Familia, género, trabajo y políticas públicas

José S. Martínez García

Me gustaría compartir con Vds. unas reflexiones a cuenta de un seminario sobre género, familia y trabajo al que tuve ocasión de asistir. Salí de allí con la idea de que, simplificando mucho la realidad, podemos considerar que hay trabajos buenos y malos, y familias buenas y malas. Un trabajo bueno está bien pagado, se desempeña en condiciones físicas agradables, permite grandes márgenes de autonomía en su ejecución y de algo así como de “realización”. Lo contrario sería un trabajo malo. En una familia buena, las personas se apoyan, respetan, quieren y toman decisiones colectivas teniendo en cuenta los intereses de todos sus miembros, y estableciendo alguna compensación para los que salen perjudicados, cuando el conflicto de intereses es inevitable.

Hago esta simplificación de la realidad para poder discutir sobre cómo creo que podrían mejorarse las políticas de conciliación familiar y personal. La sensación que tengo es que muchas políticas se diseñan pensando que ambos miembros de la pareja tienen ocupaciones buenas, que además, necesitan de carreras profesionales intensas. Por ejemplo, si uno de los miembros es abogado y el otro médico, es posible que si cesan su actividad profesional durante tres años se descualifique considerablemente. Pero si uno es mensajero, y otro cajero en un supermercado, no hay mucho riesgo de que la interrupción afecte a su proyección laboral.

Digo esto porque cuando se tienen hijos, se está haciendo hincapié en que no se abandone la carrera profesional. Eso puede ser sensato en las ocupaciones buenas, pero no tanto en las malas. Si soy teleoperador, ganando 600 € al mes, y mi pareja cajera de un supermercado, ganando un sueldo similar,  ¿qué política pública nos interesaría más de las dos siguientes?:

a)     El Estado nos ofrece una plaza de guardería, que le cuesta 400€

b)     El Estado nos ofrece un cheque de 400€ si uno de los dos deja de trabajar para cuidar al menor hasta que cumpla los 3 años.

Dado que el trabajo es malo, es bastante posible que compense más los 400€ y no trabajar, que ganar 600€ trabajando y estar menos tiempo con el hijo. Sin embargo, si los dos tienen buenos trabajos, cuya carrera se puede ver perjudicada por su paso a la inactividad, preferirían la primera opción.

El problema de esta política, desde una perspectiva de género, es que ya sabemos quién de los dos se quedaría en casa. Es decir, una política como ésta, neutral ante el género (cualquiera de los puede elegir no trabajar), puede terminar siendo una política que contribuya a perpetuar los estereotipos de género. Pero una política que no ofrece la opción de que uno de los dos quede en casa, es una política pensada sólo para las personas que tienen buenos trabajos. Dicho de otra forma, hay una tensión entre clase y género, pues las políticas que son mejores para las mujeres de las clases populares son contraproducentes para los intereses de género de las mujeres de clases altas, que no desean que otras mujeres contribuyan a perpetuar estereotipos.

Creo que uno de los problemas de parte del movimiento feminista es que, en vez de reconocer este choque de intereses, prefiere creer que hay mujeres alienadas, pues no reconocen sus intereses de género, cuando realidad lo que sucede es que les pesan más sus intereses de clase. Esto ha conducido a actitudes “evangelizadoras” hacia las mujeres de clases populares con una mirada más tradicional sobre la división del trabajo, pues no saben realmente “lo que quieren”.

La tensión entre género y mercado de trabajo se puede paliar con diseños que incentiven a que sean los hombres, y no las mujeres, quienes tomen la baja remunerada para el cuidado de los hijos.

Otra tensión de la que no he hablado es de cómo todo esto interactúa con el tipo de familia, si es buena o mala. Si la mujer de clase baja tiene una “buena familia”, es más probable que su incentivo a trabajar sea menor, pues el salario del trabajo fuera de casa puede no compensar su esfuerzo. Sin embargo, si tiene una familia “mala”, sí que le compensa. Esto se observa fácilmente si comparamos las tasas de actividad (población que trabaja o busca trabajo) por estado civil.

En la Tabla 1 vemos que las mujeres con menor tasa de actividad son las que tienen un nivel de estudios menor, y, por tanto, se enfrentan a peores tipos de empleo. Las mayores diferencias en tasas de actividad se producen entre las mujeres casadas y las divorciadas. Y las diferencias más pequeñas entre los distintos estados civiles se producen entre las universitarias. Excepto en las viudas, sus tasas de actividad superan el 80%, ya estén solteras, casadas o divorciadas. Tal y como se piensan muchas políticas de género, tienen en cuenta más bien los intereses de las universitarias que los del resto de mujeres.

A todo ello, no debemos olvidar que la familia puede ser “mejor” para la mujer si desempeña una ocupación remunerada, independientemente de la ocupación sea buena o mala. Ello se debe a que mejora el poder de negociación de la mujer en el seno de la familia, gracias a los ingresos que aporta, así como su autonomía, pues no deben depende de otros para lograr dinero. Las mujeres de clases populares suelen expresar esta contradicción, por un lado, echando de menos un mundo idílico dedicado al hogar, por otro, agradeciendo que tienen más independencia y poder que sus madres gracias a su trabajo (malo) remunerado.

Desde el punto de vista político, también existe una tensión, entre ser sensible a las demandas sociales, diseñando así políticas que logren el mayor apoyo posible, y querer transformar el mundo existente. Una política conservadora estaría cómoda con que las mujeres se mantengan en su papel tradicional de cuidadoras, mientras que una política progresista lucha por terminar con los estereotipos de género. Pero si la política progresista no es sensible a las diferentes sensibilidades por clase social, puede suceder que las mujeres de clases populares prefieran apoyar las políticas conservadoras, pues están más en sintonía con sus intereses.

Tabla 1. Tasas de actividad (porcentaje ocupado o que busca trabajo sobre el total) de las mujeres entre 25 y 64 años.

 ESTADO CIVIL
Soltera Casada Viuda Separada o divorciada Total
SIN ESTUDIOS 18,8 12,7 2,0 43,3 9,7
PRIMARIOS 49,1 26,1 6,8 55,2 24,9
SECUNDARIOS(1) 81,2 59,4 34,1 80,3 63,7
SECUNDARIOS(2) 87,5 71,8 32,4 85,0 75,4
UNIVERSITARIOS 87,6 81,1 35,1 87,2 82,5
Total 78,5 52,5 10,1 75,9 53,2

Fuente: EPA, II trimestre de 2010