Fidel se va: ¿es el tiempo de Raúl?

Barañain

Tras la confirmación, no por previsible menos impactante, de la retirada de Fidel Castro de la Presidencia de Cuba, se abren todos los interrogantes posibles sobre el futuro de la isla. Desde la esperanza de que se abra un período de cambio democrático hasta las dudas sobre si tal proceso está o no en la agenda de los gobernantes cubanos, desde la confianza en un proceso hacia la democracia  pacífico y pactado entre castrismo y oposición hasta la intransigencia de quienes confían en una revancha, todo son ahora conjeturas ante el futuro de un fenómeno como el de la Revolución Cubana que –sea cual fuere la valoración que a cada cual merezca-, ha desafiado tantas previsiones razonables y ha hecho fallar, incluso estrepitosamente a veces, tantas apuestas.

Vanguardistas como somos, en este Debate Callejero hace poco más de un mes nos adelantamos a la inflación de balances y especulaciones que se nos vendrá ahora encima, discutiendo sobre la figura y la obra de Fidel, a propósito de un borrador de necrológica (o así…) con el que me atreví a honrar  al personaje con una semblanza ambigua (demasiado ambigua para algunos blogueros). Pasemos pues esa página y centrémonos en imaginar un futuro posible para Cuba.

El momento es verdaderamente curioso por varios motivos: uno es que el inicio del proceso que ahora se abrirá con seguridad  –aunque su sentido y resultado sean inciertos-, viene marcado por “el hecho biológico” (precioso eufemismo con el que se aludía en el tardo-franquismo al final físico del dictador) más que por una crisis objetiva y puntual del sistema político cubano. Otro es que este momento viene a coincidir con un previsible cambio en la presidencia estadounidense y, por tanto, en la política exterior hacia Cuba  y eso influirá, como no, en el curso de los acontecimientos en la isla.

En el marco de referencias exteriores a Cuba cuenta también, y bastante, España. De las reacciones habidas estas últimas horas me quedo con dos apreciaciones de personajes ideológicamente tan opuestos como son el actual embajador de España en Cuba, Carlos A. Zaldívar (del que alguna vez ya he dicho que lo considero una de las cabezas políticamente mejor amuebladas que he conocido) y del senador Manuel Fraga – presidente de honor del PP-, sobre quien, por el contrario,  nunca creo haber albergado pensamiento positivo alguno.

Para Zaldívar la renuncia de Castro es “la noticia más importante” para la isla desde 1959 y va a obligar al país a “resituarse”. Y ya ha apuntado el pronóstico de una cierta “continuidad”, combinada con elementos “novedosos”, aunque no cree que este cambio  traiga “inestabilidad” ni una “sacudida en la calle”. Esa previsión razonable cuenta a  su favor con el precedente importante de lo ocurrido en este lapso de tiempo en el que la enfermedad apartó a  Fidel del liderazgo formal en el verano de 2006.  Quienes apostaron por una sacudida en la calle, por la desestabilización del régimen, como hizo una parte del exilio cubano de Miami, fallaron una vez  más. En ese período de tiempo transcurrido ha sido común el reconocimiento, desde distintas posiciones ideológicas, del buen hacer del “directorio” que tomó el mando y del comportamiento del pueblo cubano.  Como ha sido expectante pero positiva la actitud de los países con una mayor sensibilidad hacia los problemas de Cuba. Nuestro  embajador allí ha apuntado ya que el papel que España tendrá que desempeñar ahora es el de “acompañamiento” en este momento “de cambios”, siguiendo la pauta de este último período.

Hablando del buen hacer de los dirigentes accidentales cobra valor la referencia de Fraga sobre Raúl Castro, el eterno segundo del régimen que llega ya, pasado de madurez, a la primera línea.”Tengo un buen concepto de Raúl como hombre realista” ha dicho un Fraga que se ha mostrado confiado en el futuro de Cuba, en claro contraste con los jóvenes neo-con de la FAES y algunos diputados briosos. Para Fraga, Raúl Castro es un hombre capaz de liderar la apertura en el país  porque  “si se le presenta una fórmula razonable de acuerdo con la disidencia, la buscará”.

