Garbeo por Tierra Santa

Padre de familia

 

Cuando lean estas líneas, estaré dándome una vuelta por Israel, tras los pasos del Ministro Moratinos y del Enviado Especial del Presidente Obama, George Mitchell, para tratar de valorar in situ, de primera mano, la situación tras la reciente formación del Gobierno liderado por Netanyahu con Lieberman como Ministro de Asuntos Exteriores.

 

La ortodoxia indica que las perspectivas para la paz en la región no pueden ser peores. Netanyahu no llego a ganar las elecciones (se quedó a un escaño del Kadima de Livni) pero la derecha sí lo hizo cosechando una amplia mayoría entre el Likud, la derecha extrema rusófila y los partidos ultraortodoxos, que todos juntos forman el nuevo Gobierno. La entrada en el mismo de Ehud Barak y su cada vez más escuálido Partido Laborista no es tampoco un signo esperanzador. Fue Barak quien, como Primer Ministro, no supo aprovechar la mejor oportunidad de alcanzar la paz con los palestinos y sirios en los últimos años noventa y fue también él, como Ministro de Defensa, quién lideró la reciente ofensiva israelí en Gaza.

 

 

¿Por qué la izquierda laborista ha aceptado compartir gabinete con la derecha y la derecha extrema, especialmente tendiendo en cuenta que el centrista Kadima ha preferido mantenerse en la oposición dada la renuencia de Netanyahu a comprometerse con un plan de paz? Un reputado columnista israelí explicaba recientemente que Barak entraría o no en el Gobierno dependiendo de si finalmente Livni aceptaba hacerlo. Al plantarse, ella se convertía automáticamente en jefa de la oposición, privando así a Barak del correspondiente coche oficial que, sin embargo, conservaría aceptando seguir entrar en el Gobierno. Puede que esta explicación tan prosaica no sea completa, pero tampoco es completamente errada.

 

Muchos en Israel ansían que la policía sea pronto capaz de reunir las pruebas suficientes para procesar a Lieberman, Netanyahu el primero, deseoso de poder prescindir de él. No estaría mal porque una cosa es que haya que pactar con un extremista y otra mucho peor, que por mor de sus escaños haya que darle el cargo más visible para la Comunidad Internacional. Pero sinceramente, no creo que vaya a pasar a corto plazo. Es más, haciendo de la necesidad virtud, es posible que sea bueno que la derecha más ardiente ostente un cargo tan significativo. Volveré sobre este punto más adelante.

 

Lo de Netanyahu al frente del Gobierno es harina de otro costal. Antes que extremista o Neocon, Bibi es un oportunista de tomo y lomo, movido por el ansia de poder y la vanidad personal. Y si le juzgamos por sus actos, no es tan fiero el león como lo pintan. Es cierto llegó al liderato del Likud capitalizando la popularidad de su hermano, el héroe de Entebbe, al convertirse en la única baja de la exitosa operación que dirigió para rescatar a varios centenares de israelíes secuestrados, por aquello de que los oficiales lideran el ataque en el Tsahal. Luego le ganó las elecciones a Peres en 1996 a lomos de 60 asesinados por Hamás en las semanas previas, prometiendo dureza y el fin del terror. El terrorismo no sólo no terminó con él al mando sino que, después de que fallara el intento de asesinar al líder de Hamás, Meshal, en Amán, no tuvo empacho para excarcelar y deportar al líder espiritual, el jeque Yasín. Como tampoco en retirar al ejército israelí de la segunda ciudad más sagrada para el judaismo, Hebrón, cuando Clinton le convocó a la Cumbre de Wye River con Arafat y el Rey Huseín. Sus ejercicios de equilibrismo no consiguieron evitar la caída de su Gobierno a manos de sus otrora aliados ultraordoxos, los mismos que ahora vuelven a apoyarle.

 

En realidad, la caída de su primer Gobierno dice algo a su favor: no estuvo dispuesto a satisfacer las ilimitadas demandas de los ultraortodoxos, principalmente económicas. Tuvo ocasión de vengarse como Ministro de Finanzas de Sharon, recortando subsidios a troche y moche, los mismos que ahora habrá de aceptar reponer. También le dará igual tornar su neoliberalismo económico a ultranza de antaño en intervencionismo social si la coyuntura obliga: Bibi es la mejor personificación de la máxima Marxiana (de Groucho) de que si no le gustan mis principios, no se preocupe que tengo otros.

