Eurovisión o la perplejidad del oyente

Frans van den Broek

Uno no debería dedicarle a este asunto más que un somero comentario en una tarde de copas con amigos, o tal vez una efusión de sobremesa más con el objeto de llenar el tiempo que de decir algo que sobrepase el nivel de los sonidos, pero de alguna manera el tema se impone a la conciencia como una vieja culpa o como una declaración de impuestos que no se acaba rellenar. A decir verdad, ¿qué hace uno mirando Eurovisión en primer lugar? Debo confesar que a pesar de la urticaria cerebral que me produce su contemplación y no obstante mis denodados intentos de ausentarme para el mundo en el día de gracia de su celebración, año tras año me veo inevitablemente enfrente de la televisión para regalarle a Cronos las tres horas que cuesta enterarse del ganador, tras haber soportado a los representantes de la nueva Europa perpetrar sus engendros musicales. Confieso que, además, disfruto del proceso, opinando sobre las canciones, haciendo apuestas sobre posibles ganadores y, al final, comprobando durante la fiesta democrática de la votación que los bloques culturales europeos son cualquier cosa menos papel mojado y que la estética y la democracia no son categorías siempre bien avenidas.

 

La pregunta que me hago todos los años, sin excepción, es ¿cómo es que se ha llegado a esto? Quiero decir, qué fuerzas han estado en juego para que un continente con una tradición musical tan rica y variada como Europa venga a estar representado por sonsonetes melifluos que parecen la misma canción en 42 variantes. De acuerdo, no se le puede exigir a las grandes masas que aprecien las dodecafonías de Schönberg o las agresivas trompetas de Wagner, ni creo que sería aconsejable –sobre todo en aras de la salud pública-, pero de allí a haber producido un género aparte que es el de Eurovisión, caracterizado por la banalidad más descarada, hay un trecho cuyo origen me es difícil de entender. Este camino fue tomado hace mucho, antes incluso que las votaciones de los televidentes, pues ya cuando había jueces la tendencia a la canción sosa y sentimentaloide era evidente. Peor aún: la tendencia a la canción uniforme e indistinta, con rasgos nacionales la mayor parte de las veces sólo presentes a modo de souvenir turístico.

 

Aquí debo enfatizar que tampoco creo en la sabiduría de las élites artísticas ni en la superioridad de las músicas así llamadas clásicas sobre las populares. Este es uno de aquellos mitos que le cuestan al contribuyente el mantenimiento de costosas orquestas y el montaje de insulsas piezas arqueológicas, como las óperas, cuyo valor es cuando menos dudoso y hasta deletéreo. Pero sí que creo en que es posible distinguir en la música ciertas cualidades que hacen posible la discriminación entre obras blandas e insustanciales y obras cuyo efecto es más profundo y duradero. Por supuesto, no es fácil dar cuenta conceptualmente de dichas cualidades, por lo que se tiene que recurrir a metáforas y a otros medios indirectos, pero podemos afirmarlo sin necesidad de tener que demostrarlo de manera conclusiva. Me imagino que la música produce en el oyente una reacción acorde con el ser propio del mismo, por lo que es razonable suponer que un mayor entrenamiento en el ejercicio musical tendría que darnos una mejor posibilidad de apreciación de las cualidades que hacen de la música algo valioso o no. De ello se deduce también que el estado apreciativo del oyente medio europeo –del que vota en Eurovisión, al menos- no es precisamente esperanzador, aunque tampoco lamentable, simplemente mediocre. Es probable también que ese sea el estado general de apreciación del ser humano en este momento de la historia, pues nada me hace suponer que el oyente chino o indio vaya a ser notablemente mejor que el oyente europeo.

 

