Estupidez intelectual y política

Frans van den Broek

Si aún hacía falta prueba alguna para entonces, el siglo pasado nos demostró con ardor y fruición inusuales que la inteligencia, la erudición o la educación humanistas no son salvaguarda contra la estupidez o la intemperancia intelectual, ni contra el desvarío moral o incluso la maldad en el terreno de la política. De entrada es preciso puntualizar que el balance es, en general, -al menos, quiero creer que lo es- positivo, en la medida en que a pesar de las atrocidades cometidas por todos lados en nombre de una u otra ideología o tendencia política, a menudo simples máscaras para la tiranía o el despotismo, la humanidad ha conseguido adelantar siquiera un poco en la dirección de un clima político más signado por la democracia y menos por la satrapía, y quiero creer que parte de este desarrollo se debe también al trabajo intelectual de unos cuantos y la abnegación, sacrificio o simple esfuerzo de muchos. No han faltado, sin embargo, casos notables de imbecilidad o inmoralidad en el estamento intelectual.

De esto trata el conocido libro de Mark Lilla, “The reckless mind: intellectuals in politics”, que agrupa una serie de artículos aparecidos en The New York Review of Books y The Times Literary Supplement y dedicados a unas cuantas figuras importantes del panorama intelectual europeo del siglo pasado. El libro ha merecido bastante atención de la crítica y los medios, y ha sido publicado en España, por lo que es innecesario abundar en su análisis, pero creo que el tema es de aquellos que requieren una renovación constante en la conciencia colectiva del mundo intelectual y artístico (y, huelga decirlo, del mundo político, influído en no poca medida por corrientes intelectuales en primer, segundo o tercer grado de dilución). Lo primero que sorprenderá al lector durante su lectura es la colosal estupidez de algunos de los más importantes pensadores del siglo veinte, rayana en lo psicótico en algunos casos. Y lo segundo será tal vez la persistente similitud del pensamiento de estos intelectuales, al menos en los aspectos que les llevaron a la temeridad política, con ciertas formas degeneradas de religiosidad y de cautiverio psíquico de tipo neurótico y, repito, hasta psicótico.

Tómese el caso de Heidegger, por ejemplo, bastante aireado en el mundo intelectual desde la famosa aparición del punzante libro de Victor Farías sobre sus relaciones con el nazismo. Desde entonces han aparecido muchos otros y nada hace suponer que se detendrá esta tendencia. Cualquiera que fuera la opinión que nos merezcan sus escritos, el lector de sus obras no puede sino reconocer la potencia de su genio y la originalidad de sus interpretaciones de la condición humana y la historia de la filosofía. De poco le sirvieron estos atributos, empero, para escudarse contra el influjo del nazismo en la Alemania de los años treinta. Que más tarde no tuviera ni siquiera la decencia de arrepentirse, de puro orgullo, imagino, es irrelevante en este contexto. Lo que ha de preguntarse todo intelectual moderno no es tanto en qué medida Heidegger fue un miserable nazi, sino en qué medida uno podría haberse protegido de la influencia del espíritu anti-semita y dictatorial de la época. Una de las naciones más avanzadas del planeta, en lo que atiene a su sistema de educación o a su tecnología, se vio después de todo embrujada por la promesa de un Reich imperecedero y superior que redimiría al pueblo alemán de su estado de derelicción y bajeza moral. El lenguaje mesiánico de Hitler fue de carácter esotérico-religioso, y lo mismo le pasaba al oscuro lenguaje heideggeriano, y magro consuelo sería el convencernos de que nuestra más calmada racionalidad hubiera sido suficiente como para alejar de nuestros predios mentales a los genios malignos de la esvástica. La razón, como sabemos, también pare monstruos variopintos y no menos temibles que los del pintorzuelo de Austria. Es verdad que hubo muchos que sí resistieron dicha tentación y supieron mantener la dignidad, pero otros sucumbieron a una religiosidad opuesta o paralela, como la del comunismo más extremado o la de corrientes sectarias de corte milenarista.

