¡Fuegos por doquier!

LBNL

No me refiero a los fuegos forestales tan típicos de estas fechas sino a la proliferación de malas noticias de las últimas horas. Trescientas personas murieron en la tarde de ayer cuando un misil tumbó el avión comercial malasio que sobrevolaba el este de Ucrania, doblando de una tacada el saldo de víctimas que viene acumulándose desde hace meses y propiciando un salto cualitativo en términos de internacionalización de la crisis. A las pocas horas, las tropas israelíes entraban en Gaza tras varios días de bombardeos que han regado la franja con la sangre de más de un par de centenares de muertos, la mayoría civiles desarmados no combatientes, dejando en nada las frágiles esperanzas alimentadas por el alto el fuego humanitario de cinco horas decretado por la mañana. Por no hablar de las varias decenas de millones de personas que se encuentran en una situación cada vez más desesperada en Siria, Irak, Darfur, Sudan del Sur o la República Centroafricana, sometidos al fragor salvaje de la guerra sectaria y étnica.

Es innegable que las instituciones de gobierno internacional – señaladamente el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas – no son capaces en su diseño actual de contener las tensiones e imponer soluciones que permitan resolver los conflictos de forma negociada. Lamentablemente no hay una alternativa viable y deberemos seguir contentándonos con parches producto de componendas entre los grandes poderes internacionales, siempre renuentes a hacer concesiones que puedan atentar contra sus intereses nacionales.

En Ucrania, como en los demás escenarios mencionados, las culpas están repartidas. En un país plurinacional con una historia tan convulsa, debería ser obvia la necesidad de arbitrar consensos e integrar todas las sensibilidades políticas y culturales. Ojalá las autoridades de Kiev lo tuvieran tan claro. Las de Moscú lo tienen bastante más claro: si Ucrania insiste en cortar amarras y separarse de la madre Patria, Rusia seguirá contribuyendo activamente a su inestabilidad, hasta que Kiev entienda por las malas que su margen de maniobra debe seguir siendo limitado.

Los intentos de la Unión Europea y Estados Unidos por involucrar al resto de la comunidad internacional han sido baldíos hasta la fecha. Asia, África el mundo árabe o Latinoamérica venían entendiendo que lo de Ucrania era un conflicto local europeo en el que no merecía la pena implicarse. El derribo de un avión comercial asiático con pasajeros de muchas nacionalidades podría ser el elemento necesario para revertir la situación. Lamentablemente en política internacional demasiadas veces es necesaria una catástrofe para que se adopten las medidas necesarias para poner fin a los combates y a los conflictos subyacentes.

Israel viene sufriendo una lluvia de cohetes desde que recrudeció la crisis en Gaza. Ningún estado puede limitarse a no hacer nada ante un ataque indiscriminado de tal calibre. Pero, al mismo tiempo, es obvio que la respuesta debe ser proporcionada y no puede serlo cuando de un lado mueren varios cientos y de otro sólo una persona. No basta con lanzar octavillas advirtiéndole a la población que abandone sus casas, o denunciar que “los malos” se esconden entre la población civil. Todo eso puede ser cierto, pero no justifica en modo alguno los ataques no suficientemente discriminados que matan a tanta gente.

En Irak el ISIL, ISIS o últimamente “Estado Islámico”, es sólo la punta del iceberg de la alianza suní contra la política sectaria que ha venido siguiendo el Primer Ministro chiíta desde hace años. Los chiitas son mayoría y es lógico que lleven la voz cantante en el Gobierno pero, como en el caso de Ucrania, la única posibilidad de que Irak tenga algún futuro de paz y estabilidad para sus ciudadanos pasa por la formación de un “gobierno inclusivo”, eufemismo diplomático que también se utiliza en Ucrania, apuntando a la necesidad de compartir el poder.

Las líneas del frente parecen haberse estabilizado sin que los suníes tengan demasiadas posibilidades de seguir conquistando territorio más allá de las zonas mayoritariamente suníes y sin que las fuerzas de seguridad iraquíes, pese al apoyo de las milicias chiítas, tengan capacidad de reconquistar el territorio perdido. En medio más de un millón de personas atrapadas, con centenares de miles lejos del alcance de la ayuda humanitaria.