 

No nos pongamos exquisitos. El último ex Presidente de Israel está procesado por violación y abusos sexuales y el último ex Primer Ministro lo es por varios casos de corrupción. La clase política israelí es la que es, como también la solidez de sus instituciones democráticas, suficientemente solventes como para, pese a todo, castigar los desmanes de aquélla.

 

Aún con todo, es evidente que el electorado israelí no ha optado por las voces más dialogantes y mejor situadas para avanzar hacia la paz con sus vecinos. Algunos pensarán que el pueblo israelí es intrínsecamente intransigente y puede que interpreten que se merecen un futuro de inestabilidad y confrontación continua, al estilo de aquéllos que sentían un profundo desprecio por los serbios, capaces de votar una y otra vez a Milosevic y a Seselj, que hacía bueno al primero. Yo estoy convencido de lo contrario, algo tan obvio como que el pueblo israelí no es ni peor ni mejor que los demás.

 

La población israelí es básicamente tan egoísta como el resto: quiere vivir bien sin preocuparse de los demás y trata de elegir a los gobernantes que le prometen prosperidad y tranquilidad. Sería sin duda mucho mejor que optaran por aquellos líderes que argumentan que la prolongada ocupación sobre el pueblo palestino es, además de ilegítima, un estigma que va pervirtiendo las mejores tradiciones judías. O que fueran capaces de ver que la mejor – la única – garantía de seguridad y estabilidad para Israel a largo plazo es firmar la paz con sus vecinos mientras tiene la sartén por el mango.

 

Pero claro, primero eran los atentados suicidas a la puerta de casa y ahora los cohetes, últimamente en el Sur pero hace un par de años en Haifa, el equivalente a Valencia, obligando a estacionar centenares de pacientes del hospital – árabes y judíos por igual – en el parking del mismo. Sí claro, peor lo pasaron los libaneses del Sur mientras el ejército israelí invadía. Por eso los libaneses apoyan a Hezbolá antes que a aquéllos que se centran en la reconstrucción y los negocios. Y por eso los palestinos apoyan en demasía a Hamás, que no ha hecho sino empeorar las condiciones de vida en Gaza.

 

En fin, que la radicalización no es un fenómeno exclusivamente israelí, más bien al contrario, es bastante común cuando los líderes no son capaces de sortear las dificultades y optan por el enfrentamiento: a la gente no le queda otra que apoyar al burro de la tribu propia frente al de la ajena. Lo explicaba muy clarito el pasado domingo en El País Rita Levi-Montalcini: “en los momentos críticos prevalece más la componente instintiva del cerebro, que se camufla de raciocinio” y es culpable de las grandes desdichas de la humanidad y es a “la que apelan los dictadores para que las masas les sigan. Todas las tragedias se apoyan siempre en ese hemisferio que desconfía del diferente”.

 

¿Estoy siendo demasiado simplista? Quizás un poco, pero no demasiado. Una de las cosas más difíciles de entender del conflicto de Oriente Medio es por qué casi todo el mundo entiende que es un conflicto intrínsecamente diferente a los demás, eternamente irresoluble. Oiga buen hombre, si lo del País Vasco es tan complicado, cuánto más no lo será un enfrentamiento de tantos siglos entre etnias y religiones diferentes en un terruño tan reducido, con aderezos como el petróleo de repercusión global? Sí, pero no. En efecto, hace dos mil años, en esos mismos lares ya estaban a tortas constantes entre sirios, romanos, macabeos, saduceos y quién sabe cuántos más. Pero también estábamos a tortas en el resto del planeta, no?

 

Algunos pensamos que, pese a todo, la Humanidad progresa, no tanto en el plano de las pulsiones barbáricas y atávicas del hemisferio derecho del cerebro pero sí en el ámbito de mitigarlas e, incluso, castigarlas y prevenirlas. Europa es seguramente el mejor ejemplo, pero hay muchos otros. En este sentido, el conflicto palestino no es ni más difícil ni menos posible de resolver que el de Sri Lanka o el de Taiwan, por poner sólo dos ejemplos, el primero sin visos de solución política a corto plazo y el segundo, complejo donde los haya pero contenido con éxito desde hace décadas.

