Europa de vuelta a las andadas

Prometido

El Consejo Europeo de finales de la semana pasada, como ya analizó aquí Roselló, fue un paso en la buena dirección, pero insuficiente. Todas las concesiones que Monti extrajo, con ayuda de Hollande y Rajoy, de Merkel tienen un horizonte de medio y largo plazo. En cambio, ayer el Banco Central Europeo, el único actor que puede suplir la lentitud de actuación de la Unión Europea, dio la de arena.

El otro Mario, Draghi, rebajó el tipo de interés del Euro al 0.75% (por primera vez por debajo del 1%), argumentando que no hay ningún peligro de subida de inflación dadas las dificultades económicas generalizadas por toda la Eurozona y la evolución a la baja de los precios del petróleo, pero añadiendo que no estaba por la labor de acometer nuevas intervenciones extraordinarias, léase más manguerazos de liquidez bancaria y, desde luego, nuevas compras de deuda pública española e italiana en los mercados secundarios (el BCE tiene prohibido comprarla directamente a los Estados).

En contraste, la Reserva Federal norteamericana mantiene el tipo de interés del dólar al 0,25%,  extiende el “twist” (mecanismo para vender deuda a corto y medio plazo y comprar deuda a largo para mantener bajos los tipos de interés a largo plazo) dotándose de la capacidad para movilizar 267.000 millones de dólares adicionales y se declara dispuesto, si las circunstancias lo requirieran, para actuar de forma extraordinaria incluso comprando bonos corporativos, es decir, deuda de empresas privadas. En Japón, el Banco Central mantiene (desde hace lustros) un tipo de interés cercano al 0% y se prevé que la próxima semana reactivará su programa de compra de activos. Por último, el Banco de Inglaterra anunció decidió ayer mismo mantener el tipo de interés de la libra (por tercer año) en el 0,5% e inyectar 62.000 millones de euros adicionales a su programa de recompra de activos.

Es decir, el problema no es el euro sino la filosofía del Bundesbank que inspira a la autoridad supervisora de la Eurozona. Los demás bancos centrales, tan independientes como el BCE, tras analizar la dramática situación de la economía de los países más desarrollados, concluyen que no hay otro remedio que complementar la política económica con medidas monetarias extraordinarias para tratar de capear el temporal, es decir, evitar el colapso económico y social. En cambio, el BCE tiene, por analogía con el Bundesbank, el único mandato de mantener controlada la inflación.

Cierto, bajar los tipos de interés a prácticamente cero y comprar activos financieros de dudoso valor, no es necesariamente una buena solución. En el último año el BCE se ha apartado en algunas ocasiones de la estricta doctrina del Bundesbank y en septiembre, cuando se publiquen las cifras del denominado “target 2”, veremos en los riesgos en los que ha incurrido al aceptar dar dinero en efectivo a los bancos europeos a cambio de “papelitos” que desde luego no valen la cifra que llevan impresa, si es que valen algo. Seguir traspasando “activos tóxicos” de los balances de los bancos privados europeos al balance del Banco Central no es demasiado saludable. Como tampoco seguir comprando deuda pública de los países que no son capaces de refinanciar su deuda en los mercados internacionales.

Pero la alternativa es peor. España tiene un problema muy serio de “ladrillo”, esto es, de préstamos dados por los bancos con garantías de suelo, promociones e hipotecas que ya no valen lo que parecían o no van a poderse cobrar en su integridad. Italia, por su parte, tiene una deuda pública superior al 100% del PIB. Pero ambos países son viables, es decir, son solventes, porque producen lo suficiente como para poder ir absorbiendo sus respectivos “agujeros”, al menos si continúan haciendo “los deberes” y ajustando sus balances presupuestarios. Tienen un problema grave porque sólo encuentran prestamistas a tipos de interés suicidas. Es decir, que si siguen devolviendo préstamos que vencen por las que pagaban un 2 o un 3% a base de endeudarse nuevamente al 6 o al 7%, dejarán de ser solventes dado que el coste de los intereses de la deuda impedirá que equilibren sus balanzas presupuestarias.

