¿Existía realmente una línea roja en Siria?

Barañaín 

Dentro de poco, perderemos la cuenta de las víctimas del conflicto que enfrenta a Bachar El Assad y su clan alauita con una buena parte de su pueblo. Enfriado el entusiasmo informativo despertado por la fugaz primavera árabe, asistimos a la ración diaria de horrores con una especie de  bostezo universal que se instaló entre nosotros  desde que se hizo evidente que nadie movería un dedo por parar la sangría siria. Apoyando la insurgencia libia se agotó la aportación occidental a la democratización del mundo árabe. Los EEUU respaldaron a los europeos,  en esa ocasión, a regañadientes. Más tarde, en Egipto, dejaron claro que lo importante para ellos era el pacto con la Hermandad Musulmana de Morsi. ¿Y en Siria?, bueno, qué quieren, lo de  Siria fueron siempre palabras mayores.

“La inacción estadounidense agrava, radicaliza y multiplica los riesgos del conflicto sirio, entre ellos, la eventual caída de parte del arsenal químico de Damasco en manos yihadistas.” Así de contundente se mostraba, en su editorial, El País del pasado lunes y no seré yo quien critique tan rotundo pronóstico. Hace ya un año el predicador Obama hizo como que advertía al carnicero de Damasco de que el empleo de armas químicas sería para su administración  el cruce de una línea roja que no toleraría. “No fanfarroneo”, dijo con la solemnidad que acostumbra. Hasta hoy.

Ahora las evidencias se acumulan: primero fueron los israelíes, probablemente la inteligencia más fiable de la zona, luego los ingleses y ahora también los propios estadounidenses, quienes han confirmado lo que los insurgentes venían denunciando sobre el uso de armas químicas contra ellos. ¿Y qué hace la administración Obama?  Pedir a la ONU que lo investigue. Como si no supiéramos de sobra lo que cabe esperar de semejante encargo. La diplomacia rusa ya se ha enojado por lo que juzgan intolerable  “especulación”; como para creer que va a poder promoverse una investigación sobre el terreno.  Y, por si acaso, los portavoces de la Casa Blanca empiezan a dejar caer la idea de que, en realidad, no entendimos bien a Obama pues, cuando aludía a una “infranqueable línea roja”, se refería con ello al “uso sistemático” de esas armas químicas. Si ese uso no es sistemático –y, ya se sabe, defíname sistemático-, sino sólo ocasional, El Assad puede estar tranquilo, no irán contra él.

Reconocer la aversión de Obama a asumir riesgos, parece que ya no es rendirse a la propaganda de obsesivos neo-con, sino constatar una evidencia, ahora que asistimos ya a su segunda legislatura (bendito sistema electoral que no permite repetir por tercera vez). Y es que la realidad se impone por encima de los discursos bienintencionados. En realidad hace tiempo que Obama dio muestras de optar por un liderazgo meramente discursivo  impartiendo lecciones de  “superioridad moral”. 

En sus memorias, el exconsejero socialista vasco José Ramón Recalde contaba como ante la policía franquista puso en práctica algo que había leído de Jean Paul Sartre para quien el torturador no soportaba la mirada de su víctima. El bueno de Recalde  miraba fijamente al matón  pero no paraba de recibir golpes a cambio. Su conclusión: el torturador no había leído a Sartre. ¿Le habrá  sorprendido a Obama que a los Assad, Kin Jong-un, Ahmadineyad y compañía les importe un rábano su discurso de párroco global? ¿Se habrá creído en algún momento de su carrera  que los grandes matones del mundo actual podrían caer rendidos ante su oratoria? Prefiero creer que no ha habido tal ingenuidad en la Casa Blanca; que lo de Obama es sólo teatro. 

 Buscando una explicación a la pasividad de las democracias europeas frente a la barbarie de El Assad, Timothy Garton Ash (“Siria: lo que se nos viene encima”               http://elpais.com/elpais/2013/04/26/opinion/1366973086_762888.html) llegaba a una conclusión simple: “Siria es, por decirlo de alguna forma, un país lejano del que no sabemos nada. Allí no están muriendo hombres ni mujeres europeos, salvo algunos valientes corresponsales de guerra y, según informaciones recientes, unos cuantos yihadistas y aventureros. Pero existe otro motivo por el que no estamos inmersos en un debate apasionado como los que mantuvimos a propósito de Bosnia e Irak: nadie sabe qué hacer”. Creo que –dado el histórico seguidismo europeo respecto a los EEUU-, una explicación de ese no saber qué hacer en Siria está en la Casa Blanca. ¿Cómo se traduce el discurseo moralizante de Obama en acción política?