La estabilización del desastre es también la tónica predominante en Siria, desde hace meses, con pequeñas conquistas aquí y allá y algún rayo de esperanza reciente, como la resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas autorizando por fin la provisión de ayuda humanitaria a los territorios bajo control de los insurgentes a través de los pasos fronterizos ajenos al control de las tropas del gobierno sirio. Dado que Siria sigue siendo un miembro de las Naciones Unidas y cuenta con el apoyo de Rusia, hasta ahora era necesaria su aquiescencia para el envío de ayuda humanitaria, lo que en la práctica se ha venido traduciendo en que apenas llegara a los civiles en las “zonas liberadas”.

Lo de Darfur es una tragedia desde hace demasiados años pero últimamente la violencia se ha recrudecido en lo que ahora cabe calificar como un “todos contra todos” que genera todavía más muertos y sufrimiento. En el Sur, la guerra civil desatada hace unos meses, principalmente por las diferencias entre la élite gobernante a la hora de repartirse los ingresos petrolíferos, se ha transformado ya en un conflicto étnico en toda regla, casi tan mortífero y cruel como el que asuela la República Centro Africana desde diciembre pasado, con musulmanes y cristianos matándose con la mayor saña de la que son capaces.

Lamentablemente no todos los muertos cuentan lo mismo. Naciones Unidas, Estados Unidos y la Unión Europea se ocupan activamente de los conflictos africanos – también del de Mali – pero a la fin y a la postre se entiende tácitamente que a lo más que cabe aspirar es a contener y estabilizar los conflictos.

Cosa bien distinta es Oriente Medio. Hace sólo unas semanas Israel y Palestina apuraban las horas para llegar a un acuerdo de mínimos patrocinado por Estados Unidos. No hubo suficiente voluntad política y la interrupción de las negociaciones ha degenerado rápidamente en una nueva escalada cuyo desenlace es incierto. No hace falta ser Nostradamus sino revisar someramente la historia reciente para concluir que la nueva guerra en Gaza no concluirá hasta que acontezca una verdadera tragedia por un error de cálculo israelí que movilice a la comunidad internacional a imponer un alto el fuego duradero.

No hay precedentes, en cambio, para Ucrania, cuya deriva hacia una guerra civil parecía absolutamente delirante hace sólo unos meses. Otro factor diferencial es que Ucrania es vecina directa de la Unión Europea. De ahí que la Unión esté profundizando en las medidas de retorsión contra Rusia por su falta de colaboración y, al tiempo, reuniéndose con Rusia para tratar de recabarla. Es difícil que las sanciones vayan a funcionar y convenzan al Presidente Putin de la necesidad de dar marcha atrás. Pero no podemos permitirnos la inacción, aunque sólo sea por la necesidad de preservar nuestra seguridad energética, que podría verse afectada por la decisión rusa de suspender los envíos de gas a Ucrania, país de tránsito para la mayoría de los suministros de gas ruso a la Unión Europea. Quizás la escalada cualitativa que supone el derribo del avión comercial pueda operar como acicate para negociar una solución.

Pese a las urgencias del panorama descrito, el miércoles los líderes europeos reunidos en Bruselas fueron incapaces de ponerse de acuerdo sobre quién debe presidir el Consejo Europeo y quién debe asumir la labor de Alto Representante para política exterior. Ni cortos ni perezosos se dieron un plazo adicional hasta finales de agosto. Veremos.

En paralelo a todo lo anterior, el foco está también puesto sobre las negociaciones con Irán que están teniendo lugar en Viena y que deberían estar concluidas para este domingo 20, fecha en la que termina el plazo de seis meses acordado en el acuerdo preliminar al que se llegó hace seis meses. Las dificultades políticas y técnicas para llegar a un acuerdo en toda regla son, obviamente, enormes pero yo particularmente tengo esperanzas de que se acabe consiguiendo, con unos días o semanas de retraso: Rohani y Obama necesitan el acuerdo, como también la Alta Representante para la Política Exterior Europea, que pasaría a la historia si fuera capaz de conseguir lo que nadie –incluido Solana – ha conseguido. Otra razón más sería la consiguiente bajada del precio del petróleo, que contribuiría a paliar la amenaza de crisis energética que podría plantearse a partir de otoño si rusos y ucranios no son capaces de resolver sus diferencias sobre el precio y volumen de gas ruso a exportar. Por supesto, un acuerdo sobre el programa militar iraní tendría también una influencia positiva sobre la situación en Iraq y en Siria aunque no lo resolvería todo.

En fin, menudo panorama. A ver cómo evolucionan las cosas en las próximas horas y días porque, recordémoslo, todo es susceptible de empeorar…