Good bye Britain

LBNL

El escaso eco que están teniendo las exigencias y amenazas del Primer Ministro británico David Cameron entre sus socios de la UE, incluidos los más afines desde un punto de visto nacional (nórdicos) o funcional (Alemania o Italia para contrarrestar la influencia de otros, generalmente Francia), podrían llegar a provocar que la tensión creciente en la relación del Reino Unido con la UE pueda devenir en el opt-out británico definitivo, es decir, su salida de la Unión Europea.

No es la primera crisis “británica” pero podría ser la última y, cuando menos, es de las más graves. Desde que se planteó el proyecto de integración europeo en los años 50, el Reino Unido ha mantenido una posición de ambivalencia que el ex Ministro británico y ex Comisario Europeo Lord Patten califica de psico-drama. Estaría originado tanto por su condición insular y pasado imperial como por el menor atractivo que suscita en el Reino Unido la idea de reconciliación a través de la integración, al no haber perdido la Segunda Guerra Mundial, a diferencia del resto de los países del núcleo fundador (ocupados por Alemania o derrotados).

Tras fundar la EFTA o Área Europea de Libre Comercio en 1960 junto a sus vecinos nórdicos en respuesta a la creación de la Comunidad Económica Europea, el Reino Unido se avino a solicitar la adhesión a la CEE con el objetivo no escondido de tratar de contener la creciente dominación francesa del continente y alentada, precisamente por ese motivo, por EE.UU. No logró entrar hasta 1973. Tuvo que esperar al retiro del General De Gaulle que, en vista de los objetivos “anglo sajones”, había vetado la solicitud.

Sólo dos años después de entrar, el nuevo Gobierno laborista de Harold Wilson se vio forzado políticamente (en gran medida por las disensiones internas de su partido) a convocar un referéndum sobre la permanencia. Eso sí, antes de ello planteó una “renegociación” de los términos de la pertenencia británica y a continuación pidió el sí a la permanencia, que consiguió.

Como la mayoría de los británicos, Cameron querría mantenerse dentro de la Unión siempre y cuando ésta consista principalmente en una unión aduanera y un mercado integrado, sin incorporar reglamentos sociales o devenir en una unión política y económica real. Hasta ahora, los gobiernos británicos entendían que la pertenencia a la Unión era la mejor manera de evitar, desde dentro, que Europa evolucionara en una dirección no acorde con sus intereses y optando, cuando la voluntad mayoritaria era demasiado fuerte como para contenerla, por negociar su exclusión de aquellos capítulos más inconvenientes como la Carta Social, la zona Schengen o el euro.

Tras el fracaso de su veto al pacto fiscal concluido por el resto de los Estados Miembros (a excepción de Chequia) en diciembre pasado, Cameron se ha resignado a la idea, expuesta con claridad por el Presidente de la Comisión Durao Barroso ante el Parlamento Europeo esta semana, de que la mayoría de sus socios van a avanzar –con dificultades pero sin pausa- hacia una unión política, fiscal y económica, con o sin Gran Bretaña.

Con este trasfondo, Cameron se propone utilizar la necesaria aquiescencia británica al nuevo tratado que los demás países eventualmente acordarán para negociar una “nueva relación” entre Reino Unido y la Unión, que permita que la mayoría de la ciudadanía británica y,  particularmente, del mayoritariamente euroescéptico electorado tory, pueda sentirse cómodo dentro de una Unión con la que el Reino Unido mantendría un lazo bilateral específico, sola o en compañía de otros Estados Miembros que pudieran acogerse a una relación similar.

Su objetivo es que Reino Unido pueda seguir siendo miembro de pleno derecho del mercado interior sin verse afectado por las reglamentaciones sociales, la cooperación de justicia e interior (ha anunciado que ejercitará antes de final de año su derecho a excluirse de 130 medidas en esta área, incluida la orden de arresto europea) y, por supuesto, cualquier nuevo capítulo de integración política o económica. Es de suponer que Cameron querrá conservar voz y voto en todo lo referido al mercado interior, y evitar así la más sencilla opción, pero menos favorable para el Reino Unido, de pasar a ser un miembro más de la apenas conocida pero existente Área Económica Europea, que da a Suiza, Noruega, Islandia y Liechtenstein, acceso al mercado interior pero sin voz ni voto en cuando a su reglamentación. En otras palabras, Reino Unido quiere seguir disfrutando de lo que le interesa pero no comulgar con las normas que los otros adopten sin su concurso.

Ahora bien, al igual que los demás necesitarán de la aquiescencia británica para profundizar la Unión Europea, para conseguir ese estatuto cuasi-confederado, Reino Unido necesitará de la de sus socios europeos, en principio interesados en no cercenar una parte importante del mercado interior. El problema es que esa negociación se planteará a medio plazo. Ahora, lo que se plantea es la adopción del presupuesto de la Unión para el año 2013 y, más importante, la aprobación del marco presupuestario (perspectivas financieras en el argot bruselense) para el septenio 2014-2020, que en principio debería concluirse en el Consejo Europeo extraordinario de 22 y 23 de noviembre.

