Exterminio en directo

Barañain

Cuentan las crónicas que en el Vaticano se vivió un Domingo de Resurrección triste, en el que el Papa mostró un semblante pálido y severo para reclamar una reacción de la comunidad internacional ante la persecución que sufren  los  cristianos en Oriente Medio y África, víctimas de ataques sectarios y de matanzas como las recientemente  protagonizadas en Kenia por los asesinos de Al-Shabab. Ya había hecho un llamamiento similar ante el Parlamento Europeo. En la homilía del Viernes Santo se denunció “la inquietante indiferencia de las instituciones mundiales y de la opinión pública” y en el Vía Crucis del Coliseo Francisco destacó que estas persecuciones y crímenes ocurren “bajo nuestros ojos o con frecuencia con nuestro silencio cómplice”.

No debería ser noticia que un Papa se alarme así por el acoso a sus fieles. Pero lo es y eso es significativo y revelador de un cambio de actitud que es de agradecer. Porque el propio Vaticano ha sido también, lamentablemente,  observador pasivo de una persecución que no ha empezado anteayer. La postura de Francisco es, afortunadamente, muy diferente de la mantenida por su antecesor. Hace cuatro años, yo mismo traía a este Debate Callejero las reflexiones del ateo francés de origen judío Bernard-Henri Levy que constataba la significativa  incomodidad con que se recibía su  denuncia de que “los cristianos forman hoy, a escala planetaria, la comunidad más violenta e impunemente perseguida”. Era la incomodidad de este Occidente justa y orgullosamente laico pero a la vez temeroso de enfadar al fundamentalismo islámico, que simulaba ignorar  la suerte de los católicos en Irán, o en Sudán, o en Argelia o en Siria, o la de los coptos egipcios, o la de los evangelistas eritreos, etc. “Frente a la eliminación lenta, pero segura, de los últimos vestigios  de esas iglesias cristianas de Oriente que tanto aportaron a la riqueza espiritual de la humanidad, ya no hay nadie (que se oponga o lo denuncie)”,  clamaba entonces el filósofo francés.

Mi artículo, en esa ocasión,  destacaba que ese silencio cobarde se extendía al Vaticano pues el entonces Papa, Benedicto XVI, solo exigía libertad religiosa a China dejando exentos de su requisitoria a los países musulmanes en general y los árabes en particular, que  se libraban de cualquier reprobación por  ese motivo, “y eso  que es justamente en el mundo islámico donde más evidente es la inexistencia de libertad religiosa y donde se verifica la eliminación, lenta pero segura, de los últimos vestigios de las iglesias cristianas de Oriente (de los judíos apenas queda allí ya nada que eliminar).”(  http://www.debatecallejero.com/navidad-en-belen ). Ahora, cuatro años después, justo es reconocer que el Vaticano se expresa con otro vigor. ¿Servirá para cambiar la actitud de la comunidad internacional? ¿Llega tarde el llamamiento?

Porque el caso es que los están exterminando. Los cristianos están siendo aniquilados en Oriente Medio silenciosamente (aunque con puntuales exhibiciones mediáticas de las matanzas) y por aquí seguimos haciendo como que no nos damos cuenta de un genocidio que se desarrolla a pocos kilómetros de nuestros hogares, que casi podríamos contemplar en directo. En los últimos tiempos son las huestes del Estado Islámico, de Al Shabab o de Boko Haram las que protagonizan los episodios con relevancia mediática pero  esta masacre de los cristianos por el mero hecho de serlo se viene produciendo desde hace tiempo en los países musulmanes, no es ninguna novedad.  Algunos ejemplos: la población de cristianos en Irak, que antes de la Segunda Guerra del Golfo llegaba al millón de habitantes, se ha reducido a menos de un tercio (la mayor parte de ella se encuentra en el Kurdistán, la región autónoma iraquí bajo control kurdo). En Siria había más de dos millones censados en 2009 y ahora rondan el cuarto de millón. En Egipto, hasta mediados del siglo pasado, los cristianos coptos sumaban alrededor del 40% de la población (entre 21 y 23 millones), mientras que hoy oscilan entre los 8 y los 10 millones. Había un 20 por ciento de cristianos en el conjunto de Medio Oriente a principios del siglo pasado y ahora apenas son un 5 por ciento.

