Gal, 11-M y el fin de España (2)

Permafrost 
 
El paisaje conspiracionista es un terreno de aluvión impregnado de una abigarrada muestra de limo intelectual que, como oportunamente señaló La Vanguardia en su momento, “muy en consonancia con el espíritu de los tiempos, […] un día apunta a Marruecos, otro a ETA, otro a Francia, otro a policías españoles más o menos pilotados por los socialistas, otro a los islamistas, y otro, a todos a la vez” (editorial, 11.6.06). La semana pasada comencé el examen de una de sus vetas más pujantes, que subsume el 11-M en el marco de un golpe de Estado. A este respecto, aduje que una de las funciones que desempeña la referencia a los GAL consiste en establecer un precedente según el cual, si la izquierda, el PSOE o sus aledaños organizaron aquello, nada se opone a que organizasen esto (añado incidentalmente que otro objetivo al que sirve la mención de los GAL es el de reivindicar ciertas credenciales periodísticas: “si tuvimos razón entonces, también la tenemos ahora��?). Se me ocurren al menos dos observaciones frente a esta argumentación que, sintéticamente, podrían denominarse ‘la objeción moral’ y ‘la objeción racional’. Hoy presentaré la primera y dejaré para un próximo artículo la segunda.

 
Que la guerra sucia contra ETA y los atentados del 11-M compartan la categoría de actos moralmente oprobiosos no implica la imposibilidad de efectuar distinciones operativamente relevantes. Es un error muy extendido, al abordar cuestiones moralmente ingratas, el obviar la perspectiva del perpetrador, como si al intruducir ese elemento en el análisis se incurriese en algún tipo de justificación de la conducta execrable. De forma casi inconsciente, y un tanto perezosa, tendemos a atribuir la comisión de actos que violentan nuestros principios a una falta absoluta de principios por parte de su autor. Pero que los principios ajenos, o sus consecuencias, puedan repugnarnos, no significa que no existan y no proceda tenerlos en cuenta. No estoy diciendo nada revolucionario. Alguien tan poco sospechoso de veleidades progresistas como Robert S. McNamara señalaba en “The Fog of War��? que una de las lecciones que había extraído de la guerra de Vietnam era que resultaba conveniente experimentar empatía (no simpatía) hacia el enemigo: comprender qué motiva sus acciones. A los presentes efectos, no es difícil observar que la configuración moral de un salvapatrias expurgador de terroristas no es automáticamente trasladable a la de un golpista estragador de civiles inermes. En el caso de los GAL, existe una evidente inmediatez entre el fin mismo de la acción (la eliminación del terrorista) y el sufridor de esa acción (el presunto miembro de la banda armada). En cambio, en el caso del 11-M, el daño causado a las víctimas inocentes no es un fin en sí mismo, sino un medio hacia otro fin ulterior (la supuesta obtención del poder; dicho sea de paso, estoy haciendo abstracción de todos los problemas asociados a la idea de que una mente maquiavélica pueda predecir con exactitud el comportamiento electoral de una sociedad a raíz de un atentado). Esta distinción, aunque sutil, no es superflua e impide asumir sin mayor reparo que toda persona inclinada a lo uno será igualmente proclive a lo otro.

