Excesivo respeto

Millán Gómez

 

El secretario del Estado Vaticano, Tarcisi Bertone, ha visitado esta semana España reuniéndose uno tras otro con el Presidente del Gobierno, la Vicepresidenta Primera, el Rey, el líder del PP, etcétera. Tenía la agenda de lo más ocupada. El Gobierno, en consonancia con su posición, defendió sus posturas en materias como la asignatura “Educación para la Ciudadanía” o el aborto. A pesar de ello, el Ejecutivo ha tenido que poner el freno de mano y aplazar sine die una gruesa batería de medidas laicistas. ¿Por qué? Por las feroces e irresponsables críticas de la Conferencia Episcopal Española. No en vano, los piropos de Bertone a la Vicepresidenta De la Vega y sus guiños al Gobierno socialista fueron, cómo no, motivo de crítica en la cadena de los obispos, siempre dispuesta a criticar a quien sea si no defiende sus preceptos, aquellos que reflejan la verdad absoluta sin posibilidad de matiz alguno.

 

El Gobierno ha recibido con gran diplomacia a Bertone. La sensación que da es que el Ejecutivo Central ha intentado mostrarle el camino a la Conferencia Episcopal, es decir, transmitir una imagen de cierto entendimiento y un mínimo respeto mutuo con el Vaticano para que la jerarquía eclesiástica española reflexionase sobre su relación con el Gobierno. Se trataba de mostrarles el camino y tenderles la mano de un modo indirecto pero suficientemente explícito. Para ello, mostraron sus mejores galas y lo recibieron con todos los honores. La imagen copó todos los titulares de los medios de comunicación.

 

El Ejecutivo es perfectamente consciente de esa intransigencia y no le queda otra que aplazar objetivos a medio plazo, como por ejemplo la regulación de la eutanasia. El propio Zapatero anunció que no se producirá durante esta legislatura, aunque algunas encuestas apunten que el 80 % de la sociedad española se muestra a favor de esta práctica. A pesar de que vivimos en un Estado aconfesional, la religión católica sigue teniendo mucha influencia, aunque vaya perdiendo adeptos a marchas forzadas, muy especialmente dentro de la juventud. También se puede entender como una decisión electoralista, en el sentido de que es arriesgado acometer ciertas reformas que desmovilizasen al electorado católico pero que vota al PSOE. Es, por lo tanto, un puzzle de muy diferentes y complejas piezas donde este Ejecutivo tiene que buscar el equilibrio necesario para no crear alarmismo en la sociedad y menos en un contexto económico crispado como el actual y cerca de varias contiendas electorales que servirán de prueba de fuego tanto para el partido del Gobierno como para la oposición.

 

Independientemente de todo esto, los árboles tienen que dejarnos ver el bosque. Por mucha diplomacia que se tenga con la Iglesia, ya sea con el Estado Vaticano o con la propia jerarquía española, ellos nunca van a dejar de defender sus principios, los cuales consideran sagrados e indiscutibles, tal y como defendió el propio cardenal Bertone. No podemos esperar de ellos ningún tipo de aperturismo en temas tan polémicos como el matrimonio homosexual, el aborto o la eutanasia. Con la Iglesia nos hemos topado, amigos. Ellos esperan que el Gobierno matice o modere sus planteamientos pero ellos se mantienen inamovibles en sus posiciones maximalistas. El Gobierno quizás peque de inocente porque es poco menos que imposible llegar a acuerdos con quien nunca dará su brazo a torcer y no es capaz de amoldarse a los tiempos que corren. Todos los avances que la Iglesia pueda conseguir van a ser escasos desde su punto de vista. Siempre van a querer más, son un ejemplo andante de voracidad sin límite. Prueba de ello es que este Gobierno es del que más dinero han recibido y aún así dicen, en palabras del Obispo de Toledo, que “si España deja de ser católica ya no es España”.

 

Es importante que el Gobierno haya defendido con tesón planteamientos como “Educación para la Ciudadanía”, los matrimonios homosexuales y el aborto pero aún queda mucho por andar. Hasta el día en que la Iglesia reflexione, entienda que existen otros modos de pensar y que no por ello viven en pecado, que la sociedad evoluciona y ellos no lo hacen a la par, este Ejecutivo podrá reunirse con cortesía y dar pequeños pasos pero nunca los suficientes. El Gobierno no ha renunciado a sus ideas, que nadie se lleve a engaño, sino que las ha aplazado al encontrarse durante estas dos legislaturas con una jerarquía eclesiástica que no es capaz de pararse a reflexionar por qué la juventud le da la espalda y por qué cada vez más ciudadanos están cansados de escuchar discursos anacrónicos en pleno siglo XXI. Pero, claro, con la Iglesia nos hemos topado, con todo lo que eso significa.