Extremismo ideológico

Lobisón

 El día 20 Paul Krugman comparaba a David Osborne con uno de los actores de los Tres Chiflados, que disfrutaba golpeándose la cabeza contra la pared por el gran alivio que sentía cuando dejaba de hacerlo. Osborne había argumentado que la economía británica volvía a crecer gracias a la dieta de austeridad a la que había sido sometida, y Krugman sospecha que simplemente está volviendo a crecer al pasar el efecto de los recortes a los que ha sido sometida. La mejora se habría producido al dejar de golpearse la cabeza contra la pared, no gracias a los golpes.

Los defensores más razonables de la austeridad sostienen que era necesaria para recuperar competitividad provocando la llamada deflación interna. Lo que no pueden explicar es por qué era necesaria una recesión salvaje en vez de un acuerdo de rentas que permitiera ganar competitividad en un plazo razonable. Y es que en este punto hay dos razonamientos, el primero de los cuales es que en ausencia de una recesión los ciudadanos no se habrían plegado a una disminución paulatina de su poder adquisitivo. Este razonamiento no responde a ninguna experiencia empírica, sino a una fuerte desconfianza ideológica en el juicio de los electores, y por tanto en la democracia. Y, desde luego, no tiene para nada en cuenta el efecto devastador que la imposición de la austeridad ha tenido en las instituciones de la democracia, y la profunda desconfianza que ha sembrado en los ciudadanos.

El segundo razonamiento es el de que la austeridad era necesaria para superar la crisis de la deuda soberana. Con la austeridad salvaje habría debido volver la confianza a los mercados. Como todo el mundo sabe, a estas alturas, la confianza sólo volvió cuando el BCE amenazó con comprar deuda de los países afectados por una prima de riesgo disparada, y, por usar la expresión de Draghi, esto fue suficiente, frenando los movimientos especulativos, para que los márgenes de rentabilidad volvieran a su cauce. Es decir, que el segundo razonamiento era también puramente ideológico.

Que la ideología dominante entre los economistas y dirigentes europeos haya podido, en contra de toda evidencia, llevarnos por una senda que ha agravado las consecuencias de la crisis bancaria e inmobiliaria, debería llevarnos a amargas reflexiones. Los ‘verdaderos creyentes’ pueden imponer decisiones terribles, y terriblemente equivocadas, en contra de los intereses de la mayoría y de cualquier consideración sobre los daños causados a miles y millones de personas inocentes.

Pero tenemos ejemplos más cercanos de los efectos nefastos del extremismo ideológico. La minoría de ‘verdaderos creyentes’ ha llevado en España a Gallardón a proponer una reforma de la ley del aborto que no era necesaria y que sólo agravará los problemas sanitarios de la interrupción voluntaria del embarazo. Pero que, además, somete de nuevo a las mujeres a un calvario completamente innecesario, y en el caso de las malformaciones no mortales pretende que las mujeres acepten tener un hijo con defectos o enfermedades que le acompañarán mientras vivan. Así las mujeres deberán volver a la resignación y al dolor como norma de sus vidas. O reunir 5.000 euros para interrumpir el embarazo en algún país civilizado, como lo era España hasta que Gallardón y Rajoy llegaron al gobierno.