En otros pensadores, como Carl Schmitt o Walter Benjamin, también tratados por Lilla, es bastante más flagrante la impronta religiosa, si bien Benjamin se ha hecho famoso antes que nada por su incursión en el marxismo teórico. Pero el propio marxismo tiene un elemento mesiánico que se apropia de la dialéctica hegeliana y la naturaliza, por lo que el interés de Benjamin por la Kabbala no está, en el fondo, demasiado alejado del espíritu original judaico de Marx. El juicio de Scholem de que Benjamin era un “teólogo extraviado en el reino de lo profano” parece a todas luces justo. Un teólogo que coqueteó con ideas de violencia de origen divino, decisionismo radical o nihilismo político. Al final, Lilla sugiere que Benjamin se vio desgarrado entre estas dos tendencias de su pensamiento, aquella que lo orientaba hacia el mesianismo o el misticismo, y la que le hacía querer instaurar un orden social nuevo, una nueva ley que consumara la historia.

En el libro de Lilla aparecen también, aparte de Hannah Arendt, Karl Jaspers o Alexandre Kojeve, las imponentes figuras intelectuales de Foucault y Derrida. Digo imponentes no como un juicio sobre la validez en sí de sus filosofías –que, confieso, me parecen en no poca medida desdeñables-, sino por su influencia en el mundo cultural y académico del siglo en cuestión. Sólo por mencionar algo, aún hoy las facultades de literatura del mundo occidental (de las orientales sé poco, aunque no me es imposible imaginarme una situación similar) siguen cautivas del pensamiento posmoderno, del cual son representantes principales los filósofos mencionados. De las facultades de ciencias no podrían haberse apropiado, por la sencilla razón de que dicha conversión filosófica hubiera resultado en la más siniestra de las catástrofes. No quiero ni pensar en qué hubiera pasado si a algún físico nuclear con autoridad sobre materiales radioactivos se le hubiera pasado por la mente dudar de los límites semánticos de la tabla periódica, condenándola como sistema de poder y represión. O si a algún médico le hubieran entrado ganas de difuminar las categorías semióticas de la topografía humana. Pero en una facultad de letras se puede hacer lo que le venga a uno en gana, porque lo más que se pierde es la paciencia y, si acaso, la financiación de algunos patronos o del estado. La cantidad de libros, artículos, conferencias, que se han producido bajo la égida posmoderna es monumental, pero su valor está a la vista. Mientras las especulaciones de esta laya se limitaron a analizar los signos del cambio epistémico en la obra de Baltasar Gracián o los trazos del poder paternal en las novelas de Conrad, no hubo mayor problema, pero no pocos posmodernos se dedicaron también a proferir opiniones sobre asuntos políticos que requerían de menos disolución de fronteras semánticas y de más sentido común y esfuerzo racional. Foucault y Derrida se encuentran en este grupo.

Es verdad que los filósofos franceses, de cualquier cotarro, tienden a dramatizar y a querer impresionar al burgués, pero de ahí a apoyar a Jomeini, como hizo Foucault, o a justificar a un nazi, como hizo Derrida con su discípulo Paul de Man, hay un trecho que mentes más equilibradas no están dispuestas a tomar. Con todas sus cualidades, que sin duda tienen, las filosofías de estos autores ostentan la mala costumbre de enredarse en galimatías sin sentido cuya única justificación es enmascarar la falta de argumentos y pretender profundidad. En la vida diaria, cuando alguien empieza a dudar del sentido común de las palabras, y a tomar un gato por un pato, se tiende a llamar a los del mandil blanco, pero en la filosofía posmoderna se les concede una cátedra, algo en lo que América se especializó en las últimas décadas. Foucault fue un aplicado investigador de temas y momentos históricos, escogidos e interpretados con tendenciosidad, cuya motivación más urgente era, según Lilla, de carácter antes neurótico que filosófico. En esto exagera, me parece, pero es verdad que Foucault llevó hasta el paroxismo retórico la necesidad de desenmarscarar el poder en sus formas más esotéricas y de justificar toda marginalidad y rebeldía (con causa o sin ella). Lilla parece hallar en su homosexualidad la clave de buena parte de su pensamiento, y en su necesidad de experimentar los extremos la razón incluso de su muerte prematura. En el marco de una filosofía abtrusa y dada al nietzscheanismo, no es de extrañarse que muchas de sus posturas políticas no hayan sido sino ex-abruptos impulsivos que embellecía con su impecable prosa. Tampoco es de extrañarse que el tipo de enajenamiento que su pensamiento representa hallara eco en el autoritarismo irracional de algunas revoluciones contemporáneas, como la iraní ya mencionada. La religiosidad de puño cerrado es la contraparte del exceso hedonista, supongo, y, en el fondo, su imagen invertida.