Escribía hace unos días Jon Juaristi  (“Garissa”, ABC 5.4.15) que “la matanza de un centenar y medio de estudiantes cristianos en la universidad de Garissa (Kenia) a manos de un grupo de asesinos islamistas confirma una vez más la espantosa certeza de que, en el globalizado siglo XXI, los miembros de las diferentes confesiones cristianas han devenido, en los países de mayoría musulmana, chivos expiatorios de sus frustraciones políticas y económicas … Los cristianos ocupan hoy en la Casa del Islam un lugar semejante al que la Europa suicida de la primera mitad del siglo pasado reservó a los judíos”.  Frente al elogiable apoyo -aunque aún muy timorato y contradictorio- que manifiestan un buen número de organizaciones y comunidades musulmanas occidentales a las víctimas de las salvajadas yihadistas, Juaristi constataba que “en los países de mayoría musulmana el silencio general ante las masacres de cristianos delata una conformidad e incluso un regocijo tácito semejante al de las poblaciones europeas de los años cuarenta del siglo XX ante el exterminio de los judíos”

No se atisba, en efecto, la más mínima reacción en los países islámicos  –reacción colectiva, palpable, significativa en fin- ante esta persecución implacable  cuya sucesión continuada de episodios brutales hace ya imposible un recuento exhaustivo de las víctimas que va acumulando. ¿Por qué no levantan la voz y se manifiestan en las calles los fieles seguidores de Alá que dicen rechazar esta barbarie?¿A qué esperan sus líderes religiosos para condenar sin paliativos estas prácticas brutales en cada oración de cada mezquita cada viernes de cada mes? La respuesta a estos interrogantes sigue siendo un silencio atronador que parece revelar más complicidad que cobardía.

Pero si no me sorprende ese silencio de los musulmanes, sí que me impresiona  la desidia e indiferencia de la comunidad internacional frente a esta tragedia. Nos perturba la barbarie yihadista cuando sucede en nuestro entorno pero la defensa de estas comunidades masacradas en Asia y África brilla por su ausencia. Alguien podrá decir –como explicación o justificación-  que tampoco nos conmueven especialmente las matanzas cuando afectan a los musulmanes que son víctimas de su propia violencia sectaria (¡otra cosa sería si su muerte pudiera achacarse a Israel!). Pero aquí se trata de algo más: lo que cifras y testimonios confirman es que lo que está sucediendo con los cristianos en esa parte del mundo, sobre todo en Irak y en Siria, es un exterminio claramente planificado que para nuestra vergüenza ha pasado inadvertido, o ha sido obviado o minusvalorado, cuando no consentido, por los gobiernos occidentales. ¿Acaso el hecho de que el cristianismo sea mayoritario en el mundo occidental hace difícil que europeos y americanos puedan imaginarse  esta religión como víctima perseguida?  

Sin duda influye el hecho de que el anticristianismo, como señala Juaristi, “no sólo constituye uno de los ingredientes básicos de la modernidad occidental, sino una fobia que se considera honorable”. Aún recuerdo la consternación que me produjo una conversación mantenida sobre esto hace unos años –más o menos por las fechas en que escribí el artículo en Debate Callejero al que antes he aludido-, con un pequeño grupo de compañeros de trabajo, gente culta y responsable, políticamente ubicados en la izquierda o el centro izquierda (alguno, en la derecha moderada), y agnósticos o ateos, que no podían entender mi interés por la suerte de los cristianos de Oriente. Somos así: capaces de ver por todas partes fascismo e intolerancia en Europa, que los hay, prestos a denunciar el racismo pero solo en una dirección (¡cuidado con la islamofobia!)  y encantados  de ser tolerantes con los intolerantes mientras asistimos, impasibles, a la exhibición sistemática de su barbarie en aquellas tierras, precisamente allí donde nació la tradición judeocristiana, pilar fundamental de nuestra civilización, de lo que hoy somos. A este paso, el cristianismo, ya residual en esos países, desaparecerá con rapidez. Es decir, desaparecerán los cristianos y no por evolución natural: “o convertidos forzosamente al islam o asesinados (como durante la primera expansión –mediante la espada– de la religión de Muhammad).”