Guerra civil en el Partido Republicano

Magallanes

Al  conseguir  la única pre nominación para ser el candidato del partido Republicano para las elecciones presidenciales de EEUU, Donald Trump y sus millones de entusiastas seguidores realizaron una OPA hostil en el seno del mismo.  La conquista no fue fácil: los dos ex presidentes republicanos vivos  le rechazaron despreciativamente,  idéntica actitud  manifestaron varios Gobernadores de Estado  y senadores actuales  y , sobre todo, fue duramente criticado por su más poderoso rival en el partido: el “speaker” de la Cámara de Representantes, Paul Ryan. Este indicó que no estaba seguro que le respaldaría en la Convención.

Pocas veces en la historia norteamericana un partido se ha visto tan dividido. Muchos estadounidenses todavía no pueden creerse que el  explosivo Trump, más visto como una estrella televisiva, se presente a las elecciones a Presidente del país. También se preguntan con qué grado de radicalidad va a conducir su política.

Pero para los dirigentes republicanos, la situación es mucho más sombría y preocupante: temen que el partido se encuentra en el borde de una ruptura histórica. Se trata de la brecha que se está abriendo entre la forma habitual de conservadurismo que se forjó en los años 60 y que se popularizó en los años 80 y un  nacionalismo atávico con raíces tan viejas como la república y que no se había reavivado nunca con tanta fuerza.

Hasta  el momento Trump no ha mostrado signos de querer tender lazos hacia los republicanos que ya  han manifestado su rechazo a su nominación para la campaña electoral. Ha calificado a sus críticos como personas que no entienden al votante republicano y que no le agradecen lo mucho que ha hecho a favor del partido.

Es verdad que la comunicación entre las élites republicanas – sus representantes políticos, donantes y similares – y sus votantes habituales se ha ido debilitando a lo largo de los años.  Estas élites han predicado a favor de mantener  un gobierno federal limitado, cortapisas a la inmigración, reducción de subsidios sociales y de impuestos, comercio exterior libre y una política exterior poderosa. Al mismo tiempo, han vilipendiado a Obama y  a los demócratas utilizando sus potentes medios de comunicación, sembrando  una actitud de odio en sus votantes  hacia las políticas aplicadas por los demócratas.  Los demás contrincantes a ser elegidos para candidato del partido republicano como Cruz, Ryan, Bush y demás, han sostenido de forma radical estos temas  con ataques a Obama, los demócratas, los déficit federales, inmigrantes ilegales y  seguridad social (Obamacare).

Los votantes republicanos les siguieron satisfechos en sus mítines y twitters  pero nunca llegaron a estar emocionados hasta que Trump les inflamó con su populismo agresivo: una mezcla de proteccionismo comercial frente al exterior, menor participación militar en el exterior  y  promesas de expulsar a los inmigrantes ya instalados. Los demás contrincantes apuntaban, pero Trump disparaba. Con sus promesas radicales de  deportación de inmigrantes y de construir una muralla con Méjico, sin embargo, puede haber  hecho un daño irreversible a sus posibilidades de ser elegido presidente de EEUU.

Pero, por otro lado, se ha ganado la adhesión incondicional de una gran parte de la población que había perdido su confianza y fe en los políticos y las instituciones como el Congreso, la Reserva Federal  y la forma de financiación de las campañas electorales basada en poderos donantes. Esta última ha sido fuertemente criticada por Trump con el ejemplo de que su financiación  se ha hecho con su propia riqueza.  Después de haber sido convencidos por varios años de “tea party” de  que gran parte de sus males provenían de Washington, los votantes republicanos que viven a gran distancia de la opresiva capital, han visto en Trump un salvador. Aunque no ofrezca muchos detalles de los medios que empleará para conseguir sus promesas, aunque su lenguaje les resulte ofensivo (para otros), le apoyan ciegamente encantados de sus eslóganes como el de “volver a hacer América grande”.  Los demás  contrincantes que llevan varios años en el partido son despreciados como “políticos de carrera”. Combinando la demagogia tradicional con el dominio de las redes sociales actuales, puenteó a los guardianes del partido y conquistó a sus votantes con un flujo constante de twitters  solo interrumpido por sus apariciones en televisión.

Trump se siente tan poderoso  que no cree necesitar el apoyo del “establishment” republicano para derrotar a Hillary Clinton. Ha declarado que “el establishment no hizo nada para que yo acabase siendo el nominado, de manera que su apoyo no va a ser una ayuda importante  para ganar las elecciones de Noviembre. Aunque puedo negociar con el mismo muchas cosas, solo puedo cambiar cosas pequeñas porque los votantes me apoyan por lo que digo y cómo lo digo”. Todo ello muy demagógico, ya que las elecciones de presidente necesitan de los fondos que puede conseguir el establishment  y que él  ha dicho que solicitará.

La Gran Recesión de 2008 con sus desahucios masivos y financiación pública de  los grandes bancos y General Motors fue la gota que colmó el vaso de una desafección algo más profunda que estaba afectando sobre todo a las comunidades de clase media blanca:  hijos de familias monoparentales, jubilaciones sin fondos, reducción de salarios y despidos frecuentes. Todo ello se ha manifestado en mayores tasas de suicidios de blancos que de otras etnias y reducciones de la esperanza de vida. La hoguera estaba lista para que alguien como Trump supiera encenderla. 

El jueves  12 de mayo Trump visitó Washington y se reunió con el Speaker Paul Ryan en el Comité Nacional republicano para acercar sus posiciones antagónicas. En su posterior rueda de prensa,  Ryan declaró que la reunión había sido cordial y útil. “Donald Trump y yo hemos aclarado cuáles son nuestras diferencias. Creo que hemos plantado las semillas que germinarán en nuestro consenso.”  Aunque no  declaró que respaldaría a Trump, tampoco se reafirmó en  su oposición frontal de la semana pasada.  Sus conciliadoras palabras chocan con un líder que puede cambiar sus posiciones fácilmente.  Ryan quiere que en la próxima sesión se pase a discutir cómo llegar a acuerdos en temas específicos. Las diferencias son grandes en los temas de inmigración, trabas a l comercio exterior  y fondos públicos de jubilación.

 Veremos si  el proceso de convergencia entre Trump y el establishment es rápido  o entrará en dificultades; lo que resulta casi obvio es que cuando Trump se enfrente a Hillary Clinton, no va a respetar los posibles acuerdos  de unidad republicana si Hillary consigue que el demagogo pierda los estribos.