Guerras de religión en Europa

Lobisón

Todos sabemos que la crisis presente, aunque tenga su origen en el descontrol global de los mercados financieros, tiene una especial gravedad en Europa por dos razones. En primer lugar la moneda única condujo a un exceso de liquidez como consecuencia del deseo del BCE de sacar a Francia y Alemania del estancamiento en 2003, y ese exceso alimentó la burbuja en los países de sur, en particular la burbuja inmobiliaria española. En segundo lugar, la introducción del euro no vino acompañada de la necesaria unión fiscal en la eurozona, lo que no sólo se tradujo en una política monetaria desastrosa para el sur, sino que no permite tomar decisiones rápidas y eficaces frente a la crisis de la deuda soberana. Esto es lo que ahora nos trae a todos de cabeza, provocando la torpe pero comprensible exasperación del gobierno de Rajoy.

Ahora bien, estas son cuestiones institucionales (deficiente marco institucional del euro y desregulación de los mercados financieros), y eso puede hacernos creer que las ideas y los factores personales no juegan ningún papel. Pero probablemente lo juegan. La insensata frase de Mario Draghi —el BCE no está para resolver los problemas financieros de ningún país— puede entenderse como una simple muestra de necedad —al no advertir el daño que el asalto de los mercados está causando al euro— o como un castigo a un gobierno poco prudente en sus manifestaciones públicas. Pero esta segunda posibilidad es tan inquietante o más que la primera, ya que el daño al euro es indudable, y al fin y al cabo sería absurdo que por poner en su sitio al gobierno español Draghi pusiera en peligro su propio puesto de trabajo (si se acaba el euro se acaba el BCE, como recordaba Jacques Attali en noviembre del año pasado).

No sólo nos las vemos con factores personales y egoísmos nacionales, sino también con ideas un tanto dogmáticas: Europa vive ahora en medio de dos guerras de religión. La primera, que sería cómica si no tuviera consecuencias tan trágicas,  enfrenta a los austeros luteranos del norte con los despilfarradores católicos y ortodoxos del sur. Es evidente, y se ha señalado muy a menudo, que la estrategia de austeridad adoptada porla UEno se entiende racionalmente sin la certeza de que los países pecadores deben soportar graves sufrimientos para pagar sus excesos del pasado. De hecho, la posibilidad de que esos países se hagan ingobernables no parece preocupar a los estrictos luteranos que han venido hasta ahora marcando el paso enla UE.

Pero hay otros verdaderos creyentes que revisten este disparate con el necesario disfraz de racionalidad. Son los economistas de agua dulce, los formados en las universidades de los Grandes Lagos en Estados Unidos, que imponen su ortodoxia contra el sentir de los supervivientes keynesianos —marginales en el BCE y en el gobierno alemán, y me temo que probablemente también en Bruselas—, y contra el más elemental sentido común. Un amigo me comentó, espantado, que uno de estos especímenes desconocía el callejón sin salida al que había llegado Argentina en 2001 al verse condenada a una estrategia de austeridad a cualquier precio, y al informarse había encontrado que efectivamente había elementos comunes con la actual crisis europea. Pero el dogmatismo de los verdaderos creyentes nunca permitirá que ningún hecho terrenal, pasado o presente, le lleve a poner en duda su fe, su ortodoxia antikeynesiana y promercado. Qué sentimiento de impotencia produce todo esto.

Posdata. Vaya por dios, de pronto Draghi parece haberse dado cuenta de lo que está en juego. A ver lo que nos dura el optimismo.