Derrida, en cambio, dadas las premisas escépticas y retóricas de su filosofía, se escamoteó durante mucho tiempo de aseveraciones positivas en el terreno político, aparte de afirmar que se consideraba hombre de izquierdas, sin más clarificaciones entendibles. Porque las inentendibles abundaban, pero estaban asociadas a su proyecto de deconstrucción de la filosofía y de textualización del universo, por lo que era imposible saber qué se suponía que debía uno hacer durante las próximas elecciones, o qué pensar de los impuestos, o de la economía, o de la subida de precios, pues temas tan vulgares no cruzaron su horizonte intelectual. Bastante tenía con la composición de obras irreprochables en su habilidad de confundir lo claro y de amargar lo dulce, pero en cierto momento de su carrera, bajo la influencia de un escritor de raigambre teológica, Emmanuel Levinas, y, presumiblemente, de Lacan, decidió asentar sus especulaciones éticas sobre la roca inamovible de un sólo concepto originario, la Justicia, cuya definición, huelga decirlo, está más allá de las palabras, y tiene la cualidad de lo sagrado y hasta de lo sacrificial. Aquí también se encuentra una vena nietzscheana, de carácter voluntarista, cuyo impulso es la creatividad y su justificación, un poder vuelto sobre sí mismo. Ambos autores, Foucault y Derrida, se aliaron de esta manera con modalidades de pensamiento político que tienen más afinidad con la tiranía que con la democracia realmente existente.

Porque esta es la algo melancólica conclusión de Lilla, la constatación de que en la naturaleza humana pervive siempre una vena de filotiranía latente, la cual se ha apropiado de la mente y el corazón de los intelectuales una y otra vez, desde los tiempos de Platón y sus fallidos intentos de inmiscuirse en política en Siracusa hasta la ceguera moral de los compañeros intelectuales de viaje de una u otra ideología. El carácter intelectual tiende, además, al utopianismo, a querer traducir en realidades los sueños de la razón y de la imaginación. Muchas veces este impulso tiene raíces nobles, pero tantas otras lo son menos, y se hunden más bien en la confusión personal y hasta en el trauma o la locura. Ser conscientes de este fenómeno es tarea difícil, en parte porque sus efectos no comparecen siempre de manera clara a la conciencia de los propios intelectuales o de sus contemporáneos. Por eso no puedo imaginar otra defensa mejor contra esta tendencia que la confrontación necesaria de las propias opiniones con otras, proceso garantizado en las democracias, y la constante necesidad de compulsar las palabras con el mundo, un mundo que incluye no sólo los hechos y las cosas, hasta donde nos los hagan conocidos la razón o el sentido común, o los desvele el lento proceso experimental de la ciencia, sino que incluye también los procesos de nuestra propia mente, vistos y analizados con todo el desapasionamiento de que seamos capaces, ya que entre los mismos encontraremos, siempre agazapado en alguna parte y presto a agenciarse con nosotros, la misma tendencia a la tiranía que hizo demonios de tantos dictadores y estúpidos de tantos escribidores y pensadores en la historia conocida de la humanidad.