Euskadi, a cuatro bandas

Barañain

 Empeñados como estamos los vascos en dar siempre la nota discordante, los resultados del 22M no iban a ser una excepción: no podían seguir exactamente el mismo patrón que en el conjunto de España. Y no sólo por el factor Bildu. 

 El PSE estaba abocado en principio al mismo deterioro político que en el resto de España pero cabía esperar un resultado atemperado en su caso por dos factores: uno, el menor impacto de la crisis económica en el País Vasco y de las consiguientes medidas de ajuste que se  habían tenido que adoptar y otro, el hecho de que estas elecciones eran un test para el gobierno vasco de cambio que había normalizado el clima político en esta comunidad.

 El PNV afrontaba también el test tras su pérdida del gobierno de Vitoria y de su primera experiencia como fuerza opositora, con un doble juego de fuerte  beligerancia hacia Patxi López y entendimiento parlamentario con Zapatero. El PP tampoco podía sacar pecho, como hacían sus correligionarios en otros lugares, por su corresponsabilización con el gobierno autónomo. Y Bildu comparecía a las urnas como novedad principal, sin desgaste alguno  y con la campaña electoral hecha de antemano,  gracias a la contumacia de la derecha política y judicial, secundada por el gobierno central.

 El único vencedor claro ha sido Bildu y sobre su éxito ya se ha escrito hasta la saciedad. PSE, PNV y PP, en mayor o menor medida, han perdido posiciones. El PSE ha sufrido una importante derrota que le ha hecho perder la mayor parte de su poder institucional local (conserva algunos bastiones históricos, como Éibar, Baracaldo, etc…). El PNV -cada vez más, partido nacionalista “vizcaíno”-, sólo conserva en Guipúzcoa cuatro alcaldías en localidades pequeñas. El PP -cuya presencia municipal en Euskadi ya era muy limitada-,  ha perdido poco, apenas un dos por ciento de sus votos,  pero eso contrasta con el tsunami protagonizado a escala nacional. Esta era la ocasión para recobrar la Diputación de Álava y la ha desaprovechado (seguramente, los dos diputados de IU -sector Madrazo, qué fatalidad-, darán su apoyo al candidato del PNV).

 De autocrítica y de asumir responsabilidades, nada de nada. Para los socialistas vascos, en el catastrófico resultado  ha pesado más el arrastre del PSOE de Zapatero que el posible contrapeso de su gestión en el gobierno de Vitoria. Pero  si la labor de dos años en el “gobierno del cambio”, tras larga hegemonía del nacionalismo, no es valorada lo suficiente por los ciudadanos (ni siquiera para mitigar el descalabro general), no cabe esperar un juicio mucho más benévolo cuando sea este gobierno el que haya que revalidar.   Sin embargo,  en el análisis postelectoral que presentó Patxi López ante su partido no había sitio para reconocer error alguno en su gestión. El desastre sólo era imputable a factores ajenos a su política (la crisis económica mundial, los errores en la gestión del gobierno central, el desdibujamiento de la socialdemocracia europea, etc…);  ¿Y el gobierno vasco? Bien, gracias.

 Tras el recuento de votos, la cosa ha empeorado. La reacción ha sido la de enquistarse en las viejas posiciones. Ante la irrupción de Bildu, PSE y PP intentaron conformar con el PNV un pacto a tres que evitara el acceso de esta formación al poder allá donde esas tres fuerzas tuvieran mayoría. Ese intento de pacto anti-Bildu sonó a viejo.  En cualquier caso, el PNV en Guipúzcoa -donde su posición es más problemática-, no estaba por la labor. Dando por hecho que retendría la diputación alavesa sin necesidad de pactar con el PSE, entregó a Bildu la alcaldía de San Sebastián confiando en que podría retener más tarde la Diputación de Guipúzcoa -en Euskadi las diputaciones son una importantísima fuente de poder-, porque ni PP ni PSE permitirían que cayera en manos de la izquierda abertzale y aún sin pacto, votarían al candidato peneuvista (como hizo en Elorrio el concejal del PP del que hablábamos aquí hace unos días).  Sin duda, contaban con la presión social que se produciría en ese sentido. Parece que tal presión no surtirá efecto y al PNV le puede salir cara su apuesta prepotente. 

 Tal vez por parte socialista debiera haberse intentado con más ahínco un acuerdo a dos con el PNV. En los medios se especulaba con que tal acuerdo hacía peligrar la estabilidad del gobierno de Patxi López, cuya continuidad depende del apoyo del PP vasco. A mí al menos no me  han quedado nada claras las estrategias negociadoras -si realmente las ha habido-, de unos y otros.  Tal vez el deterioro de las relaciones entre ambos partidos  hacía inviable ese acuerdo.

 Un pacto así hubiera dado mayor estabilidad a la política vasca y hubiera prefigurado un posible – y razonable- escenario para la próxima legislatura autonómica en la que, normalizada la presencia abertzale y finiquitada ETA, desaparece la excepcionalidad que ha hecho posible y deseable la actual e insólita experiencia de gobierno minoritario socialista con apoyo externo del PP. 

Tal vez unos y otros, socialistas y peneuvistas, han jugado con fuego. Los socialistas, apeados de la mayor parte de instituciones no pueden fiar su supervivencia política a la continuidad en el gobierno autónomo que se antoja inverosímil. Una mayoría nacionalista con toda probabilidad los dejará en la intemperie. Pero en esa mayoría el PNV  tampoco podrá estar muy cómodo. Ahora cederá la Diputación de Guipúzcoa y ahí Bildu llega para quedarse. 

Con el PNV como dueño y señor de Vizcaya, Bildu gobernando Guipúzcoa, el PP mayoritario en Álava (aún sin conseguir la diputación) y el PSE instalado (¿por poco?) en el gobierno autónomo, ¿quién se atreverá a discutir el pluralismo de la sociedad vasca?