Como fuera, no es fácil, repito, explicitar en qué consisten las cualidades que distinguen a una pieza musical de otra en cuanto a valor estético. Y, sin embargo, algo se mueve, parafraseando a Galileo. Esto es, la música nos conmueve de una manera u otra, y una pieza de Bach no nos produce lo mismo que una pieza de Julio Iglesias, sin que esto signifique una depreciación de la última en cuanto a su valor para el individuo que la disfrute. Ciertos medios indirectos de juicio están ya a disposición del teórico de la música, de otro lado. De acuerdo a algunos estudios neurológicos, la audición de música con cierto grado de complejidad tiene un efecto cerebral distinto a la de una música más repetitiva o simple. Esto es, involucra a más zonas neuronales en patrones más complejos de activación. El efecto es superior en músicos profesionales, por cuanto estas zonas siguen afectadas o en operación incluso cuando no se está oyendo música o practicándola, probablemente porque el músico la imagina y forma parte de su paisaje mental a todas horas. Ahora bien, complejidad no es necesariamente calidad, como lo sabe cualquier oyente de música contemporánea, y este criterio no puede dar cuenta del efecto profundo que producen músicas simples –tomemos el canto gregoriano, por ejemplo- en situaciones de audiencia musical intensificadas por otros factores. De todas formas, en general puede decirse que una pieza de canto gregoriano no produce el mismo efecto que una canción pop. A esto tiene que añadirse que la música tiene funciones distintas según el contexto, y es difícil, por tanto, comparar músicas cuyos contextos de ejecución y audiencia son diferentes. Pero volviendo al tema: ¿qué ha pasado con Eurovisión para que la música se haya convertido en lo que podemos escuchar todos los años?

 

Dentro del contexto de Eurovisión, empero, debo señalar que ayer pude apreciar canciones de cierto nivel y de evidente intención reivindicativa de las propias nacionalidades. Todas están hechas con la debida profesionalidad y, en la medida que buscan la estética eurovisionista, lo hacen con eficiencia. Tengo cierta debilidad por la música popular europea, razón por la cual mis preferencias se inclinaron hacia aquellas que intentaron, al menos de modo tangencial, incorporarlas a sus temas, cual fue el caso con Moldavia, Portugal, Armenia o Turquía. Tengo más debilidad por las caderas femeninas, por lo que me hubiera gustado ver a Turquía ganadora, algo que, además, le hubiera dado la oportunidad de organizar el evento, probando a todo el mundo que Estambul es una ciudad tan europea como cualquiera, y quizá esto hubiera añadido un grano de arena a la incorporación de Turquía en la Unión Europea. Pero al final ganó la canción más insulsa de todas, quizá por la simple razón de que la mayoría de votantes son mujeres y que el jovencito aquel de Noruega estaba de buen ver. Las votaciones, de todas formas, están sesgadas de antemano por afinidades geográficas, lingüísticas o culturales. Dado que vi el programa en Finlandia, no pude dejar de notar que Estonia fue uno de los pocos votantes que asignaron buen puntaje a Finlandia, algo que concuerda con su afinidad lingüística y cultural. Ni siquiera decenios de opresión soviética han podido borrar el hecho de que su lengua es una de las pocas, junto con la húngara, la finlandesa y la vasca, que no es indoeuropea. Su cercanía al finlandés se traduce en una natural inclinación por el próspero vecino del norte. Lo mismo ocurre con los países balcánicos, los cuales, guerras no obstante, siguen votándose unos a otros, por no otra razón, me imagino, que la afinidad cultural. Los escandinavos hacen lo propio, y hasta Portugal vota a España y viceversa. Quizá esa sea la razón de que los países fundacionales europeos, Francia y Alemania, se queden solos a menudo, aparte del hecho de que presenten canciones sin carisma.

 

Quizá, después de todo, mi perplejidad eurovisionista se trate de un asunto generacional. Mi hija, de doce años, supo quién sería el ganador al instante, y hasta envío por sms su voto a Noruega, a pesar de mis protestas, que, con buen criterio, desatendió. Hubiera sido difícil explicarle mis razones, sin embargo, incluso si habláramos la misma lengua, que no es el caso. Porque, ¿cómo explica uno la dulce sensación de melancolía que me produjo la canción portuguesa, y qué podría haber dicho, además de mi debilidad por las caderas femeninas y la danza del vientre, en favor de la canción turca? El gran pensador anarquista peruano, Manuel González Prada, hombre sin comedimientos a la hora de expresar sus afecciones y, sobre todo, sus aversiones, creo que lo dijo hace ya tiempo mucho mejor de lo que yo podría expresarlo. Para él, como para todo revolucionario, la sociedad se encontraba en perpetuo cambio, y dichos cambios los forzaban las generaciones nuevas, poco respetuosas de las fijaciones y herrumbres de los mayores. Por ello acuñó la frase: los viejos a la tumba, y los jóvenes a la obra. Cada día es un paso más cerca de la tumba, pero en días como el de ayer, y mientras veía a mi hija acertar sin problemas, me dije que tal vez hay días en que uno da dos pasos en vez de uno, y en buena hora, además. Que sean los jóvenes los que decidan qué hacer con su visión de Europa. A mí, ya me han dejado atrás, sin remedio.