De ahí que Monti se plantara la semana pasada hasta que consiguió que Merkel aceptara flexibilizar las condiciones en las que el Mecanismo de Estabilidad Europeo (MEDE), que debe entrar en vigor en los próximos días, pueda comprar deuda pública de los países de la Eurozona que no pueden refinanciarse en los mercados a tipos sensatos, incluida la pérdida de su condición de acreedor preferencial (lo que espantaría a otros compradores de deuda) y que pueda recapitalizar directamente a los bancos en problemas (sin que compute como deuda pública nacional y lastre por tanto el diferencial de deuda del país en cuestión).

Pero la recapitalización bancaria directa quedó pospuesta a cuando el BCE se convierta en el verdadero supervisor bancario de los sistemas bancarios nacionales y no sólo de la zona euro en su conjunto, reemplazando así a los bancos centrales nacionales y a la descafeinada Autoridad Bancaria Europea con sede en Londres. Por tanto, hasta dentro de algunos meses la recapitalización bancaria, incluida la solicitada por España cuyos detalles se dilucidarán en la reunión del Eurogrupo del próximo día 9, seguirá computando como deuda pública y seguirá obligando no sólo a las entidades financieras destinatarias de la ayuda sino a España en su conjunto, que se verá obligada a asumir las “recomendaciones” que la acompañen.

Y además, Merkel no aceptó que el MEDE pase a tener la licencia bancaria que le permitiría apalancarse frente al BCE para aumentar su dotación de 500.000 millones de euros, lo que le habría permitido eludir el obstáculo que supone la prohibición de que el BCE compre deuda pública directamente.

Es decir, seguimos prácticamente en las mismas, especialmente si el Banco Central se niega a actuar para aliviar las tensiones hasta que todos esos acuerdos puedan aplicarse. De ahí que, mientras Draghi hablaba ayer, la prima de riesgo se disparara de nuevo y la bolsa se desplomara. Y eso que estamos a primeros de julio. Lo digo porque en los últimos veranos las tensiones extremas que acaecían en agosto se achacaban en parte a la volatilidad exagerada propiciada por el escaso volumen de operaciones del verano.

La única vertiente positiva de lo que pasó ayer es que nos acerca un poco más al abismo por el que, si llegamos alguien no lo remedia, nos despeñaremos todos, Merkel y Draghi incluidos. Sí porque si Grecia se ve obligada a hacer “default” el primero que se queda con el culo al aire es el Banco Central, que tiene varios cientos de miles de millones de euros en deuda griega. Y el Banco Central somos todos pero especialmente Alemania. Vale, Grecia no es solvente y los griegos son unos corruptos así que, en momento en el que calculemos que nos cuesta más mantenerles con vida que dejarles morir, les dejaremos caer. Muy bien pero ese cálculo no vale con España e Italia, especialmente con esta última cuyo volumen de deuda pública circulante en los mercados internacionales es de los mayores del mundo. Y además ambos países son la tercera y cuarta economías más grandes de la Eurozona.

Rajoy se dispone a realizar recortes adicionales por 30.000 millones de euros y su Vicepresidenta exige a las Comunidades Autónomas asumir la mayor parte del sacrificio. Sin duda hay economías de escala y ahorros sensatos realizables y también sin duda gran parte de los recortes volverán a centrarse en lo más fácil y lo menos justo: sacrificios de los menos pudientes. Aparte del efecto contractivo que todo ello tendrá sobre la demanda interna y el consumo que alejará la perspectiva de reactivación económica, no servirá para nada si el BCE sigue en sus trece.

Pero no seguirá. En las próximas semanas, el ínclito Draghi tendrá que intervenir, con la aquiescencia de Merkel, y abandonar su farol de ayer. Y si no que dios o quien sea nos pille confesados, pero a ellos también.