¿Feminista yo?

Marta

 El feminismo no mola. Al menos eso parece desprenderse de las declaraciones que, de vez en cuando, aparecen en los medios de comunicación, realizadas por destacadas mujeres de la política, la empresa, el cine… Todas ellas aseguran, cuando se les pregunta, y pese a la diversidad de quehaceres o procedencias, que no son feministas. Por supuesto, están a favor de la igualdad entre hombres y mujeres (faltaría más, digo yo), pero no, no son feministas.

 Algunas argumentan que no son feministas porque les gusta llevar tacón de aguja e ir maquilladas. Otras recalcan que les gustan mucho los hombres. Y unas cuantas insisten en que el feminismo ya es algo superado, que incluso concediendo que en su momento fuera necesario, hoy la sociedad ofrece un gran abanico de oportunidades a las mujeres, y que quien vale, llega tan lejos como muchos hombres.

 Estos son los tres argumentos que más he visto/leído. Los dos primeros no merecen mayor atención, salvo por la constatación de que, por desgracia, ha calado  mucho la tópica imagen de las feministas como una panda de locas que van hechas un adefesio y que están en guerra permanente contra los hombres, con el evidente propósito de exterminarlos.

 Por supuesto, un movimiento de tanto calado y tan complejo como el feminismo ha generado un heterogéneo abanico de ideas, actitudes y personajes. No es imprescindible compartir todo lo que se ha hecho, dicho o escrito,  pero toca un poco las narices que ciertas imágenes calen de un modo tan interesado, sobre todo si va en perjuicio de una idea que sigue teniendo mucho de revolucionario, vista la evolución de la historia de la humanidad: la igualdad real entre mujeres y hombres.

 El tercer argumento para renegar del feminismo tiene más interés que los otros dos. En resumen, y simplificando, viene a decir que se trata de un movimiento superado, puesto que la sociedad ha cambiado mucho, somos mucho más modernos, estamos liberados (y liberadas, sobre todo). El feminismo cumplió con su misión.

Un somero repaso a cómo van las cosas para las mujeres, así, en términos generales, hace que este retrato entusiasta que tratan de trasmitir algunos, se ponga en cuestión sin muchas dificultades. Habría que establecer, en primer lugar, a qué parte de este planeta nos estamos refiriendo cuando hablamos de igualdad entre hombres y mujeres.

Desde luego, no hablamos de Afganistán, donde la mujer  vale poco menos que la nada. O de Arabia Saudí, donde en algún momento se planteó la posibilidad de que las mujeres votaran en las elecciones municipales como un gran favor, y donde conducir es jugártela. Son casos extremos, desde luego. Aunque no los únicos.

La educación de las niñas, la clave para su futuro bienestar, o su futuro a secas, es la gran asignatura pendiente en muchos países, sobre todo en África o Asia. No hace tanto, en Pakistán intentaron matar a una de 13 años por defender en las redes el derecho de las niñas a ir a la escuela.

En un país emergente comola Indiahay menos probabilidades de nacer si se es niña. Y en materia de derechos y libertades para las mujeres, se demuestra que en esta gigante nación, cada día un poco más rico, queda mucho por hacer.  Hace unos días se difundió la noticia de la muerte de una mujer después de una violación múltiple. Un horror.

Si cambiamos de región, y nos vamos, por ejemplo, a México, o algún país de Centroamérica, como Guatemala, podemos comprobar que se ha acuñado un término nuevo, feminicidio, para dar nombre a los numerosos asesinatos de mujeres, en apariencia muertas por el simple hecho de serlo. El caso de Ciudad Juárez es el más conocido, pero no es el único.

¿Y qué hay de Europa, Estados Unidos, el mundo desarrollado, por decirlo de alguna manera? Es verdad que se ha avanzado mucho en numerosos terrenos: la educación, el  mundo laboral, en derechos y libertades… Pero los hechos demuestran a diario que, aparte de lo que queda por avanzar, no hay que bajar la guardia, pues a la que nos descuidemos, más de un logro empieza a correr peligro.

De lo que queda por hacer, sin duda, uno de los aspectos más destacados reside en el terreno laboral, en las posibilidades/dificultades de muchas mujeres para progresar en su trayectoria profesional, para tener un trabajo digno o ganar lo mismo por el mismo trabajo que desempeñan sus colegas varones. Se intenta resolver, a duras penas, la conciliación entre trabajo y familia, pero muchas mujeres siguen teniendo la sensación de que mientras ellas han salido al mundo, muchos hombres aún no han entrado en el hogar.

De derechos duramente alcanzados, se cuestiona, una vez más, y seriamente el de abortar. Durante la última campaña presidencial de Estados Unidos, algunos de los candidatos más conservadores cuestionaban incluso la posibilidad de abortar en caso de embarazo como consecuencia de una violación. En Irlanda, en octubre salió a la luz el escandaloso caso de una mujer que podría haber salvado su vida de habérsele practicado un aborto a tiempo. Y en España, la polémica vuelve a estar servida en lo más duros términos.

Podría extenderme muchos más párrafos con otras muchas cuestiones pendientes (como la violencia de género o la ablación del clítoris, por poner dos ejemplos). Sin embargo, esta pequeña muestra sirve para plantearse si realmente el feminismo está tan superado como creen algunos. Si el feminismo no sirve, habría que inventarse algo como poco similar. O adaptar sus principales planteamientos a estos tiempos movidos. O cambiar el término. No sé. Pero la necesidad de luchar por los derechos de las mujeres, por resolver problemas derivados de esa condición femenina, está más viva que nunca.