Grecia hoy, Cataluña mañana

Guridi

Este domingo se celebran las elecciones al Parlamento Griego. El Primer Ministro Tsipras concluye así el primer episodio de “su reinado”, tras una escalada de dramatismo insuperable, donde se convocó un referéndum que esperaba que tuviese poderes mágicos. Pero no fue así. Ni las cuentas se cuadraron milagrosamente, ni se borró el pasado corrupto y despilfarrador de los gobiernos de Nueva Democracia, ni los ajustes que se llevaron por delante al PASOK dejaron de ser obligatorios, ni se reescribió mágicamente la legislación europea, ni Merkel se convirtió en sapo.

Tsipras tensó lo cuerda todo lo que pudo, envuelto en la bandera y mandando a Varoufakis a pegarse (casi literalmente con Djiesselbloem). Pero no salió bien. Todo seguía igual. Al final, Tsipras se dio cuenta de que la cosa iba muy en serio y que el “no” griego no se había hecho obligatorio al resto de los europeos. Una negociación que podría haber ido bien, fue mal por pasarse con los órdagos. Además, Varoufakis ya era más fotogénico, no había roto la cara a Djisselbloem y a este paso se iban a perder las elecciones. Adiós, Varu, hola, adelanto electoral.

Lo malo es que los griegos están tan hartos y tan desilusionados que no se están preguntando a quién van a votar, sino si quieren ir a votar. Que tu gobierno te tome el pelo con un referéndum no es cosa pequeña. Lo único que ha aparecido mágicamente es un manto de frustración que ha caído a plomo sobre Grecia.

La voluntad popular es algo muy serio, demasiado, como para engañarla creyendo que mediante el voto se puede prohibir la muerte, convertir los desiertos en jardines y derogar la Ley de la Gravedad. La gente vota confiando en que sabes lo que haces y que, cuando llegue la hora de la verdad, sabrás hacer lo correcto. O que por lo menos, tendrás alguna idea acerca de ello.

Actuar con esa temeridad puede que cueste el puesto a Tsipras y pasará un doloroso precio a los griegos. Peor aún del que ya tenían.

Y no: no es que esté llamando tontos a los votantes. Es que la política –especialmente la política europea- es algo tan farragoso, complejo y lleno de matices que los ciudadanos no tienen el tiempo, ni las ganas de hacerse un curso intensivo. Bastante tienen con salir adelante en el día a día. Por eso es fundamental no abusar de esa falta de conocimiento. Engañar a la gente es malo. Engañarles a posta es criminal.

Se pueden convocar referéndums para que te den un sí o un no, pero antes es necesario hacer una campaña en la que se informe de verdad a la gente de lo que se están jugando. No hacerlo es de irresponsables y de iluminados.

Veremos qué pasa el domingo.

¡Por cierto! ¿Les suena un tal Artur Mas? Es un señor que quiere usar la voluntad popular, no para someter su pésimo gobierno al juicio de los ciudadanos, sino para prometer un país en el que manará leche y miel, en el que el corrupto de toda la vida amanecerá libre de pecados, en el que las leyes europeas se convertirán en cuentos de hadas y los euros lloverán de un cielo luminoso sin nubes. Mas, que sabe que ha gastado mucho de su capital político, se ha escondido detrás de una cabecera de lista compuesta de políticos de tercera con gafas. Y todos prometen que lo negro es blanco, que Eurasia nunca ha estado en guerra y que Trotsky nunca posó en las fotos con Lenin.

Mi apuesta es que sólo se generará frustración, tensión y callejones sin salida, como les ha pasado a nuestros amigos griegos.

Pero qué sabré yo, que no soy ni griego, ni catalán, que las banderas me dan risa. Y la gente que se viste con ellas, más todavía. Yo, que me río de las txapelas, de los batzokis y de las excursiones a ver a la Amatxu de Begoña. Yo no puedo opinar, dicen. Desde luego, no podré votar, pero sí que me gustaría que lo hiciera la gente que opina como yo.

En unos domingos sabremos.