Pero, para reforzar esta objeción, no hacen falta alambicados razonamientos. Una simple observación empírica nos muestra que, de hecho, la persecución del terrorismo por vías heterodoxas es una tentación, frecuentemente materializada, que asalta continuamente a las sociedades acosadas por esta lacra, incluso en el caso de las democracias señeras, algo que no sería posible sin que, en la práctica, miembros relevantes de las fuerzas vivas no se prestaran a justificar los excesos o, al menos, mirar hacia otro lado, en el entendimiento de que la eliminación del terrorismo es un fin cuya legitimidad intrínseca confiere cierto margen de discrecionalidad. La exactitud de este aserto queda ilustrada de manera diáfana por algunas manifestaciones de los propios héroes del conspiracionismo actual. Así, son conocidas las opiniones de juventud del Sr. Ramírez respecto a la lucha contra ETA, desde las páginas de Diario 16: “no cabe más que una contundente acción represiva que conlleve […] su exterminio físico si es preciso. […] No es tiempo de andarse con remilgos, […] la ciudadanía y la milicia debe aunar sus esfuerzos hasta conseguir exterminar a las alimañas que pugnan por destruirnos��? (editorial, 20.3.1981). “No hay derechos humanos en juego a la hora de cazar al tigre. Al tigre se le busca, se le acecha, se le acosa, se le coge y, si hace falta, se le mata��? (editorial, 23.3.1981). “ETA militar es una siniestra camada que España necesita exterminar. Todos los medios represivos al alcance del poder deben ser empleados en una batalla sin misericordia ni cuartel contra estas bestias carroñeras […]. La lucha contra ETA militar debe plantearse como una campaña de ‘desratización’, aplicando una serie de técnicas tan viejas como la historia misma del mundo��? (editorial, 15.4.1981). “¿Cuántos de nuestros gauchistas de salón que abominan de la ‘guerra sucia’ contra ETA no estarían dispuestos a justificar el derecho de persecución de los sandinistas contra las guerrillas que operan desde Costa Rica y Honduras […]? A Barrionuevo no habría que cesarle por estar consintiendo acciones irregulares en el sur de Francia, sino por cosechar tan pocos éxitos, a pesar de la infinita buena voluntad con la que ejerce el cargo. Y en todo caso, lo que habría que pedir es la caída del Gobierno en pleno, por haber faltado deliberadamente a la verdad, al explicar al país un asunto de tanta trascendencia. ¿Existe alguna fuerza política o social de cierta relevancia dispuesta a reclamar la cabeza de González por esta circunstancia? Desde luego que no […]��? (editorial, 23.10.1983). “Con tal de que se meta en cintura a los etarras […], la opinión pública parece dispuesta a mostrarse bastante indulgente en casi todo lo demás��? (editorial, 15.1.1984)…etc. Y el mismo Jiménez Losantos ofrecía más recientemente esta desconcertante declaración en una entrevista para El Mundo (13.8.06): “Israel a veces ha recurrido a los GAL pero nunca ilegalmente. Israel ha llegado a la guerra sucia pero con un mandato del Parlamento, ningún presidente de Israel se ha escondido en la guerra sucia, no es como en España. Y si han matado siempre lo han hecho en defensa propia y además con un respaldo legal.��? Obsérvese que el estrafalario argumento del Sr. Jiménez es de mera legalidad, no de repulsa moral. A su entender, matar extrajudicialmente a los terroristas no es moralmente objetable, mientras lo apruebe el Parlamento… Por lo demás, la red de cárceles secretas instaurada por Estados Unidos y sus aliados, el secuestro internacional y la subcontrata de la tortura en países de dudosa probidad, el desmantelamiento de una tradición secular de garantías procesales, empezando por el habeas corpus… ¿qué representa, sino la institucionalización de la guerra sucia contra el terrorismo? Y ello, al parecer, no es óbice para la cerrada defensa que le prodigan medios como Libertad Digital, en particular, a través de los comentarios del GEES (véanse, por ejemplo, artículos de 20.2.06 y de 19.2.07). Es difícil concebir que quienes así opinan puedan mostrar similar indulgencia hacia cruentos golpes de Estado por parte de esos mismos aparatos estatales, precisamente porque, guste o no, consciente o inconscientemente, ni siquiera los conspiracionistas parecen situar ambas actuaciones en un mismo plano moral.
 
En definitiva, afirmar que quien está moralmente dispuesto a organizar o encubrir las activades del GAL está igualmente dispuesto a organizar o encubrir una matanza como el 11-M es de un simplismo analítico sonrojante. En este sentido, GAL ergo 11-M es un non sequitur. En próximos artículos seguiré desmadejando esta procelosa trabazón de despropósitos.