Europa no enamora

Marta 

El próximo 7 de junio se celebran elecciones al Parlamento Europeo. Las cifras convierten a esta convocatoria electoral en algo, a primera vista, fascinante: más de 300 millones de ciudadanos de 27 países diferentes, desde Portugal a Bulgaria, desde Suecia a Grecia, votan todos el mismo día para una misma institución común, a los 785 diputados que componen el Europarlamento. Resulta apabullante si tenemos en cuenta la convulsa historia de nuestro continente.

 

Y sin embargo, no parece existir una especial emoción ante dicha convocatoria, la séptima que se celebra desde que en 1979 se puede elegir al Parlamento mediante sufragio universal y directo cada cinco años. Es la única institución europea que tiene esa cualidad democrática, y si no me equivoco, es la única institución internacional de esta naturaleza que existe en el mundo. Pese a todo ello, se prevén unas cifras de abstención récord en la mayor parte de los países de la Unión Europea, entre ellos, España.

 

Se pueden señalar muchas razones para ese distanciamiento de la ciudadanía. Creo que una de las más importantes es el hecho de que la gente, en general, no termina de entender cómo funciona la Unión Europea y qué papel le corresponde a cada institución. Y eso, en el mejor de los casos, pues en otras muchas ocasiones, los ciudadanos directamente no logran comprender nada.

 

Resulta difícil asociar la idea que tenemos de cada una de nuestras instituciones nacionales con cada una de las instituciones europeas, puesto que el funcionamiento no es exactamente el mismo. La Comisión Europea tendría funciones propias del poder ejecutivo, y el Parlamento Europeo del legislativo. Pero eso es simplificar en exceso el asunto, pues el Consejo de la Unión Europea (antes, Consejo de Ministros) cuenta con importantes potestades legislativas. Encima, su nombre se confunde con facilidad con el del Consejo Europeo, que es el encuentro semestral de Jefes de Estado y Gobierno, o con el Consejo de Europa, un organismo internacional distinto al de la Unión Europea (admito que he tenido que comprobar los nombres en la web de la Unión Europea).

 

Todo esto no es más que parte del abc de la Unión Europea. Ante tal panorama, no es de extrañar que muchos desistan de seguir profundizando en el tema. Y mejor no hablemos de los tratados constitutivos y de los tratados que reforman a éstos primeros. Desde Niza, muchos han perdido el hilo de lo que sucede en la Unión, y se suceden los debates sobre si el invento se ha vuelto excesivamente grande e inmanejable.

 

Se tiene una idea más o menos clara: la Unión Europea es fundamental para muchas parcelas de nuestras vidas. Como muestra dos ejemplos claros y contundentes: el euro y las subvenciones agrícolas. Pero más allá de estos ejemplos, se percibe mucha confusión a la hora de distribuir “culpas”, y más en países tan descentralizados como el nuestro. Al final, pasa lo que pasa, y es que unos cuantos optan por decir que la culpa es de Zapatero.

 

Respecto al Parlamento Europeo, no se termina de tener una idea clara de cuáles son sus funciones. Es verdad que se han reforzado con el paso de los años, para que gane en relevancia política y capacidad de decisión. Pero da la impresión de que, en muchos casos, el Europarlamento sirve como medio para “quitarse de en medio” gente de los partidos políticos que por un motivo u otro resulta “incómoda”.

 

Ésta apreciación puede resultar un tanto injusta, puesto que en el Parlamento Europeo ha habido y hay gente realmente brillante (pienso, por ejemplo, en José Borrell). Pero al mismo tiempo, da la impresión de que se considera como una guinda, el final de una carrera política, concibiendo así a esta institución un cementerio de elefantes, al estilo de nuestro inefable Senado. Y eso tampoco motiva mucho a la hora de votar.

 

La evolución de las próximas semanas será previsible: una campaña electoral medida en clave interna, con un Gobierno marcado por la crisis económica y el principal partido de la oposición política anegado en casos de corrupción política (en el caso de España), y una jornada electoral marca por las cifras de abstención.

 

No obstante, pese a todo lo anterior, no puedo evitar pensar en que no deja de ser fascinante que tantos millones de europeos vayamos a hacer una misma cosa un mismo día, un mismo acto democrático. Incluso en el caso de que sólo votásemos un tercio de los electores, seríamos cerca de 100 millones de personas procedentes de 27 países distintos. Es algo hermoso, sobre todo cuando volvemos la vista atrás, hacia los infortunios de nuestra historia común.