Gaza tiene solución

Padre de familia

 

El domingo pasado alguien me sugirió que quizás la cuestión de Gaza era uno de esos problemas que no tienen solución. Discrepo. En el mundo en el que vivimos, en el Siglo XXI, todos los problemas de este tipo – territoriales, étnicos, nacionalistas – tienen solución, todos estos conflictos son gestionables. La cuestión es cómo se gestionan, el tempo y qué precio tiene que pagar cada parte implicada.

 

Pero voy más allá: soluciones de verdad son únicamente las fórmulas que permiten que todos ganen, unos más y otros menos, pero todos quedando en mejor posición que si el conflicto no se solucionara. En caso contrario, la “solución” habrá sido impuesta por la parte más poderosa, aprovechando la debilidad de la otra y convirtiéndola en un mero parche temporal al estilo del fracasado – por desequilibrado – Tratado de Versalles, que puso fin a la primera Guerra Mundial sembrando al mismo tiempo la simiente de la Segunda.

 

En este sentido, aciertan los que afirman que no hay solución militar para Gaza. En la práctica porque en teoría sí la hay: Israel podría hacer desaparecer del mapa a la Franja y/o a sus habitantes, pero el daño para sí mismo, para su viabilidad como Estado aceptado por la Comunidad Internacional, sería letal. Es decir, es una opción factible dada la superioridad militar israelí pero no constituye una “solución” para las necesidades de Israel.

 

 

Israel ha probado todas las fórmulas posibles con Gaza. Convivió con una Gaza dominada por Egipto desde 1948 a 1967 con el breve interludio de la Guerra de Suez de 1956. Tras su ocupación en la Guerra de los Seis Días, Israel combinó la mano dura contra los representantes de la OLP con esfuerzos por dotar a la Franja de infraestructuras de transportes, salud y educación, esbozando lo que se quiso describir como una “ocupación ilustrada”, que haría que los palestinos se dieran cuenta de que les convenía vivir bajo dominio israelí. La combinación funcionó, más o menos, hasta 1987, cuando un estallido de ira espontáneo contra una patrulla militar desencadenó la Intifadah, que pilló por sorpresa incluso a la OLP en Túnez. Los palestinos dejaron claro que ansiaban la libertad incluso al precio de tener que renunciar a las condiciones de vida de las que disfrutaban, sensiblemente mejores a las de sus otros hermanos árabes.

 

Israel reaccionó con dureza, justificando los disparos a niños que lanzaban piedras, llegando al punto de dar orden de romperles los brazos, para que aprendieran… No funcionó. El mismo Rabin que justificaba tales órdenes optó entonces por la negociación secreta que desembocó en los Acuerdos de Oslo. Rabin llevaba muchos trienios ejerciendo de “halcón” y su cambio de posición no respondió a una súbita conversión a la causa de las “palomas”. Al contrario, se dio cuenta de que para poder seguir siendo un Estado de mayoría judía y democrático, Israel tenía que renunciar a los territorios que había conquistado en 1967.

 

Pero Oslo tampoco funcionó. Para nadie. Israel siguió ocupando la mayor parte de Gaza y de Cisjordania en función del lento gradualismo de Oslo, negociando férreamente la más mínima concesión mientras los asentamientos seguían expandiéndose. Parte de los palestinos – Hamás incluida – rechazó Oslo de plano porque no acepta que Israel pueda existir: toda la tierra entre el Jordán y el Mediterráneo – del agua al agua es su maximalista eslogan – debe ser palestina, árabe. Así que no es de extrañar que siguiera luchando contra los ocupantes israelíes, sin miramientos a la hora de asesinar civiles de todo pelaje a la hora de mayor tránsito en los centros urbanos. Repetidas veces.

 

La OLP, de la que Fatah es el principal elemento, es otra cosa. En su Congreso de Argel en 1988 aceptó la legalidad internacional, es decir, las resoluciones del Consejo de Seguridad 242 y 338 que, tras las guerras de 1967 y 1973, llamaban al establecimiento negociado de dos Estados contiguos para judíos y árabes. En Oslo aceptó incluso la autonomía como paso previo a la independencia, que debía haber culminado cinco años más tarde. Pero las negociaciones empezaron a retrasarse y Rabin no fue capaz de ser fiel a su máxima de que había que luchar contra los terroristas como si no hubiera negociaciones y negociar como si no hubiera terrorismo: frecuentemente los ataques de Hamás suspendieron las negociaciones y las represalias afectaban al conjunto de los palestinos, en Gaza y Cisjordania, y no sólo a sus autores. En consecuencia, la población palestina no sólo no experimentó ningún rédito tangible de la paz sino que sufrió un deterioro continuado y progresivo de sus condiciones de vida, lo que conllevó su progresiva radicalización, fenómeno que también tuvo lugar en el electorado israelí.

