Estereotipo y humor

Frans van den Broek

El ser humano posee una maravillosa capacidad de engañarse a sí mismo, correlativa a su capacidad de abstracción y de imaginación. Bien es sabido que no percibimos la realidad tal como es en sí misma, pues vaya uno a saber lo que es, sino que la interpretamos o creamos a nuestra imagen y semejanza, o mejor dicho, a imagen y semejanza de nuestra tribu particular, aunque tampoco es que la inventemos o proyectemos del todo, dados los límites inevitables que nos impone. Pensar que el tigre hambriento que se aparece a nuestro lado en una jungla es en realidad un gatito super alimentado puede ser muy generoso y tierno de nuestra parte, pero fatal como estrategia de supervivencia. A fin de cuentas, es de esperarse que algo así como la objetividad exista; que sea asequible a todos, todo el tiempo, es harto dudoso, sin embargo.

Lo contrario es más bien el caso: según la psicología social –Allport es uno de los nombres más citados a este respecto, como pionero y propalador- la categorización forma parte ineluctable de nuestra economía mental, y si bien este proceso nos permite pensar, también nos hace propensos a la excesiva simplificación. Llevado a su extremo, este proceso resulta en severa distorsión, o para decirlo con menos elegancia, pura mentira. Y ya sabemos lo que pasa si queremos mear en el mapa y no en el territorio, por lo que la ilusión puede ser, cuando menos, desagradable.

Los estereotipos se encuentran a medio camino en este proceso de categorización y reducción, con un pie en la realidad y el otro en la enfangada orilla de las ilusiones. Son, empero, inevitables, pues aunque nos cueste aceptarlo, todos los tenemos, usamos y hasta honramos, queriéndolo o no. Tal es su prevalencia, que hasta se ha postulado que los conceptos, libres de toda sospecha y con buena prensa, han sido equiparados con los estereotipos. No obstante, una cosa es decir que uno estereotipa, y muy otra, que uno conceptualiza. “No me conceptualices”, es ruego que o nos deja impertérritos o nos hace reír. “No me estereotipes” es una petición que lleva en cambio un sabor a queja, y alerta nuestros sistemas de defensa. Que alguien nos estereotipe nos irrita. Que alguien nos conceptualice hasta puede enorgullecernos, con tal que no se nos equipare con el concepto, pues en este caso se entiende que el mapa no es el territorio. El problema con los estereotipos es que la mayor parte de las veces, según la psicología social, se los toma más en serio de lo que se debiera. A menos que, a propósito, se los tome a broma. Pues humor y estereotipo están íntimamente ligados desde el comienzo de los tiempos.

A tal punto se corresponden que casi no puede pensarse en comedia u obra humorística alguna donde el estereotipo no juegue un papel estructural. Los tipos literarios suelen ser estereotipos de una u otra manera, estereotipos nacionales, o de género, o de personalidad, o de profesión, sobre todo en las literaturas que requieren una estructuración más esquemática, como la literatura popular, infantil, fantástica o moralista. Las mejores obras ahondan en el tipo y lo des-estereotipan, si se me permite la palabreja, al añadir dimensiones psíquicas a los personajes, al hacerlos más complejos e inasibles, como en la mejor literatura realista. Pero incluso en esta última, no faltan los italianos apasionados, ni las mujeres emocionales e intuitivas, ni los indígenas en contacto con la naturaleza. Muchos de los mecanismos usuales del humor requieren incluso esta esquematización, y su eficacia depende de la comprensión del estereotipo por el lector.

Ahora bien, ¿es esto algo malo o bueno? Quiero decir, ¿contribuye la utilización del estereotipo por el humor a su reforzamiento o justamente a su dislocación y ulterior refutación? Las opiniones parecen estar divididas en lo que a esta pregunta concierne, y confieso que algunos días me despierto pensando lo primero, y otros, lo segundo, dependiendo, me imagino, de si he soñado con algún holandés pidiéndome cocaína por el solo hecho de ser peruano, o de si he soñado con un alemán bailando salsa y llegando tarde a la reunión de trabajo. La situación es tan complicada, nos dicen la psicología y los estudios sociales, que hasta han podido observarse cursos de reducción del estereotipo que acaban reforzándolo y estimulándolo, si no a nivel consciente –el participante puede alegar haber refutado el estereotipo y comprendido que los hombres también lloran-, sí a nivel inconsciente –el participante que dice comprender ahora que los inmigrantes árabes no son terroristas, muestra un lenguaje corporal de evitamiento y disgusto en presencia de otros árabes, aunque sonría con profusión-.

Pero es bueno recordar que uno de los efectos del humor es el de abrir una brecha de desapego o distanciamiento entre el objeto de burla, o la idea burlada, y los participantes del proceso humorístico, al menos en algunas de sus variantes. El humor, si hecho con calidad, desherrumbra los mecanismos cognitivos y hace maleable lo rígido, dejando pasar el aire donde solo había mohosidad y estancamiento. Presumiblemente, ocurre lo mismo con los estereotipos. Si bien hace uso de ellos, y en este sentido puede estar reforzándolos, los enmarca en una red hermenéutica alternativa, que invoca otras emociones y asociaciones que hacen evidente su exageración y su precariedad objetiva. Ningún lector se identificará plenamente con Don Quijote ni con Sancho, pues su tipología en buena medida estereotípica y caricaturesca desalienta tal identificación, y promueve el desapego entretenido. Una cosa es el sudamericano exagerado concebido por Bryce Echenique en las novelas de Martín Romaña, y muy otra el sudamericano hasta cierto punto acartonado de Cortázar, por nombrar dos autores al azar. Del primero, nos reímos y quizá haciéndolo concebimos la posibilidad de su deshilvanamiento como estereotipo. El segundo parece querer decirnos que le creamos, aunque no es menos indigente de realidad.

De todas formas, la polémica es tal vez insoluble y asaz circunstancial. El efecto que tenga un estereotipo expresado con humor es de difícil comprobación y dependiente de tantos factores que quizá no valga la pena preguntarse por el mismo, a no ser que se exprese en términos muy específicos. No cabe duda que el mundo está lleno de chistes denigrantes que hacen uso del humor, pero tales ejemplos se deslizan casi siempre a la chabacanería. El humor que divulgan las televisiones no es huérfano de estereotipos estúpidos que, con toda seguridad, no son sino reforzados por tales ejercicios de vulgaridad. Pero hay formas de humor que más iluminan que denigran, y son estas las que me interesan e intrigan. Su propia sutileza las hace poco susceptibles de estudio científico mesurable, pero su efecto en nosotros puede ser esencial en nuestra formación como seres humanos. Pues si vamos a estereotipar, al menos hagámoslo con intención de sonreír, que los africanos tienen buen ritmo y los españoles son amantes extraordinarios. Ya que otra cosa sería decirlo de mala leche o, peor aún, creyéndonos lo que decimos.