“The imperfectionists” de Tom Rachman

Frans van den Broek

Si bien no son tantas como las dedicadas al crimen o la guerra (por mencionar dos temas al azar con abundante representación literaria), el mundo del periodismo ha inspirado una buena cantidad de obras de arte, sobre todo, como es natural, en la narrativa y el cine. La primera dificultad para el escritor que escoge este tema es, por tanto, el encontrar un modo original de abordar el tema, no porque la originalidad sea un valor necesario en la literatura, sino porque la repetición le impone condiciones de elaboración más estrictas aún, si es que la novela pretende hacerse de un lugar en el competitivo mercado de hoy en día. Tom Rachman prefiere apostar por la primera opción, y lo hace de modo formal y temático.

The imperfectionists renuncia a la estructura narrativa convencional de una novela, esto es, a un argumento, o serie de argumentos que se entrelazan de modo continuo hasta el final, con personajes que evolucionan en el transcurso de la narrativa. Su novela, en cambio, le presta la estructura a aquellos libros de cuentos en los que aparece el mismo personaje principal en todos, pero lo hace dedicando cada capítulo, que se puede leer hasta cierto punto como un cuento independiente, a un personaje diferente. Lo que los une a todos es que trabajan para el mismo periódico, y las referencias que se hacen de uno u otro en los capítulos que no se ocupan de ellos. Rachman enmarca estas historias, además, en la historia del periódico mismo y su fundador, que se desarrolla en entradas breves antes de cada capítulo. Este marco, claro está, hace referencia también a elementos importantes de los otros capítulos. El resultado es eficiente y bien estructurado, y permite una lectura ágil y muy entretenida. Esto último depende también en buena medida del tema, que es el segundo aspecto en el que Rachman hace residir la originalidad de la novela.

El periódico en cuestión está situado en Roma, y está escrito por expatriados para expatriados, y tiene una clientela internacional en lengua inglesa. Un millonario americano, por razones que la novela dejará claras y que son más emocionales que comerciales, decide fundar un periódico en Roma, y pone a su cargo a un par viejos amigos que residen en dicha ciudad. El periódico es propiedad del imperio industrial y financiero de este reclusivo millonario, y atraviesa períodos de bonanza y de miseria, hasta su eventual cierre. El fundador lo protege mientras vive, pero tras su muerte se suceden distintos directores, y su hijo no puede ser más indiferente a la fortuna de dicha incomprensible aventura de su padre, con el que se compara desfavorablemente. A través del destino de varios de sus trabajadores, la novela recorre la segunda mitad del siglo veinte, y los cambios acelerados que la caracterizan, a los que el periódico, al final, no puede adaptarse (se niega a tener una página de internet, por ejemplo). De todas formas, cambia de una redacción destartalada con ruidosas máquinas de escribir y un bar al fondo, a un sitio moderno, con dirección más comercial y eficiente. En cierto momento de su historia llega a tener una distribución internacional, pero poco a poco los lectores van desapareciendo hasta que las pérdidas y la traición de algunos de sus propios trabajadores sellan su destino.

El tono de la novela no es trágico, sin embargo, sino tragicómico, con más humor que tragedia. Los personajes que Rachman nos presenta son todos víctimas de una o más carencias y excesos, algunos bordeando lo absurdo o estrafalario. Las historias que escoge para presentárnoslos son, de una u otra forma, decisivas para su destino y suelen ser amargas o tristes, aunque a veces la tragedia devenga en éxito personal en un par de casos, y el tono irónico o humorístico las suavice o aligere. Rachman recorre toda la gama jerárquica del periódico, además, pues la narrativa incluye la historia de su fundador y su hijo, de una directora, de redactores, copistas, encargados de finanzas y hasta una lectora. Esta elección temática contribuye al equilibrio de la estructura y la refuerza.

Los problemas de la novela residen precisamente en los mismos elementos que le prestan originalidad y eficiencia formal y narrativa. En primer lugar, la decisión de dedicar cada capítulo a un personaje diferente en un episodio decisivo de su relación con el periódico le impide profundizar en personaje alguno y la impresión general es de superficialidad y dispersión, justamente porque el conjunto se presenta como novela, no como colección de cuentos, y una novela supone, en general, el desarrollo paulatino de los caracteres y una mayor interacción con los otros participantes de una trama que los implica de modo directo o indirecto. En el caso de esta novela, la trama es la historia del periódico, pero los personajes se muestran más o menos aislados y su relación mutua es escasa. Uno quisiera saber más sobre el viejo reportero libre que no tiene trabajo y recurre a su hijo para obtener información confidencial sólo para desencadenar un fiasco, de la madura encargada de finanzas varada en Roma, sin amigos o amor, y sin posibilidad de retorno, y a la que se presenta sobre todo como víctima de la venganza que le prepara un ex-empleado despedido por ella. El empleado que ha perdido a su hija y se transforma de resignado padre en calculador hombre de carrera requeriría del escritor más información que explique dicho cambio o nos haga comprenderlo, la directora que admite la infidelidad de su marido como un silogismo más de su ascenso laboral aparece huérfana de profundidad emocional. En general, es difícil comprometerse afectiva o cognitivamente con personajes que desaparecen en el momento en que empezamos a conocerlos, dada la premisa de que pertenecen a una novela. En ocasiones, se exige demasiado de nuestra credibilidad, además, tal vez como consecuencia de lo anterior, pues para relatar hechos que desafían nuestras nociones habituales de la vida real, es preciso enmarcarlos en un desarrollo que los haga posible o que cuando menos sugiera una explicación, alguna ilusión causal, pero la estructura escogida por Rachman no lo permite. El resultado, como dije, es esquemático y algo superficial.

La estructura de la novela, asimismo, no le permite a Rachman hacer de la ciudad en la que transcurre más que un decorado intercambiable. Es cierto que el lugar de la acción no tiene porque asumir protagonismo alguno en una novela breve, pero en el caso de la suya bien podría pensarse que es una expectativa natural en un lector al que se le invita a participar en la vida de expatriados en Roma. No es que Rachman no intente incorporar la ciudad a su novela, pero se ve limitado por sus propias premisas estructurales.

La novela, sin embargo, está escrita en un lenguaje terso y eficiente que  captura al lector desde el inicio y que ha contribuido a su éxito comercial. El humor alivia la contemplación de un panorama humano algo gris y derrotado, pero por el que el escritor logra movilizar nuestra compasión y empatía. Dada la juventud del escritor, es de esperarse que sus próximas entregas se impongan limitaciones formales menos estrictas que le permitan expandirse en dirección más vertical que horizontal. Quizá hasta nos sorprenda con alguna novela en la que el destino de algunos de estos personajes le merezca más atención y obsecuencia, pues tal como nos los presenta, es seguro que se las merecen.