Si alguien creyó que respecto a Siria se había fijado una línea roja, un límite a lo que podríamos tolerar sin intervenir, hoy estará comprobando que se trataba de una ilusión sin fundamento. Pero, más allá del espanto sirio, la lección más preocupante que los malos-muy-malos están aprendiendo –decía la editorial de El País-,  es que “las amenazas del presidente de EEUU —y por extensión de las potencias democráticas que se pretenden guardianas de un sistema de valores civilizado— son palabras vacías”. Y la historia nos enseña que, ante esa evidencia, las fieras se vienen arriba. No es de extrañar que el déspota norcoreano prosiga su escalada de provocaciones, que la teocracia iraní siga en sus progresos nucleares y que El Assad dosifique el gas sarín sobre sus sufridos súbditos. Creen que tienen barra libre.

6 pensamientos en “¿Existía realmente una línea roja en Siria?

  1. Hoy en un artículo en El País, Jesús Núñez Villaverde (“Por qué EEUU no quiere intervenir”) alude a esas línea roja imaginaria anunciada por Obama hace un año a propósito del posible uso de armas químicas por parte del régimen sirio. Para el articulista está claro que si Obama pide, ahora, una evaluación definitiva que aclare si de verdad se están usando esas armas “sólo quiere ganar tiempo para no tener que enfrentarse a la decisión de adoptar medidas militares directas”.

    Aun siendo consciente de que “los ataques químicos son un test del régimen (sirio) explorando los límites de la paciencia internacional”, el autor se muestra comprensivo con esa resistencia a actuar y supone –con fundamento- que lo importante para Obama debe ser que El Assad no pierda el control de ese arsenal, evitando su paso a manos de Hezbolah o de otros asesinos en serie.

    O sea que mientras El Assad siga dosificando con prudencia el gas sarín no hay peligro de que se actúe contra él, por los riesgos de la operación y los antecedente poco alentadores. ¿Y si fuera alguno de los insurgentes quien usara esas armas?, ¿se actuaría entonces, ante la evidencia del descontrol?, ¿y, en ese caso, contra quién se actuaría?

  2. Pone Barañain como chupa de dómine a Obama, del que se podrá decir que sólo tiene discursos…pero que discursos!!!! Con la mitad nos dábamos por estos lares con un canto en los dientes.

    Creo que la poca participación hoy en este articulo ha servido, sin quererlo, como analogía de la consideración que este problema tiene en el conciertointernacional. Mientras este la cosa que ni para un lado ni para otro, moverse no se mueve nadie, que cuesta popularidad y pasta. Lo mismo cuando se acerque la cosa a un final…comienzan los alineamientos más o menos vergonzantes.

  3. No puedo dejar de comentar este artículo aunque mi comentario vaya a quedar rápidamente sepultado por el artículo de mañana. El articulista sería el primero que pondría el grito en el cielo cuando los hermanos musulmanes o una versión peor, dominaran Siria y empezaran a amenazar a Israel. O cuando el caos de milicias sin fin, que ya domina las zonas liberadas, tuviera el mismo efecto.
    Es verdad que Siria está lejos y sólo mueren árabes ahí. Y también que nadie sabe bien qué hacer. Pero qué propone el articulista exactamente? Que Obama invada? Que dé armas a una oposición fragmentada en la que, al menos en el frente, dominan facciones más que peligrosas? Que tire una bomba nuclear?
    Y para EEUU tiene una opción mejor que Obama???

  4. Barañaín no menciona la dimensión internacional del conflicto sirio. Obama queda como un bocazas y, en parte, lo es. Pero lo cierto es que EEUU no puede intervenir en Siria sin el consentimiento ruso. si se demuestra fehacientemente la existencia de armas químicas, el caso se llevaría a la ONU y, aún asi, si Rusia y China vetan atacar a Siria, no habrá nada que hacer. Lo de Siria es la guerra de Vietnam del siglo XXI. Rusia e Irán seguirán mandando armas y petroleo a Assad y Turquía, Arabia Saudí y Quatar seguirán mandando dinero y armas a los rebeldes suníes. En la guerra de Vietnam, ni EEUU ni la Urss ni China sufrieron nada. La atrocidad de la guerra la sufrieron los vietnamitas, mientras los otros les suministraban armas y dinero. En el caso actual ocurre otro tanto de lo mismo. Hay cientos de miles de refugiados vivendo en el sur de Turquía o en nooeste de Jordania. El verano puede ser atroz para toda esta gente, pero las potencias mundiales y los conflictos religiosos entre suníes y chiíes permanecen impasibles ante esta catástrofe.

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