Filología política

Alberto Penadés

I. Por sus nombres (autoglosa)

Me proponía comenzar el texto jugando con las palabras para sugerir una ironía, convencido de que Alfredo (el nombre) era una de las muchas variaciones del tema “Federico” que, desde Fred hasta Eric, remiten al germano antiguo y a la paz (Friede, en alemán de hoy). Para mi sorpresa, he aprendido que Alf es, sin duda, Elfo, mientras que la segunda mitad apunta  a “consejo” (el moderno Rat). El aconsejado por los elfos me gusta, pero no me sirve.

Carme, ya se sabe, es de origen semítico y nos lleva a un jardí­n o a una viña (carmel). He leído que, al parecer, esa insidiosa n final que remata al nombre en castellano proviene de la confusión con la palabra latina carmen (plural carmina), que es canción o poesía. El original es Carmela, como en catalán. La Virgen del Carmen es, desde 1910, la patrona de la marina (de guerra) española, en perjuicio del viejo San Telmo, deformación paleta de San Elmo, el de los fuegos misteriosos, esta vez sin cultismo que la abrigue.

Pilotar un barco, en latín, se decía gubernare, con un calco del griego (los romanos no eran marinos). A la larga, lo que se pudo inventar como metáfora se fijó como su sentido llano, osificándose, mientras que gobernar una nave nos parece casi literario. El original griego se ha recuperado para los neologismos “cibernauta” y “cibernáutica”, que vuelven a calcarlo (kibernétes). Ya no sé si pedir que la Virgen del Carmen nos proteja del Gobierno, a nosotros los cibernautas, o encomendarle que interceda por los aspirantes al gobierno de la cosa, sin cargar demasiado la suerte por la marina de guerra.

Sin salir del agua, Bot, de donde viene el inglés boat y nuestro “bote”, era el nombre para los regalos que se intercambiaban las facciones una vez pacificadas, y que, por lo que se ve, debían de llegar en barca (en alemán sobrevive Botschaft, embajada). Esto me habría permitido conectar por vías fluviales a Fred y a Carme, si el primero no me hubiera resultado élfico. (Río y mar, paz y guerra, la nave de Ulises, un toque de cocodrilos, que los griegos oían sollozar tras devorar a un hombre /me habría quedado gongorino).

Por último, aprendo que Friede, la paz, está también en la raíz de freedom. La libertad son esos periodos en los que los pueblos están en paz y se intercambian cosas. Y afraid, tener miedo, estar alerta, es su negación. Si es que se tenía que haber llamado Federico.

II. La ambición (glosa seria)

En la República antigua, quien se paseaba solicitando los votos para una magistratura, el “pedidor” (petitor) -al cual se oponía, en su caso, un competitor– se blanqueaba la ténica con creta (tiza), y por su toga candida se lo reconocía. Así­ fue como candidatus terminó por suplantar a (com)petitor, ocultando, de paso, a los politólogos venideros, que el lenguaje de la competencia política no es una metáfora del mercado, sino al contrario.

Los candidatos iban de acá para allá, deambulaban, como ahora, con un séquito de amigos y de sectatores, ciudadanos pobres que hacían bulto. De ese rondar (ambire) proviene la ambición (ambitio o ambitus). La ambición es viajar buscando apoyos, no se puede pedir mejor aclaración.

La ambición es equívoca. En Roma, ambitus acabó por designar a la práctica delictiva de comprar votos que, con frecuencia, acompañaba a los paseos, quedando prohibido por algunas leyes hasta el blanquearse la toga. Es un problema tan viejo como los mercados, hay cosas que no se compran. Pero ojo, se dice que la compra de votos perjudicaba más bien a los nobles, que, como patrones, podían contar con una clientela de votantes naturales más numerosa que otros competidores. Lo del voto sincero no sé si los romanos lo habrían entendido. (Nota mental: en los comienzos de nuestras democracias, también la corrupción marcaba una dirección más democrática que el clientelismo).

La ambición retiene su aire dudoso. La RAE todavía la define como “deseo ardiente de conseguir poder, riquezas, dignidades o fama”, y el de Autoridades como “pasión desreglada de conseguir honras, dignidades, hacienda y conveniencias”. El diccionario de Oxford también dice inordinate desire.

La palabra se incorporó hacia el siglo XVI como préstamo del latín, al igual que, separadamente, el ámbito: el contorno del espacio que se recorre. Antes, en su Diccionario Latino-Español (1492) Nebrija explica ambitus, de un golpe, como “simonía en lo seglar”. Magistral. Es concebible que el lenguaje de la corrupción religiosa sea anterior, para nosotros, al de la corrupción política. La prohibición de adquirir bienes espirituales a cambio de bienes materiales sirve como modelo. Pero la ambición sigue otro camino aunque, desde luego, Nebrija no habría sabido llamar ambicioso a Colón, o a sus reyes.

El eco en la ambición de su sentido menos honroso, que conserva en el léxico jurídico, no se desvaneció. Así, el Tesoro de Covarrubias (1611) contiene esta maravilla:

“Ambición. Del nombre latino ambitio () por rodear y cercar; y así dezimos ámbito el circuito de algún lugar, pero en nuestra común acepción se toma por una codicia demasiada y diligencia extraordinaria en alcanzar grandes honras y mandos, dignidades y magistrados; porque los tales ambiciosos van y vienen, buelven y rodean, y trastornan el mundo a fin de salir con sus pretensiones”.

Covarrubias parece desconocer la historia de la deambulación de los candidatos, y se la inventa o, mejor, la presiente en un ámbito más complejo, de acciones, palabras e ideas. Si William Riker la hubiera conocido tal vez no habría necesitado inventarse la herestética (el arte de la manipulación política) sino que le habría bastado con proyectar las evoluciones físicas de los políticos en el espacio abstracto de las policy dimensions. De haber sido él, yo habría escrito un libro llamado “La ambición de los modernos y la de los antiguos”. Pero no paso del glosario.

III. Créditos

El cibernauta puede hacerse con buena carga de pseudoerudición en unas horas de ocio. Especialmente útiles han sido la Wikipedia, el DRAE, Pierer’s Lexicon, New Collegiate Dictionary, la página Etimologically Speaking (http://www.westegg.com/etymology), la página http://etimologias.dechile.net, así­ como un par de santorales. Me he enterado de casi todo leyendo el texto de Ana María Suárez sobre “La reforma del sistema electoral romano durante el último siglo de la República” (1998), de acceso abierto en Gallaecia, y el de Virginia González,
“Notas sobre la evolución del léxico jurídico”, localizable, en parte, en Google Books (Estudios de historia de la lengua española en América y España / coord. por Milagros Aleza Izquierdo, 1999). Mi primera noticia de la relación entre ambire y ambición proviene de Eugenio D’Ors, y por eso lo de glosario.