambiar sobre la marcha para contestar -indirectamente-, a Standard & Poor´s.  O sea, que no necesita que le recuerden nada pero, por si acaso, se empeña en reiterar que hará todos los deberes que tiene pendientes y que en Europa dirá -¡pues bueno es él!-, cuatro cosas bien dichas. Y entre esos deberes, la reforma laboral, la financiera y apretar las clavijas del déficit a las comunidades autónomas (la mayoría gobernadas hace tiempo por su partido) aunque suene raro que hayan empezado esa última tarea regalándoles cinco años más de plazo para su cumplimiento.

El presidente mencionó, como con desgana, a esas agencias calificadoras que se han colado en nuestras sobremesas: “En los periódicos se habla de cosas de las que antes no se hablaba. La prima de riesgo, las agencias de rating, que te suben o te bajan,…”. Su ministro Montoro, ateniéndose al guión de la “herencia recibida” -ese del que Rajoy aseguró que no pensaba abusar-, dejó caer que la recalificación de S&P era ya esperada y que se había gestado con anterioridad. En eso el PP no ha cambiado su chip. Al igual que cuando estaba en la oposición: la culpa, de Zapatero. Con razón, Rubalcaba hacía notar el contraste con lo ocurrido por ahí fuera: “Se ha descalificado a nueve países. La Unión Europea ha salido a decirle a la agencia que estaba equivocada y que somos una zona sólida. Francia ha salido a defender a Francia y al euro. Y sale el Gobierno español y lo que hace es atacar a Zapatero”.

Por supuesto, fiel a su estilo, el presidente tampoco ha considerado necesario aprovechar la ocasión para explicar y  defender las decisiones ya adoptadas por su gobierno, especialmente esa subida de impuestos que era anatema hasta anteayer. Y la verdad es que,  tratándose de un flagrante incumplimiento de su compromiso con los electores, hubiera sido muy oportuno abordar ese asunto en un acto de campaña como el del sábado (por cierto, en el programa electoral para Andalucía del PP ¿se siguen manteniendo lo mismo sobre la subida de impuestos que contenía su programa para el 20-N o ya lo han actualizado?). Pues nada: de la subida de impuestos ni una sola palabra. Eso es “dar la cara” y lo demás tonterías.

“Cuando gobernar se convierte en sinónimo de aplicar planes de ajuste, subidas de impuestos y una retahíla de drásticas medidas económicas que dan un disgusto tras otro a la ciudadanía, cada comparecencia del presidente y sus ministros es casi una prueba de fuego”. Sobre esta premisa, en la edición de ayer de La Vanguardia se ofrecía un decálogo para políticos que tienen que dar malas noticias. Sobre el papel, nada novedoso: “tener claro el mensaje”, “no mentir”, “ser valiente”, “hablar lo justo”, “coordinar el equipo”,  “predicar con el ejemplo”, “controlar las rectificaciones”, “no confiarse”, etc… Los consultores que han elaborado ese decálogo apelan a la valentía defendiendo la importancia de dar la cara y de comunicar desde el primer momento (“no hay que dar apariencia de que uno se esconde o no se podrá controlar el escenario”) y evocan la imagen manida con la que se identifica a Churchill: “Si el discurso es de sangre, sudor y lágrimas, hay que transmitirlo sin pudor y con alma”.

Muy optimistas veo a esos expertos.  Yo creo que a Rajoy, de esos consejos básicos, el de “hablar lo justo” es el que más le gusta. No le veo transmitiendo “sin pudor y con alma” un mensaje de “sangre, sudor y lágrimas”. Son malos tiempos para la épica; quizá antes tampoco fueron mejores. Rajoy debe ser conocedor de que, por mucho que se insista en el tópico, lo cierto es que Churchill nunca pronunció -en aquel angustioso 1940 -,  los discursos cruciales por los que se le conoce  y que, en su lugar, lo hizo un actor contratado -de la BBC- que consiguió engañar a millones de oyentes.