Final de época

Jon Salaberría 

Les escribo, amigos y amigas de Debate Callejero, a lunes 14 de diciembre de 2015, a muy pocas horas ya del debate que enfrentará a los candidatos de Partido Popular y Partido Socialista Obrero Español a la Presidencia del Gobierno, Mariano Rajoy Brey y Pedro Sánchez Pérez-Castejón, y que ya habrá concluido cuando lean ustedes estas modestas líneas. Último día para la publicación de sondeos y encuestas de intención de voto. Y, por supuesto, recta final de una campaña que ya ha pasado su ecuador y a la que queda un último tirón que puede ser decisivo: si en algo coinciden los estudios prospectivos de voto es que existe un porcentaje de indecisos que oscila entre el 31% y el 36% (un ¡¡ 41% en el CIS !!) y que puede determinar el resultado final por encima de los más sesudos pronósticos, todos tan variables como volubles. Encuestas que, por otro lado, se han convertido no en instrumentos de estudio sociopolítico, sino en puntales de propaganda en el más estricto sentido del término.

Estamos, en cualquier caso, en la recta final de la campaña electoral más atípica de las conocidas desde 1977. Como afirma Juan Redondo, por vez primera desde aquella alboreá democrática, cuatro opciones políticas competirán por un total de trescientos escaños en el Congreso de los Diputados y la fuerza ganadora de estos comicios superará estrictamente la barrera del centenar de representantes, con un grupo cabecero muy apretado entre PP, Partido Socialista y Ciudadanos. Si tenemos en cuenta la existencia de más de una cincuentena de circunscripciones electorales, el baile de los últimos determinará un resultado final absolutamente imprevisible. Ni la (corta) ventaja inicial del PP ni los catastróficos pronósticos sobre un Partido Socialista que alcanzó su suelo histórico en 2011 con 110 escaños que hoy podrían ser el guarismo ganador, encontrarían en esta mañana de lunes defensores capaces de apostarse sólo un euro, cual apuesta de Lotería Primitiva, a su materialización real en las urnas. Habrá, en cualquier caso, un Congreso coral, muy a la italiana, en el que la cultura de la coalición de gobierno podría tener que abrirse paso tras tres décadas de proceso democrático en los que la composición monocolor de los gobiernos ha sido la tónica (excepcional, en cualquier caso, dentro de la cultura electoral de la gran mayoría de países de nuestro entorno).

 Estamos en la recta final de una carrera a las urnas en la que, definitivamente, se confirma el triunfo de los nuevos medios y de las nuevas técnicas de campaña. Con excepciones, se acabaron las campañas de los grandes actos electorales, que bien es cierto venían cayendo en desuso desde hace un par de legislaturas. Se acaban los estadios de fútbol llenos o las plazas de toros a rebosar. Los años en los que hasta un partido político que acababa siendo extraparlamentario (como los de la extrema derecha) llenaba con miles de almas un coso taurino en Madrid, Barcelona o en Valencia. Hace ya varias campañas que el tradicional mitin es ya un acto sólo para convencidos. El probo ciudadano de los años de la Transición que acudía a varios actos para formarse su criterio ya ha desaparecido… pero de la vía pública. La campaña se juega en la repercusión de los mensajes en 140 caracteres de Twitter, en las visitas a las fan pages de Facebook, en las encuestas online que se suelen ganar por mayoría de bots, que no de votos, y en las millonarias audiencias de televisión. No en vano, las fuerzas políticas denominadas emergentes empezaron a cultivar su hoy brillante porvenir en los platós televisivos, comenzando por las minoritarias TDT’s y culminando hoy en los estudios de los dos más grandes grupos de comunicación privada del país. Tras el debate presidencial que enfrentará a los candidatos del viejo bipartidismo, serán los líderes del bipartidismo de nuevo cuño los que tengan la palabra para comentar los detalles del mismo. Como afirma Gaspar Llamazares, bipartidismo declinante frente a bipartidismo emergente en una operación en la que el pretendido pluralismo político y, sobre todo, las señas de identidad de la izquierda brillan por su ausencia.

 Final de una campaña en la que se ha producido un hecho sin precedentes que hay quien niega (aludiendo a un pretendido victimismo de los afectados) y que sin embargo el diario de campaña confirma: si las campañas tradicionales se habían convertido en un choque de trenes entre las opciones centro-izquierda / centro-derecha del tablero político español, con mayor virulencia en los ataques contra la fuerza que defiende su ejecutoria de gobierno, en esta campaña 2015 un gobierno saliente, el del Partido Popular, sale aparentemente indemne de las críticas. ¿Por la pluralidad de agentes electorales que reparten los esfuerzos en el combate? Sí. Pero también por la unidad en el destinatario de las mayores invectivas y por parte de todos: el Partido Socialista. Los caladeros de voto del PSOE son objeto de deseo de las fuerzas fronterizas, casualmente las fuerzas emergentes, mientras que para el Partido Popular no supone esfuerzo la batalla contra su adversario tradicional. El Partido Socialista corre el riesgo de acabar la carrera electoral como el pez espada de la entrañable novela de Hemingway, destrozado por las dentelladas de los jóvenes tiburones de la política. Pedro Sánchez ha denunciado la complementariedad de intereses de las otras tres grandes formaciones, y son numerosos los testimonios de ilustres representantes de la opinión publicada como Iñaki Gabilondo, que sin cuestionar la legitimidad de esa estrategia en la lid electoral, señalan que existe, sobre todo a partir del debate a cuatro de Atresmedia, una coincidencia en la intención de dejar fuera de juego al Partido Socialista.

