Hablar de PODEMOS

Senyor_J

“Deberías de hablar más de Podemos”, me dice el Senyor_Z, mientras el sol de media tarde cae sobre los cada vez más escasos plátanos de sombra que una vez dominaron la capital catalana y que hoy son víctima de todo tipo de patologías arbóreas. “Desde la distancia hay muchas cosas que son difíciles de entender, quizás no por inexplicables, sino por falta de información”. Escucho con atención al Senyor_Z mientras disfruto de la agradable temperatura primaveral y de ese día soleado que nos regala el mes de abril. Estamos sentados en una terraza cercana al imponente Arco del Triunfo, el mismo espacio que el pasado mes de junio acogió el gran acto de campaña de Pablo Iglesias junto a Ada Colau, Alberto Garzón, Mónica Oltra, Íñigo Errejón, Xavi Domènech y algunas otras figuras. Aquel fue un día caluroso, un día en que los espacios a la sombra resultaban muy codiciados, mientras que hoy el sol golpea a placer nuestros rostros sin que ello nos inquiete lo mas mínimo. También fue un día de ilusiones, pues todavía parecía posible que el espacio del cambio se convirtiera en la segunda fuerza política de España, pero el largo interregno que precedió al canicular momento de las votaciones del 26J no generó las condiciones necesarias y aquellas elecciones sumaron un nuevo capítulo al ya extenso libro de las oportunidades perdidas.

“Nunca vi a un secretario general arrodillarse ante un secretario de organización, hasta que vi las imágenes de Vistalegre 2”, asegura el Senyor_Z, mientras retorna a su rostro una cara de sorpresa que seguramente es muy parecida a la que se le formó ese día. Aquello sucedió algo después de darse a conocer los resultados de la segunda asamblea de Vistalegre. Todos los miembros electos del Consejo Ciudadano Estatal subieron al escenario y tras ellos, el reelegido secretario general. Pablo Iglesias entró por la derecha y se fue abrazando a las personas que ocupaban las primeras filas, hasta llegar a Pablo Echenique. En ese momento, Pablo Iglesias dobló sus rodillas ante él y le hizo una reverencia. No recuerdo ningún precedente así en política, aunque si uno en el mundo de fútbol. Frank Rijkaard, durante la celebración de la liga del año 2005, una vez finalizado su discurso y sin arrodillarse, hizo una reverencia a sus jugadores. Ese gesto fue muy criticado por la prensa deportiva barcelonesa, especialmente dos años después, cuando las cosas empezaron a ir mal, puesto que, según la opinión publicada, dicho gesto denotaba subordinación del técnico a sus estrellas (eran los tiempos de Ronaldinho, Deco, Eto’o…) y pérdida de autoridad. No obstante, aquel equipo había hecho posible dejar atrás la larga sequía de títulos y desatinos futbolísticos de la fase póstuma del nuñismo, del mismo modo que Pablo Echenique había hecho el trabajo necesario para liquidar las opciones de la alternativa errejonista de aspirar a la dirección del partido. Pero si existió pérdida de autoridad de Rijkaard ante sus jugadores, quizás también debió existir en el gesto de un Pablo a otro Pablo.

Los gestos pueden ser reveladores o pueden interpretarse erróneamente, pero representen lo que representen, nadie alberga duda alguna de que Pablo Echenique manda mucho en Podemos. El hombre que en el segundo Vistalegre acabó con la duplicidad de cargos internos en Podemos, pero que se toma tiempo hasta otoño para decidir si va a seguir siendo secretario general de Aragón o secretario de organización estatal, ejerce una enorme autoridad interna. Cuando algunos se preguntan en exceso qué va a hacer o decidir Pablo Iglesias, se olvidan de que Pablo Echenique puede ser el hombre clave. Lo van entendiendo algunos aliados que se congregaron en Arco de Triunfo el mes de junio pasado y que hoy echan de menos a Podemos en el nuevo espacio de confluencia que surgió en Cataluña el pasado 8 de abril. El 8 de abril no estuvo allí Pablo Iglesias, pero sí que estuvo Pablo Echenique. Ese Pablo amagó pero no dio, de acuerdo con la línea adoptada en rueda de prensa unos días atrás, en que apoyaba la decisión tomada por el secretario general de Catalunya, Albano Dante Fachín, de no incorporarse a la confluencia, pero confiando en que la integración se acabe produciendo. Que Pablo Echenique lo vea o no claro será determinante para alcanzar el resultado que los confluyentes esperan, como también lo es en muchas otras materias. Pablo Echenique no manda porque Pablo Iglesias se postre ante él, sino por el trabajo realizado y porque es, mientras no diga lo contrario, el secretario de organización. Pablo Iglesias puso de rodillas en su momento a Sergio Pascual y ahora se arrodilla ante Pablo Echenique. “Una imagen poderosa”, le digo al Senyor_Z, mientras miro hacia el imponente monumento que unos meses atrás acogía aquel escenario electoral.

“No sé qué pensar del autobús”, añade el Senyor_Z, en alusión a la campaña puesta en marcha por Podemos y que recorrerá en las próximas semanas toda la geografía española, enunciando o denunciando los numerosísimos casos de corrupción que han resonado durante los últimos años. El denominado Tramabús es un “back to the basis”, una reformulación del concepto de casta para recuperar la polarización política sobre la que cabalgó Podemos en sus primeros meses. Se trata de recordar lo que se ha venido a transformar. La respuesta de medios y tribunas fue muy dura inicialmente, no tanto por las críticas que realizaron como por el escarnio que emplearon, así como por las resonancias de la reciente polémica con el autobús de Hazte Oir, pero la agenda judicial ha salido en auxilio del Tramabús y lo ha convertido en una campaña, al menos, acertada en contenidos. La magnitud sistémica de la corrupción institucional, los estrechos lazos de sus protagonistas con el ámbito empresarial, financiero o mediático y la ausencia de alternancia política en no pocos territorios hacen muy oportuna una idea que podría estar mejor pensada y, sobre todo, implementarse con mayor acierto. Son otros los que tienen ahora que explicar acuerdos de gobierno y de gobernabilidad y cómo, estando todavía a favor de los mismos, son una mejor alternativa. Pienso todo esto mientras el Senyor_Z recibe una llamada. Aprovecho la interrupción darme cuenta de que, a pesar de todo, el espíritu épico de la ciudadanía ya no cotiza al alza y puede mostrarse totalmente indiferente ante el último desfile judicial, al grito de “todos son iguales”.

Finalizada su llamada, el Senyor_Z indica que le ha surgido una emergencia y que por lo tanto debe retirarse a atender algún asunto familiar. Le doy la mano y le deseo suerte en ese nuevo proyecto con el que se ha comprometido, denominado Un País En Comú. Mientras sacudimos nuestros brazos pienso en como contrastan su entusiasmo con mi escepticismo hacia la posibilidades de ese espacio, sin un Podemos implicado al cien por cien en el mismo. Es uno de los dos elementos imprescindibles para que el proyecto sea exitoso. Su ausencia antes y durante el proceso de constitución propicia que otros elementos más prescindibles adquieran una relevancia que ya no les corresponde y que se establezcan unas formas organizativas, unos mecanismos de toma de decisiones y unos perfiles de liderazgo que pueden resultar inadecuados. Me despido, sin embargo, deseándole muchos éxitos, y dirijo mis pasos calle arriba, para contemplar el verdor de los árboles del Passeig de Sant Joan en el mes de abril. La calle se abre ante mí y yo la recorro sin una idea precisa de hacia dónde conducirán mis pasos.