A este respecto, los interrogantes son obvios: ¿Puede ser este, realmente, el momento de Raúl Castro? ¿Llega tarde a la cita? Y sobre todo, ¿quién es este hombre tan poco conocido? Decía un comentarista buen conocedor de la realidad cubana que “en cualquier otro país del mundo, si no hubiera vivido bajo la sombra de su hermano mayor, reconoceríamos que es una figura de grandes logros profesionales”. Veamos, Raúl Castro es el arquitecto de “la institución más eficaz en la historia de Cuba”, es decir, de sus Fuerzas Armadas Revolucionarios (FAR). Porque fue este hombre, de  imagen tan anodina, quien transformó a un puñado de semianalfabetos en una fuerza profesional, disciplinada, muy bien entrenada, fiel y eficaz, que ha sido “capaz de lograr tres veces en África lo que Estados Unidos no logró en Vietnam, lo que la Unión Soviética no logró en Afganistán: las FAR de Raúl Castro ganaron las tres guerras que pelearon en el continente africano. No hubo ningún otro ejército de país comunista, durante la Guerra Fría, que lograra desplegarse, con éxito, a miles de kilómetros de su patria”. Por sí solo, ese dato ya debería permitirnos desconfiar de cualquier (minus)valoración simplista sobre el personaje.

¿Es, entonces, sólo un “militarote” más,  armado hasta los dientes, y ahora con pretensión de caudillaje? No me lo parece. Apúntese el dato adicional de que fue Raúl,  y no Fidel, quien se dedicó a mantener engrasado el Partido Comunista Cubano, “institución civil hermana de las FAR” y quien intentó, con mayor o menor fortuna,  mejorar el escaso rendimiento de la maquinaria de la Administración Pública en ese país, mientras Fidel, el hiperlíder, se limitaba a hablar, cada vez más en plan “urbi et orbi”. Se evocará estos días que fue Raúl, en medio de la crisis económica de la  primera mitad de los años noventa, quien abogó por la liberalización de los mercados agrícolas. Y lo hizo divergiendo públicamente con su hermano, al definir como “principal amenaza a la seguridad nacional de Cuba” –hablaba en su calidad de Ministro de Defensa y Jefe de las FAR-, la incapacidad del sistema para alimentar al pueblo en aquella coyuntura.

Y, en fin, aún a riesgo de parecer hagiográfico recordaré ahora que, pese a liderar a ese potentísimo  ejército (y fuente de poder) no dudó en reducir su personal y presupuesto, tras el derrumbe de su aliado soviético, y reorganizar su forma de actuar. Me parece importante señalar el dato para valorar en su justa medida el papel político jugado por este hombre y, sobre todo, el que puede seguir jugando. El hecho es que, en contra de lo que podría pensarse –pues así ha sido en situaciones similares de transición-, la reducción del peso de las fuerzas armadas sobre la economía y la sociedad cubana “no es una cuestión pendiente importante en la agenda del futuro, es ya un logro de Raúl Castro”. Por cierto, parece que lo hizo desarrollando a la vez las empresas militares para lograr que sus fuerzas armadas fueran económica y productivamente autosuficientes.

Pero, ay, siempre está el factor humano, sin el que el liderazgo es difícil o imposible. Raúl Castro, tan eficaz en la sombra,  es un pésimo profesional de la política cuando se trata de salir a la palestra pública. Frente al derroche agotador de discurso del que ha hecho siempre gala  Fidel, su hermano no parece capaz de leer bien  un discurso ni de resultar convincente. ¡Imposible imaginárselo varias horas frente a un micrófono y menos aún que le aguantara la concurrencia! Indudablemente, no es una figura pública ni le adorna carisma alguno. No es casual que una de las pocas cosas que se le ha criticado, en este período de provisionalidad desde que Fidel enfermó, es lo mucho que tardó en comparecer ante sus conciudadanos (o súbditos, si se prefiere) una vez recibida la delegación de poderes.

Así que, a falta de carisma, sólo le queda ganarse a los cubanos intentando jugar, a fondo, la baza del desarrollo económico. En el artículo anterior ya defendía como hipótesis más probable sobre el rumbo que se intentaría seguir en la cuba postfidelista (aún no postcastrista) la de la  imitación del modelo chino (y vietnamita). En esta hipótesis, un Raúl Castro presidente intentará otra política macroeconómica en Cuba, y con ella la aproximación a una economía de mercado “o similar” (como dicen las agencias turísticas cuando te venden un hotel) que sea compatible con el control de la estructura política que impida, o frene al menos, el avance hacia una democracia representativa respetuosa de los derechos humanos.

Que sea trasplantable al Caribe esa exitosa  fórmula asiática está por ver. Pero que se empeñarán en ello me parece una apuesta sólida. Y creo además que se darán prisa. Lo hará desde luego Raúl quien, la verdad, no anda tampoco sobrado de tiempo. La apuesta parece obvia pero,… quien sabe…como ha pasado siempre con Cuba, lo mismo sale el tiro por la culata.