 La paradoja política de estas elecciones es que , definitivamente, pudiesen salirle al Partido Popular, si no gratis al menos baratas,todas sus responsabilidades en su gestión de gobierno. Cuatro años que se resumen en más déficit público, más dolor social por los recortes en servicios sociales, cobertura del desempleo y depedencia, una mordida mareante a la hucha de las pensiones que pone en peligro el futuro del sistema público que las garantiza, más paro, más precariedad en los empleos que se crean, menos oportunidades para una generación que debe optar por irse al exterior o irse por el desagüe, y por una absoluta irrelevancia en el entorno comunitario. Y sin embargo, como afirma Carlos Carnicero, es posible que estos comicios supongan el arrinconamiento de la formación que no ha estado gobernando. Puede ocurrir que una mala e ineficaz oposición y una muy mala reconstrucción del Partido tras la catástrofe de 2010-2011 tengan un mayor grado de penalización que la gestión del peor y más irresponsable presidente de nuestra democracia, Mariano Rajoy Brey. Que hasta la ausencia bochornosa del candidato a la reelección tenga menos coste que la única negativa de Pedro Sánchez a una comparecencia en los medios: la negativa a una encerrona  con una presentadora-estrella. Sin duda, como afirma Carnicero, los pecados del Partido Socialista no tienen fecha de caducidad.

 Al Partido Socialista, en el que milito y al que aporto mi grano de arena en esta campaña extenuante para algunos de los que la vivimos desde dentro, no le vale argumentar en su defensa constantemente esta situación que, insisto, es objetiva (no por la existencia de pacto expreso, sino por los comunes intereses demoscópicos arriba señalados). Es responsable y justo señalarla, pero sería irresponsable ceñirse sólo a ella como excusa absolutoria o circunstancia atenuante de un mal resultado. Estamos ante el final de una época ante el cual el Partido Socialista, el único que con sus siglas, estructura y acervo histórico sobrevive desde los inicios de nuestra etapa democrática, debe aprovechar estos últimos días de campaña en un juego diferente. El juego de ser él mismo. La adaptación a los nuevos ritmos del debate político y la triple presión de campaña por parte de sus adversarios más directos no debe hacerle perder la perspectiva amplia de lo que el Partido Socialista ha sido y debe ser en el hoy agitado mar de la política: una fuerza de mayoría social capaz de erigirse en columna vertebral de la acción de gobierno, si esa es la responsabilidad que la mayoría electoral (más pactos) le otorga, y de ser protagonista e impulsor de las inevitables reformas del marco de convivencia que se avecinan si le toca el relativamente amargo papel de fuerza opositora. Sea como fuere, debe dejarse de experimentos y ser la fuerza responsable de centro-izquierda con vocación integradora que ofrece un programa socialdemócrata que ha demostrado su eficacia antes (y ahora donde gobierna) frente a quienes ofrecen el mismo panorama de los pasados cuatro años y a quienes ofrecen un producto de marketing vacío de alternativa (o lo que es peor, con la sospecha de perseverar en las peores políticas de la derecha popular desde 2011 agravándolas en materia de género, de igualdad, de reforma laboral o de injusticia tributaria). Defendiendo su programa, por último, frente a quienes venden humo haciendo del grouchomarximo su única seña de identidad ideológica, pero amparados por un aparato mediático apabullante y que no deja espacio ni a segundos ni a terceros.

En definitiva, el Partido Socialista debe huir de los bandazos tácticos para enarbolar sus señas de identidad. Programa, programa, programa, que decía su más fiero detractor histórico. Frente a las críticas que se puedan hacer a su candidato, el gran activo de su oferta es tener la propuesta más sólida, realista y confiable, en palabras de Enrique Pérez Romero. Son sólo cuatro días ya con la oportunidad adicional del debate presidencial. La formación del auténtico Pablo Iglesias es experta en revertir sondeos y salvar los muebles en situaciones en las que los agoreros advertían incluso la desaparición absoluta del Partido. Creo que incluso en la peor de las perspectivas no es hipótesis que se vaya a materializar, como ocurre en algún sueño húmedo. Pero de ser el resultado negativo, el enésimo esfuerzo de reconstrucción debe pisar fuerte sobre esas bases. Adaptarnos a una nueva época, sin duda. Pero parecernos a lo que no somos, no. Hay partidos que nacieron en los platós y morirán en los platós. 

 

(*) No está de moda, pero me atrevo a reivindicar la vieja política. La política con mayúsculas y con altura de miras que construyó el actual edificio constitucional, libre por supuesto de las grietas de la corrupción o el clientelismo que han afectado su credibilidad. Del confetti mediático que rodea a esa pujante nueva política que como antesala de lo que puede llegar a ser deja fuera de la luz a fuerzas políticas que todavía tienen legitimidad democrática no se puede esperar nada bueno.  

 

 (**) Estamos, consecuentemente, ante el final de una época puesto que ese edificio necesita imperiosamente el cemento de unas amplias reformas que aseguren varias décadas más de convivencia. El Partido Socialista es la única formación de entre las cuatro principales en liza que ha concretado una oferta en ese sentido, frente al inmovilismo del PP, la falta de concreción de Ciudadanos y la cambiante posición de Podemos. Sólo Unidad Popular-IU ha sido igualmente firme en su posicionamiento, si bien en la reivindicación de un nuevo proceso constituyente. Si la cultura del consenso facilitase un proceso más o menos amplio de reforma, estaríamos en la antesala de una legislatura corta, que acabaría con referéndum y nueva convocatoria a urnas en el plazo máximo de dos años. Si no fuese así, y las urnas confirmasen la fragmentación del Congreso, la más que posible ingobernabilidad sería igualmente causa de disolución anticipada. Ojo a una circunstancia que los sondeos pasan por alto: el PP va a tener una más que probable mayoría absoluta en el Senado que convertiría a esa Cámara en un molesto tapón haciendo funciones de bloqueo.