Feliz Año Nuevo

Senyor_J

Es inevitable ser repetitivo al referirse al hombre de moda, por lo que lo único que podemos hacer para evitarlo es recurrir a un enfoque calendárico. Probémoslo, porque son mayoría los que, como de costumbre en el mundo occidental, celebraron la llegada de un nuevo año el pasado 1 de enero, pero no podían estar más equivocados. El verdadero cambio de año sucedió la semana pasada con la proclamación de Donald Trump como nuevo presidente de los Estados Unidos de América. Es a partir de entonces cuando asistimos realmente a ese nuevo momento, en que 2016 quedó definitivamente atrás y nos adentramos por fin en el tenebroso año 2017.

Existía una cierta inquietud entre los comentaristas respecto a cuál sería el tono del discurso del nuevo presidente, que se vio claramente expresada a través de tensos y alarmantes titulares. Una vez habló Trump, aquellos que dudaban entre sí el polémico personaje adoptaría una oratoria más comedida o si por el contrario se mantendría en las posiciones expresadas durante su campaña pudieron ver confirmada la segunda hipótesis: Trump seguía siendo Trump y continuaba envuelto de todo un conjunto de nociones que entran en contradicción con numerosos principios claves sobre los que se ha estructurado la política de este primer tramo del siglo XXI que el nuevo presidente parece decidido a empezar a dejar atrás.

Lo más llamativo en estos primeros compases ha sido, no obstante, la permanencia de ese ensamblaje de, por un lado, posiciones propias de la ultraderecha americana, como son la eliminación de la protección social, la xenofobia y la reducción de los impuestos a la mínima expresión, junto a planteamientos, que no por ser menos de ultraderecha, también resultan profundamente antiliberales, como es el repliegue industrial, las barreras comerciales y la guerra declarada a las prácticas habitualmente desarrolladas por empresas multinacionales. Este conjunto de ingredientes de extraño sabor no puede entenderse sin la cocción a la que ha sido sometida la política americana durante los últimos tiempos, en la que interviene un deterioro evidente del papel de Estados Unidos en el mundo, una crisis que ha golpeado sobre todo a las clases menos pudientes y un fuerte deterioro ideológico y orgánico de un Partido Republicano que vive hegemonizado por la herencia del Tea Party: es complicado entender el éxito trumpiano sin ese precedente plenamente vigente de diatribas desaforadas y pensamiento de mínimos.

Seguramente aciertan muchos analistas cuando denuncian que ciertas dinámicas generan monstruos. En efecto, en una sociedad que además de presumir de PIB y de ser la democracia más antigua del mundo, existiera un capitalismo menos salvaje y excluyente, más ilustrado, que reconociera el innegable e imprescindible papel del sector público como garante de la igualdad de oportunidades y del bienestar social, que tuviera una menor vocación de gendarme planetario y que apostase por el despliegue de la mejora de las condiciones de vida por el mundo, difícilmente existiría un personaje como Trump. En cambio, en un país que desconoce el significado de una persona un voto, que considera el acceso a las armas un componente básico de su identidad, que reduce las posibilidades electorales a elegir entre dos opciones con demasiadas simetrías o que cuenta entre sus primeros mandatarios del pasado con gente tan tronada como Ronald Reagan o George W. Bush, este resultado tiene mucho menos de extraño.

Y ahora es momento que Estados Unidos bregue con Trump y que también lo haga el resto del mundo. Un mundo que presume de global pero cuyos ámbitos de decisión política operan casi exclusivamente en clave Estado-nación, excepto para imponer austeridad a aquellos países que amenazan con complicar económicamente la vida. Muchos son los que giran ahora hacia Europa suplicando que sea el faro que alumbre al mundo en esta época de oscuridad, haciendo tabla rasa de lo sucedido en los últimos años, que al fin y al cabo Grecia y el resto del sur de Europa también es Europa pero no tanto. Por no señalar el papelón de líderes y potencias europeas en los conflictos internos que han afectado a numerosos países, dejando tras de sí sangre, miedo, destrucción y desolación en general. Suena a farsa, a tremenda hipocresía, el estremecerse ante lo que este señor puede hacer, como si hasta ahora no estuviera pasando nada.

Trump es muchas cosas y algunas son muy importantes. Entre otras cosas es un monstruo del sistema, no un antisistema. Forma parte de un selecto grupo de personas tremendamente rico cuya fortuna se amasa explotando aquellos aspectos del sistema económico global más beneficiosos para una minoría y menos para una mayoría. Como tal ha sido capaz de elevarse entre los medios de comunicación y convertirse en un personaje muy popular. Ha conjugado su presencia en espacios televisivos comeneuronas con una retórica despectiva que ha fascinado a la América profunda y ha sintonizado con valores preocupantemente enraizados. Mientras todo el mundo alertaba del populismo que traía la difusión del chavismo, va ese hongo y nace nada menos que en el centro del Imperio. ¿Cómo explicar que un partido orgánico como el republicano degenere hasta promover la candidatura presidencial de Trump, sin destruir todos los marcos que sostienen ese modelo bipartidista tan propio de Occidente, basado en el recambio? ¿Quién alertará ahora de los peligros de la izquierda radical, del populismo de izquierdas, de Podemos, cuando es en el corazón del sistema donde surge el monstruo que amenaza con devorarlo todo? ¿Y si Trump fuera solamente el monstruo definitivo, una versión mejor acabada de pequeños monstruitos que han ido surgiendo antes que él y que ya hace tiempo que están invirtiendo el sentido del cronómetro en países semejantes?

El bueno de Donald ha sido presentado como una deformidad, como una aberración democrática, cuando la pura realidad es que es un digno producto de fuerzas e ideologías que llevan convergiendo varias décadas. La culminación de un proceso de múltiples engaños, en que se ha renunciado a defender a toda costa el bien común y se han aceptado los postulados del individualismo salvaje. El hijo de una era de siembra de vientos que ahora pasa a la tempestad.

Saquen el paraguas pero no miren hacia el cielo como si no supieran de donde han surgido esas nubes.