 

Volvamos a la práctica. Hace pocos días alguien me recordaba un episodio histórico no tan lejano, de principios de los ochenta. El Primer Ministro Shamir, también del Likud, como Netanyahu, pero mucho más correoso, se oponía a dar un solo paso hacia la paz. El Partido Laborista de Rabin y Peres se lo pensó mucho pero al final optó por los principios y deshizo el Gobierno de coalición. Los bien intencionados del resto del mundo agradecieron el gesto pero interpretaron que, inevitablemente, conllevaría la frustración de las leves esperanzas de seguir avanzando tras el cruce del Rubicón que había supuesto la paz con Egipto pocos años antes. Y hete aquí que se equivocaron de medio a medio. Hasta ese momento la presencia en el Gobierno de los “pragmáticos” había servido de coartada a Shamir para resistir: la Comunidad Internacional, es decir, EEUU, no podía presionar por miedo a tumbar un Gobierno “menos malo”, en el que estaban “los buenos”.

 

Cuando los laboristas pasaron a la oposición, la coartada desapareció y, oh sorpresa, en menos que canta un gallo, Shamir se vio forzado a aceptar acudir a la Conferencia de paz de Madrid. Bien es verdad que lo hizo declarando a todo aquél que quisiera escucharle que venía para negociar durante los próximos diez años, o sea, a jugar a la pérdida de tiempo para empatar a cero. Pero cosas de la vida, mientras ponía el autobús delante de la portería, la crisis económica tumbó su Gobierno, llegó Rabin y zas, de golpe y porrazo la OLP fue legalizada y se firmó el Acuerdo de Oslo.

 

No quiero pecar de voluntarista: el Gobierno israelí es todo menos bueno. Netanyahu es un “duro” sin principios, Lieberman es un sucedáneo de Jesús Gil pero con mucho más apoyo, y los ultraortodoxos son lunáticos fanatizados, que manejan el móvil e Internet con soltura pero al servicio de objetivos atávicos.

 

Ahora bien, contamos con Obama y su claridad de ideas al respecto del papel que debe jugar EEUU en el mundo, recuperando su respeto por los Derechos Civiles, recomponiendo su imagen ante el mundo árabo-musulmán y combatiendo el terror al tiempo que las causas que subyacen a su apoyo por parte de las hordas de marginados y alienados del mundo. Un tipo educado en EEUU pero también viajado, con múltiples ocupaciones domésticas pero consciente de la necesidad imperiosa de que su país revitalice su mejor activo, el “soft power”, o en palabras de su Secretaria de Estado, el “smart power”.

 

Obama no va a abandonar el tradicional apoyo americano a Israel, ni falta que hace. Al contrario, se trata de interpretarlo, modulándolo al servicio del mejor interés de Israel, de su consolidación como una democracia liberal en una zona, cuando menos, convulsa. No es casualidad que escogiera a George Mitchell como Enviado Especial, un tipo al que no le tembló el pulso cuando prescribió, por escrito, la necesidad de poner fin a los asentamientos israelíes en tierra palestina ocupada. Y al que no le duelen prendas en afirmar que el Estado palestino “es la única solución”, asumiendo el lenguaje de la Iniciativa de Paz de la Liga Árabe, ofrecida en 2002 y hasta la fecha desaprovechada por Israel.

 

Evidentemente, no va a ser fácil, ni rápido. La división palestina entre Fatah y Hamás es un obstáculo añadido que requerirá de los buenos oficios, y de la “persuasión”, de Arabia Saudí, entre otros, para que los israelíes no puedan aducir, como tantas veces en el pasado, que ellos están dispuestos a dar pasos difíciles hacia la paz pero que carecen de interlocutor válido.

 

A favor de la paz, sin embargo, está el hecho de que Netanyahu no tiene coartada: cuando visite Washington a principios de mayo no podrá aducir que su Gobierno es el menos malo de los posibles. Y tampoco podrá argüir que la Knesset no aprobaría lo que Obama le pide: el centrista Kadima, el izquierdista Meretz y la decena de diputados árabes apoyarán cualquier exigencia norteamericana. Podría repetirse el precedente de Shamir por el que el Gobierno de derecha radical de Netanyahu se viera forzado a hacer concesiones más rápidamente que otro más centrista? Así lo espero. A la vuelta del viaje les cuento si mis deseos encontraron sustento en la realidad social.