Frente al Congreso: mucha policía, poca diversión

Barañaín

Como era de prever, la pretensión de asedio al Congreso se ha saldado con un notable fracaso; casi tantos policías como “asediantes” y unos pocos incidentes con el inevitable saldo de unos cuantos exaltados (en realidad, entrenados en la exaltación permanente) detenidos.

 El desmarque de colectivos como los del 15-M (¿pero existe aún?) o la Plataforma Antidesahucios de una iniciativa que desde el principio dejaba ver tanto su clara voluntad de crispar el ambiente como la carencia de objetivos políticos razonables –a la broma de “forzar la renuncia del gobierno” no la salvaba ni la coincidencia de fecha con el aniversario de la revolución portuguesa de los claveles-, hacía presagiar que la asistencia estaría casi limitada a grupúsculos más interesados en desbordar a la policía con acciones violentas que en promover una participación masiva de la ciudadanía en la protesta.

 Son los denominados “antisistema”  en los que predomina el gusto por la provocación y la violencia con una pretensión de “guerrilla urbana”,  que casi siempre se les ha quedado en las ganas: cuando han conseguido alterar de veras el orden público y tener en jaque a la policía ha sido porque han actuado al amparo de grandes movilizaciones ciudadanas que han conseguido sabotear y de las que se han servido como escudo para frenar a la policía. Eso y una estética peculiar. Leo en El País de hoy que esa estética antisistema se define por el uso de “ropas negras con lemas políticos, zapatillas de deporte y piercings”. ¿Pues qué light, no? No sé, igual hasta en eso se están quedando desfasados nuestros anarco-fascistillas.

 Se vivió ayer junto al Congreso lo que diversos  medios han calificado como una tensa calma. En cierto modo eso define también el ambiente político que se vive en un país que recibe acogotado las noticias sobre el crecimiento del paro y ya no es que no vea reacción alguna por parte de sus gobernantes –ni alternativas desde la oposición-, sino que nada espera al respecto.

 Lo de ayer es sólo la guinda grotesca de un problema de fondo. Por más que se analice la crisis como producto de un desbarre del sector financiero y se abogue –con la boca pequeña-, porque la política representativa recupere su papel frente a los mercados y el dinero, todo lo más que somos capaces de articular colectivamente son discursos antipolíticos. El dinero puede estar tranquilo mientras toda la presión social que tenga que soportar venga de las algaradas de unos tipos con zapatillas de deporte, piercings y eslóganes desfasados en camisetas negras.