 

Los que arriesgaron por la paz no fueron capaces de llevarla a término. A Rabin lo mató un fanático israelí pero Peres y Arafat tuvieron la paz al alcance de la mano y no tuvieron las agallas de dar el último paso. Como tampoco Netanyahu, halcón donde los haya pero que cruzó el Rubicón evacuando el 80% de Hebrón, la segunda ciudad más sagrada para los judíos, ni Ehud Barak, hoy Ministro de Defensa pero antaño Primer Ministro con un mandato amplio para la paz que fue incapaz de traducir a la realidad en Camp David y luego en Taba, por arrogancia, cobardía o estupidez, quién sabe.

 

Su fracaso aupó a Ariel Sharon, el vilipendiado carnicero de Sabra y Shatila. Arrinconó a Arafat hasta la muerte e incursionó a sangre y fuego en Cisjordania y Gaza pero, a la postre, no tuvo más remedio que rendirse a la evidencia de que la ocupación de Gaza era una sangría absurda para Israel, poniéndole fin con la evacuación forzada de todos los colonos y soldados israelíes. Tampoco funcionó, en parte por negarse a pactar la evacuación con la Autoridad Palestina, frustrando así el aumento de su credibilidad que quizás le habría permitido mantener la Franja bajo su control. Al contrario, con la bandera de que había sido su resistencia armada la que había expulsado a Israel, Hamás ganó las elecciones legislativas, también en Cisjordania.

 

Israel se negó a aceptar al nuevo Gobierno palestino salido de las urnas hasta que Hamás reconociese la legitimidad de Israel como Estado y renunciara a la violencia. Por supuesto, Hamás se negó a dar cualquier paso en esa dirección hasta que Israel no pusiera fin completamente a la ocupación, sin ninguna garantía de que entonces fuera a renunciar a sus postulados maximalistas. Por su parte, la vieja guardia de la OLP no quiso tampoco renunciar a su monopolio del poder palestino y torpedeó todos los intentos de su Presidente, Abu Mazen, y de Qatar y Arabia Saudí, por llegar a un acuerdo de reparto del poder que permitiera a aquél negociar un acuerdo de paz con Israel que luego habría de ser refrendado por el pueblo palestino. Cabe decir que la vieja guardia contó con el apoyo soterrado de Israel, EEUU e incluso de Egipto y Jordania, muy interesados en que el Gobierno de Hamás no pudiera servir de ejemplo para sus versiones locales de los Hermanos Musulmanes.

 

Finalmente Hamás se hartó del acoso de los hombres de Fatah en Gaza y les hizo huir como conejos, consumándose la división del futuro Estado palestino antes incluso de llegar a nacer. El círculo vicioso de lanzamiento de cohetes contra ciudades israelíes y operaciones de castigo israelíes contra Gaza se reanudó con vigor. Entonces sí intervino Egipto que, tras múltiples esfuerzos consiguió gestionar una tregua indirecta entre Israel y Hamás que se ha mantenido, malquebien, hasta mediados de diciembre pasado.

 

¿Por qué Hamás renunció a su prolongación? Las causas son variadas y no son tan estúpidas como podría concluirse atendiendo a la escandalosa disparidad de fuerzas. Supongo que la razón fundamental fue el agravamiento de la crisis económica en Gaza. La tregua “egipcia” no era perfecta. Hamás no liberó a Gilad Shalit, soldado israelí secuestrado desde hace dos años y medio en algún sótano siniestro de Gaza, y por cuya libertad exige la liberación de mil prisioneros de Hamás en las cárceles israelíes. Israel tampoco quedaba obligado a permitir la entrada de suministros básicos, instrumento que utilizó a su antojo para tratar de reducir las pretensiones de Hamás y para responder a los lanzamientos esporádicos de cohetes que se seguían produciendo.

 

El bloqueo impedía a Hamás ofrecer buenos resultados económicos que avalaran su gestión y, en su defecto, su mejor recurso es el enfrentamiento con Israel, que la tregua impedía. Aduciendo como pretexto una operación aislada de Israel contra milicianos islamistas, Hamás reanudó el hostigamiento, a sabiendas de que el ejército israelí llevaba meses preparándose para la ofensiva que, por lo tanto, iba a resultar terriblemente dolorosa para la población de Gaza. Hamás sabe también que Israel no quiere volver a ocupar el avispero de la Franja por lo que, antes o después, podrá “venderle” a la opinión pública palestina que ha sido capaz de hacer frente al Tsahal, como lo fue Hezbolá en el verano de 2006 en el sur del Líbano.

 

¿Pero por qué Israel cae entonces en la trampa? Fundamentalmente porque hay elecciones a principios de febrero y el líder del derechista Likud, el ínclito Netanyahu de nuevo, exige mano dura contra los que hora sí, hora también, bombardean ciudades israelíes sometiendo a sus ciudadanos al terror constante por más que los cohetes sean artesanales y casi nunca provoquen daños personales. En este contexto, la Ministra de Exteriores y líder del centrista Kadima, Tzipi Livni, y el Ministro de Defensa y líder del Partido Laborista, compiten entre sí por demostrar al electorado que son más recios que nadie a la hora de defenderles del terror de Hamás. Por otra parte, el ejército israelí está encantado de poder asestar un buen golpe a Hamás, el más duro posible antes de que la llegada de Obama a la Presidencia pueda volver a limitar el campo de acción de Israel.

