Este pobre barro pensativo

Frans van den Broek

Mientras se sofocaba en una cárcel trujillana, un escritor nacido en un rincón remoto del mundo, alejado de todos los centros culturales y políticos de la civilización occidental (tal y como se concebía entonces), escribió un librito de poesías que iría a contribuir a cambiar el temple espiritual de nuestra cultura. Si esto suena grandilocuente, tal vez la afirmación de que la poesía en castellano jamás sería la misma desde entonces suscite menos resistencia, pues así fue. Me refiero, habrá adivinado el amante de la poesía, a “Trilce”, de César Vallejo, nacido hace 120 años en la población andina de Santiago de Chuco al Norte del Perú, razón por la cual han tenido lugar las celebraciones del caso y se habrán pronunciado los discursos atinentes y escrito los estudios que se deben. Sobre Vallejo, a fin de cuentas, no puede dejar de escribirse desde el día en que murió en París, demasiado joven, acabado por una enfermedad cuya naturaleza aun no se ha logrado descifrar con certeza.

La aparición del libro le hizo preguntarse a alguien como Luis Alberto Sánchez –uno de los críticos literarios más importantes del siglo pasado en el Perú- por qué lo había escrito, si bien reconoció su calidad y sobre todo el reto que suponía. Y no le faltaba razón al preguntarlo. El libro es extraño, misterioso, buen ejemplo de las vanguardias que dislocaban todos los discursos estéticos de entonces, pero a la vez impregnado de una sensibilidad propia, para nada estridente o ideológica, sino tierna y andina, como una luz de montaña filtrada por un vitral que se derrumba. Ya en su primer libro Vallejo había llevado el lenguaje modernista a territorios nuevos, devolviéndolo de las princesas y los centauros en que se había solidificado al drama existencial del ser humano y los ecos del Ande olvidado, desconcertando a los críticos. Pero “Trilce” va más allá, al acercarse a los límites de la inteligibilidad. Un libro como aquel no haría fruncir el ceño a nadie en estos días, pero en su tiempo, en el contexto latinoamericano y español, desaherrojó las convenciones poéticas y abrió senderos no hollados por nadie en nuestra lengua. Pero ¿cómo llegó a esta estética, de dónde la necesidad de quebrar los moldes habituales?

Esta es pregunta que se ha contestado de muchas y ubérrimas maneras, por lo que no parece posible añadir demasiado al debate y análisis de este libro central en su obra. Le llamo central no porque crea que contenga su mejor poesía, ni siquiera la más representativa, sino porque es en torno a este eje de recreación estética que se organizan sus períodos más señalados, el que da origen a “Los Heraldos Negros” y el que sigue a “Trilce” y desemboca en “Poemas Humanos” y “España aparta de mí este cáliz”. El primero está imbuido en la estética modernista, aunque anuncia la vocación original del autor, y tras “Trilce” el autor vuelve a un uso más convencional de la lengua, si bien desatadas las amarras modernistas y con un sentido más suelto de la creación, de carácter existencial, oracular, épico, lleno de metáforas sorprendentes y giros rítmicos y semánticos que se apoyan en su experiencia de “Trilce”, pero no la remedan. Es argüidle que sin Trilce el período subsecuente no hubiera sido posible, pues le dota de la libertad creativa que eclosionaría en los mencionados poemarios póstumos.

La razón de ser de “Trilce” es sin duda también epocal, dados los experimentos de la vanguardia y el tenor revolucionario, en todos los sentidos, del período de entreguerras. Vallejo estaba al tanto de los desarrollos culturales en Europa y el resto de Latinoamérica, pues por aislado que estuviera Perú en aquellos años, las noticias llegaban a las universidades y grupos de intelectuales de las capitales peruanas, con los que tuvo contacto. Vallejo fue a estudiar a la Universidad de Trujillo, sede entonces de una animada vida cultural, y compartió intereses con varios escritores de la ciudad. Dicha ciudad era además el lugar de nacimiento de Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador del partido aprista, el que entonces tenía un fuerte carácter revolucionario y un gran seguimiento entre los intelectuales y los obreros. Pocos años después del encarcelamiento de Vallejo, historia en sí misma digna de una novela (que ha escrito, tengo entendido, Eduardo González Viaña), se produjo lo que bien podría tipificarse como una breve guerra civil, cuando el partido aprista se levantó en contra del dictador Sánchez Cerro, y fue reprimido por el gobierno de manera brutal, con ejecuciones y bombardeos cuyo saldo de muertos no es claro todavía. Menciono este hecho como muestra de un clima inquieto y atento a los desarrollos políticos y culturales del resto del mundo. Vallejo se hizo escritor en este clima y asimiló sus consecuencias artísticas, éticas y políticas. La lectura de Mallarmé podría haberle dado la inspiración retórica, por ejemplo, a la hora de construir “Trilce”, según algunos (entre los que se cuenta el poeta y crítico Xavier Abril), y la de Darío el modelo a deslavazar con sus innovaciones técnicas, del mismo modo que la influencia política del Apra pudo haber orientado su compromiso con los más desfavorecidos, que luego se haría marxista; el caso es que Vallejo, nacido en un pueblito novecentista de la sierra trujillana, se insertaría en esta corriente general de innovación espiritual y contribuiría a ella de modo decisivo.