Como pueden imaginar a poco que recuerden ejercicios similares pasados (recuerdan a John Major renovando el “cheque británico” conseguido por Margaret Thatcher?), Reino Unido figura entre los Estados Miembros más críticos con las propuestas presupuestarias presentadas por la Comisión y apoyadas por el Parlamento Europeo, y Cameron ya ha hecho explícita la amenaza de vetar ambas. Obviamente, eso no le granjea amigos siquiera entre los otros Estados Miembros partidarios de que “Bruselas” se apriete también el cinturón. Por ejemplo, Merkel ya ha dejado saber que preferiría que la cita fuera desconvocada si Cameron se mantiene en sus trece.

Cameron se enfrenta a una dificultad adicional. En el reciente Consejo Europeo de octubre se acordó que la unión bancaria no se completaría hasta el 1º de enero de 2014, decepcionando las esperanzas españolas de poder dejar de computar el “rescate bancario” como deuda pública nacional, pero también que el próximo Consejo Europeo de 13 y 14 de diciembre la pondría en marcha a partir del 1º de enero de 2013.

Reino Unido ha optado por quedarse fuera pero tiene un gran interés en condicionar su evolución, especialmente en lo que se refiere a evitar que, en la práctica, su potente industria financiera (un 40% del total europeo) no quede sometida al dictado del BCE una vez se convierta en supervisor de las entidades bancarias de la eurozona, y también para conseguir que la Asociación Bancaria Europea se mantenga en Londres y no se traslade a Frankfurt como pretende el Parlamento Europeo.

Los demás Estados Miembros estarían obviamente más dispuestos a transigir si no estuvieran a punto de perder toda esperanza de que el Reino Unido se mantendrá dentro del club. En el pasado siempre se optó por ralentizar la marcha para mantener la unidad, pero ahora es cada vez más claro que Reino Unido desandará al menos parte del camino sí o sí, incluso si la Unión no avanzará hacia un mayor grado de integración. Así las cosas, los demás empiezan a tener la sensación de que es Reino Unido quién más necesita del consentimiento del resto en vez de al revés, lo que les lleva a endurecer sus posiciones. Por ejemplo, el reconocido anglófilo Ministro de Exteriores finlandés, declaraba el otro día que tenía la sensación de que, pese a los ruegos de sus amigos, Reino Unido se había quedado en tierra y se limitaba a decir adiós mientras el barco empezaba a alejarse. Lo decía lamentándose pero aclarando que la responsabilidad era únicamente británica. Para otros muchos, anglófobos incluidos, sería la consecución de un objetivo largamente deseado.

Desde luego no es mi caso. Reino Unido aporta y mucho. Por supuesto en el terreno económico pero también en el político. Su fantástico despliegue diplomático y su experiencia son activos muy útiles para la política exterior de la Unión, sin los cuales se vería debilitada. Por ejemplo, Europa cuenta con dos asientos permanentes en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, y con tres en el G8. Si Reino Unido acabara dejando la Unión, su voz sería más débil en dichos foros en los que, por más que sólo se informe de los pocos casos en los que Europa está dividida, suele actuar cohesionada. Y si no recuerden la iniciativa anglo-francesa para imponer la zona de exclusión aérea que acabó con Gadafi. Sería todavía más grave la amputación de la política de seguridad y defensa europea, indispensable para que la Unión pueda ser un actor autónomo de EEUU algún día. Si Reino Unido se va, nos deja a merced de la minúscula capacidad nuclear francesa, nos priva de su poder aéreo y de su grandiosa flota. Y además nos obliga a gastar más dinero en tratar de compensar la pérdida.

Pero seguramente a estas alturas la cosa no tenga ya remedio y no quepa otra que consolidar la Europa a dos velocidades que ha venido perfilándose en los últimos lustros, con un núcleo amplio de países pertenecientes a Shengen, el euro, la próxima unión bancaria y pronto también una mayor integración fiscal, todo ello bajo una dirección política más integrada, con el Presidente de la Comisión siendo elegido por sufragio universal. Y en un segundo círculo todos aquellos que o no pueden -Rumanía y Bulgaria han demostrado no tener un suficiente grado de madurez democrática y cívica; Hungría y Eslovaquia, por ejemplo, no están en condiciones de sumarse al euro- o no quieren asumir las obligaciones del club VIP.

Será una lástima (yo estoy más cómodo en un club en el que no sólo hay alemanes, franceses e italianos) pero ellos, los tozudos e insulares británicos se lo habrán buscado. Take care!