 

No sé cuántos palestinos van a morir todavía y tampoco cuántos soldados israelíes serán víctima de las emboscadas de Hamás, también preparadas desde hace meses; en todo caso, demasiados. Lo que sí se es que cuanto más favorable a Israel sea el horrendo balance de víctimas, paradójicamente más posibilidades de éxito tendrán de gobernar los políticos israelíes más pragmáticos, es decir, que más cerca están de la visión de Rabin de que la creación de un Estado palestino, guste o no, es la mejor garantía de seguridad y viabilidad de Israel a largo plazo. Pero como ya he dicho, cuanto más dura sea la operación, más reforzado moralmente saldrá Hamás de la misma cuando Israel se retire, por muchos arsenales o milicianos que pierda durante su curso.

 

Bajo estos parámetros parecería que no hay solución. Y sin embargo sí la hay. Desde septiembre de 2006 la frontera israelo-libanesa está en la más completa calma. Gracias al despliegue de una fuerza multinacional bajo bandera de Naciones Unidas en el sur del Líbano, a la que España aporta 1.100 efectivos en el vértice de la frontera israelo-siria, la zona más peligrosa, Hezbolá no ha vuelto a disparar un solo cohete contra Israel ni ha podido hostigar a sus tropas en la frontera. Israel tiene así la zona de seguridad que infructuosamente venía buscando desde que invadió el sur del Líbano en 1978. Y a diferencia de todos sus intentos previos, sin disparar un solo tiro o sufrir una sola baja. El precio es que se ha visto obligado a consentir el desarrollo no constreñido de Hezbolá, una fuerza que aboga por su destrucción con el apoyo de Irán pero que representa a centenares de miles de libaneses chiítas, eternamente discriminados por el reparto de poder interno orquestado por Francia cuando dejó Líbano.

 

Dado el aislamiento geográfico de Gaza – Hezbolá puede seguir aprovisionándose a través de Siria – la entrada en la Franja de un contingente militar internacional serviría también para impedir que Hamás siga rearmándose con vistas a un futuro enfrentamiento, permitiendo al tiempo el flujo de mercancias hacia la Franja bajo su directa supervisión. La Unión Europea se ha ofrecido a retomar el control del paso fronterizo de Rafah con Egipto y ha propuesto una misión de observadores del alto el fuego inmediato que ha reclamado pero que Israel y Hamás exigiendo garantías de, respectivamente, un cese completo del lanzamiento de cohetes y del cese del bloqueo.

 

El Presidente Sarkozy ha hecho caso omiso al fin de la Presidencia francesa de la UE y, valiéndose de su condición de Presidente en ejercicio de la recién creada Unión Mediterránea, se ha plantado en la zona para mediar con la hiper-intensidad que le caracteriza, de paso volviendo a humillar a Javier Solana, que tenía una oportunidad de destacar dado el bajo perfil de sus acompañantes de Troika, el Ministro checo de Exteriores y la Comisaria austríaca de Exteriores.

 

Nuestro Presidente del Gobierno ha salido hoy a la palestra y, después de reprender a Hamás por sus provocaciones y a Israel por la desproporcionalidad de su ofensiva, además de advertir a este último de que de esta forma no conseguirá la paz y seguridad que ansía, ha anunciado que España contribuirá a cualquier esfuerzo internacional para poner fin al enfrentamiento, en cualquier forma que éste adopte, en lo que estoy seguro implica la disposición de España a aportar una cantidad sustancial de efectivos a una fuerza militar de interposición como la descrita arriba.

 

Israel ya ha anunciado que no obedecerá un alto el fuego ordenado por el Consejo de Seguridad si no incluye un cese del lanzamiento de cohetes y la liberación de Shalit. Ni siquiera con Obama al frente EEUU accedería a imponer a Israel una resolución que no contara con su beneplácito. Pero una cosa es imponer y otra bien distinta – y aquí sí espero que Obama marque una diferencia sustancial con el pasado – abogar activamente por una solución que tiene mucho de positivo para Israel, como también para la población de Gaza y, a la postre, para la perspectiva de un eventual acuerdo de paz entre Israel y Palestina sobre la base de una calma estable. No quiero pecar de voluntarista o de ingenuo pero si se echa la vista atrás, en Oriente Medio en general los pasos hacia la paz vienen precedidos de un horrible y evitable derramamiento de sangre. Bien es verdad que no siempre es así, que no siempre la tragedia es sucedida por el progreso. Pero espero y deseo que en este caso sí lo sea – mi particular petición a los Reyes Magos – especialmente porque la solución existe y ha sido probada con éxito en el sur del Líbano.