Generaciones

Lobisón 

Hablando del riesgo de irrupción del islamismo en la revolución egipcia, los optimistas creen que los Hermanos Musulmanes han girado hacia la democracia, y no aspiran a imponer un régimen islámico (la Sharia). Por otro lado se señala que, según algunas encuestas, las ideas propias del islamismo  de años pasados son minoritarias en Egipto, una mayoría del 37% frente al 27% quieren que se mantenga el tratado de paz con Israel y una proporción similar se pronuncia a favor de unas buenas relaciones con Washington (véase el artículo de Lluis Bassets en El País).

La hipótesis sería que ahora nos encontraríamos ante una generación postislamista (Olivier Roy). Prescindiendo de la afición de los analistas a inventar etiquetas ‘post’, la idea es bastante sugestiva. Han pasado más de 30 años desde la revolución iraní de 1979, que puso en la agenda política el islamismo radical, y en 2009 los nietos de esa revolución se alzaron contra el régimen teocrático en defensa de la libertad y de una vida normal. No tuvieron mucho éxito, porque en vez de enfrentarse a un ejército profesional se encontraron con un aparato armado (los pasdaran o guardianes de la revolución) no sólo muy ideologizado sino con poderosos intereses materiales en el mantenimiento del régimen.

Es curioso que hasta ahora se haya hablado poco del posible contagio a Irán de la onda expansiva del movimiento democrático de Túnez y Egipto, pero la única ventaja del régimen iraní es haber aplastado ya las movilizaciones contra el fraude electoral de 2009, y tener la guardia alta frente a los intentos de la oposición de manifestarse ‘en solidaridad con los hermanos egipcios’. Los paralelismos entre el régimen de Jamenei y el de Mubarak son mayores que las diferencias, y suena patéticamente falsa la interpretación oficial de que las rebeliones de Túnez y Egipto van a dar un nuevo impulso a la revolución islámica.

Los ayatolás han conseguido desacreditar la idea de que el islamismo es la respuesta al autoritarismo corrupto en los países musulmanes. En la medida en que la actual onda de movilizaciones prosiga en dirección a la democracia puede superar definitivamente lo que en su momento fue la mayor legitimidad de la revolución iraní y ahora es tan solo un hueco espejismo: la imagen de la insurrección popular contra el sah Pahlevi como movimiento democrático.

Los jóvenes árabes e iraníes quieren oportunidades de empleo, libertad y tener la posibilidad de sustituir a los gobernantes que les defrauden. Esto es algo que ya, a la vista de la deriva del régimen iraní, no pueden ofrecer las revoluciones islámicas. Quizá ha llegado ya por fin la hora de la democracia laica en el mundo árabe, aunque sea impulsada por partidos más o menos islamo-demócratas, como el AKP turco.