Europa sigue pedaleando

Barañain

¡Ya tenemos nuevo Tratado de la Unión Europea! En Lisboa ha nacido la nueva criatura. Bien, de acuerdo, el momento no es propicio para un continental repique de campanas en señal de entusiasmo, ni para recitar las disposiciones del texto a los sones de la Oda final de la novena sinfonía de Beethoven, con su contagiosa alegría. Desde luego, el momento es menos épico que funcional.  Pero, por eso mismo, es un momento muy…europeo.

Cierto es que se trata de un apaño -otro más-, pero también que sirve para salir del atolladero y desbloquea un proceso paralizado tras el rechazo en varios países de la Constitución Europea. Enseguida se han destacado las diferencias del nuevo Tratado con el texto de la fallida Constitución empezando por la desaparición de determinados elementos de evidente carga simbólica como son la propia denominación de “constitución”, el himno, la bandera, y otros. Cierto es que si Sarkozy pretendía un “minitratado” lo que ha salido de Lisboa es algo bien diferente: un ladrillo de 250 páginas, sólo apto para muy entendidos, algo “sin chispa” según el editorial de ayer de El País.  


Pero reconozcamos que, con este Tratado, “un tiempo de turbulencias en cuanto al futuro de Europa ha quedado atrás” tal y  como ha indicado el presidente Zapatero, enfatizando lo que para la Unión supone de “serenidad” y “fortaleza” el nuevo marco institucional acordado. Y ese es el dato más relevante. Al menos para quienes creemos que lo peor que podía pasarle a Europa era seguir ensimismada, paralizada, sin proyecto de futuro. Porque en esto es igualmente cierto aquello de que “si no pedaleas, te caes de la bici”.

No ha sido fácil el trabajo hasta llegar al Tratado ahora acordado. Por un lado, el primer ministro británico, Gordon Brown, presionado por la oposición y los medios euroescépticos, había amenazado con la organización de un referéndum si las “líneas rojas” definidas por su gobierno no eran respetadas (refiriéndose a derogaciones en materia de seguridad y justicia). Por otro lado, se ha tenido que rehusar la pretensión polaca de atenuar la reforma del derecho de voto que reducirá a partir de 2017 el peso de Polonia.  

Salir del atolladero en que se encontraba la UE  implicaba decidir cosas básicas tales como la consolidación del Consejo de la UE que por fin contará con un Presidente fijo, el refuerzo de su política exterior, la agilización en los procesos de toma de decisiones (aun con sus inevitables excepciones “a la polaca”), las limitaciones al derecho de veto (que no podrá aplicarse ya sobre un número importante de asuntos), y otras.

El hecho mismo de que los gobiernos europeos hayan sido capaces de sobreponerse a la parálisis institucional ya es un dato relevante. Aunque estemos tan acostumbrados a ello, y no nos parezca nada extraordinario, deberíamos ser capaces de valorar lo que supone  esta salida de la crisis política porque no se trata de algo obvio o previsible. Ni es precisamente común en este mundo actual en el que las relaciones internacionales se caracterizan más bien por la tendencia al cronificación de los conflictos. Europa sale de su encrucijada en positivo dando muestras de su buena salud política e institucional, pese a los agoreros.

Por otra parte, el eco que entre nosotros está teniendo el contenido del Tratado de Lisboa muestra la principal limitación o insuficiencia con que afrontamos en nuestro país la política europea. A menudo los comentarios se centran en cuanto gana o pierde España con tal o cual modificación, analizándose todo en la medida en que pueda tener utilidad como baza para el desgaste del adversario y no tanto por el interés intrínseco de los acuerdos como elementos para hacer posible la gobernabilidad de la Unión Europea. Lo mismo da que se hable del nuevo sistema adoptado para la toma de decisiones (55% de países que agrupen al 65% de la población) o de asignación de los nuevos  escaños con que contará el Parlamento Europeo. Y en este último caso, aún cuando es evidente que una vez agotado el tema como munición contra el adversario, casi nadie es capaz de retener el número de escaños de eurodiputados con que contamos y, menos aún, de identificar a un número mínimo de sus titulares.

Es como si viéramos aún Europa no como el nuevo ámbito en el que ejercitamos nuestra ciudadanía sino como un escenario, cercano pero ajeno, en el que se ventilan intereses nacionales. Juzgamos a nuestros representantes sobre todo por lo que han conseguido en Europa porque parece que se trata de eso, de “conseguir” cosas y no tanto de hacer que el conjunto funcione mejor.

Como siempre, la celebración de este tipo de cumbres, es terreno abonado para la crítica demagógica que trata de resaltar la distancia entre gobernantes y gobernados contraponiendo a modo de ejemplo el supuesto perfil burocrático de la reunión de “los mandamases”  con la festiva, popular  y multitudinaria manifestación que puntualmente se convoca en la ciudad sede del encuentro,  exhibiendo imprecisos agravios y reivindicaciones variadas – generalmente ajenos unos y otras al objeto de la reunión que les da pretexto-, que para algunos siempre gozan de un plus de representatividad de la ciudadanía europea que parece regatearse, por el contrario, a los únicos que ostentan legítimamente dicha representatividad.

Forma ya parte del ritual que acompaña a estas cumbres  europeas que estas voces críticas  denuncien  la frialdad, lejanía e inaccesibilidad de esta Unión  para los ciudadanos europeos y la voluntad de los gobernantes de hurtar a sus respectivos pueblos un pronunciamiento respecto al nuevo Tratado ante el temor  de nuevos rechazos como los que hicieron naufragar el proyecto de la Constitución Europea. La conclusión de que los mandatarios que han alcanzado el Pacto lo hacen  prescindiendo –o en contra-, de  los deseos mayoritarios de sus pueblos es tan fácil como excesiva e injusta. ¡Como si los rechazos en algunos de los referendos fueran expresión de una menor vocación europea en Francia u Holanda que en España, por ejemplo, y no reflejo de ajustes políticos de cuentas dentro de esos países!  ¡Como si el mandato representativo –por  el que se legitiman todos los gobiernos europeos-,   pudiera ponerse en cuestión por la ausencia de plebiscitos!

Es preciso asumir con naturalidad y sin mala conciencia la complejidad del proceso de ingeniería  política de la construcción europea –algo consustancial al proyecto-, y entender que hubiera sido imposible llegar al punto de desarrollo político en que estamos –inconcebible en este continente tan guerrero hace apenas unas décadas-, sin estos tiras y aflojas, avances y retrocesos, sin altibajos en la  implicación ciudadana y en su entusiasmo.

Felicitémonos, porque Europa sigue pedaleando.