Como fuera, me atrevo a postular una razón más para explicar la aparición de “Trilce”, una razón más íntima y subjetiva que ideológica o estética. Da la casualidad que mi familia procede también de un pueblo hasta hace poco olvidado del norte del Perú, no demasiado lejos del de Vallejo, aunque las comunicaciones no fueran entonces nada fáciles y no hubiera mucho contacto entre ellos, por lo que pertenecen a arterias de comercio e intercambio diferentes. Sin embargo, a pesar de su aislamiento, me es imposible leer a Vallejo sin sentir, de inmediato, una ínsita cercanía, pues reconozco el tono, los modismos, los giros, el aire de su lenguaje como propios. MI familia también vivió en Trujillo durante un buen tiempo antes de mudarse a Lima, y no era raro que los limeños pensaran que mi hermano y el que escribe fuéramos trujillanos, por la manera de hablar en casa que se nos había pegado. Estoy convencido de que los lenguajes acarrean bastante más que su mensaje o el acento en que están dichos, y si no fuera porque el afirmarlo conlleva peligro de malinterpretación, diría que están embebidos de una particular urdimbre energética o vibratoria, algo no necesariamente metafísico, pero de momento difícil de especificar y de medir, una textura emocional que es a la vez evanescente y tangible. Es esta textura la que reconozco en Vallejo y la que me lleva a leerlo una y otra vez, como quien atiende a una representación griega del drama eterno de la vida, que es siempre la propia vida en sus múltiples formas.

Es por ello que creo comprender la urgencia de Vallejo al escribir “Trilce”, su perentoria necesidad de encontrar la llave expresiva que le sirva para transmitir esta particular textura emocional. Vallejo es un serrano, un hablante de una forma antigua de español, matizada y nutrida por el habla indígena, una forma única que entronca con la vida apacible, lejana y familiar de los Andes, una vida y un habla mestizas que conjuntan al campesino con el cura, la Biblia con las leyendas de los indios, al comerciante con el profesor de escuelita, al capulí con la rosa. ¿Cómo expresar este universo vital, cómo capturar las emociones primigenias de este mundo? Vallejo había estirado y hasta torcido el lenguaje modernista en su primer libro, y si bien logra poemas de una intensa belleza, este lenguaje no le había sido suficiente, también había sido una traición. Más tarde el mundo mismo le traiciona y lo arroja en una cárcel sucia por un crimen no cometido. Es entonces que no tiene más reparos al hacer uso del lenguaje y que siente la necesidad de subvertirlo y amoldarlo, para así intentar siquiera acercarse a su experiencia interior, a la vez oscura y luminosa, llena de la dulzura del lenguaje andino y de la violencia de una sociedad injusta que desprecia el mundo al que pertenece. Es de esta experiencia que surge “Trilce” y de la que surgirán de un modo u otro sus obras posteriores. “Trilce”, a pesar de su espíritu subversivo, de su amargura existencial, de su disonancia metafísica, está también lleno de algo que han infravalorado los críticos, cual es la ternura del habitante de la sierra, la ternura de su habla y de su hospitalidad, de su trato y de su relación con la naturaleza, de sus esperanzas y sus temores, algo que resuena con mi experiencia de la familia serrana y que considero esencial para comprender su peculiar forma de compromiso político. No cabe duda de que el mundo andino es también violento, injusto, feudal, violencia y desajuste emocionales que también aparecen en su obra. Pero en Vallejo este aspecto no se da sin el otro, cuyo contraste explica su desesperado intento de crear un nuevo idioma para hacerlo tangible y darle vida espiritual en un mundo indiferente y que se desvanece. “Trilce” es serrano, en suma, con todo lo que esto significa, como lo es su obra, que trasciende localismos sin dejar de asimilarlos en su recorrido creativo. Quizá leer “Trilce” a esta luz nos haga recordar que un gran poeta, como todo creador auténtico, se mantiene siempre cerca de la médula experiencial que lo ha hecho ser lo que es, cualquiera sus orígenes y cualquiera su destino.